Un diálogo con la Luz, que entra por todos lados

•Septiembre 12, 2009 • Dejar un comentario

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- Ya tres días de aquel Viernes.
Nunca pensé que esa Puerta sería tan dura,
y que tendría el valor para abrirla y cruzarla.
Si no hubiera sido por mi Hijo, por mis hijos, no lo hubiera hecho nunca.
En ese momento fue como sentir que las bisagras de la Puerta
estaban puestas en el eje de mi propia vida, entre mi carne y mi alma.
Y así, sufría y soportaba; luchaba y esperaba.
Si no hubiera sido por mi Hijo… él es ese eje,
ese amor que me atraviesa y sostiene conmigo el peso de la puerta, el peso de la prueba.
Ahora entiendo aquello de “la espada”:
se trataba de dar lugar para que su amor pudiera entrar en mi alma y así ser sostenida.
Lo que ocurre es que la Puerta, tiene todo el peso del pecado que fuerza por cerrarla,
y todo el peso del Amor deseando abrirla.
Es la puerta del parto del Hombre Nuevo.
El, debía entrar en la Casa para ponerla de fiesta; y la Madre no podía estar ausente.
Pero, cuánta picardía la de mi Hijo: ponerme como Madre y en la Puerta.
Cuánto conoce mi corazón de madre que no soporta dejar fuera a ninguno de sus hijos,
y sale como el Padre a buscarlos para darlos a luz.
Ahora me toca esperarlo. ¡Y esta espera tiene tanto de vida que se gesta!
¡Tanto de vida que no se detiene!
¿Cómo pensar que no nace y en luz, si el sol esta mañana,
viene desde la noche más oscura?
Recuerdo esos nueve meses y aquellas pataditas en mi panza.
Hoy son los golpes de mis latidos que laten más fuertes
que los golpes del martillo clavándole sus manos.
Sé que están libres. Conocen del oficio del clavo y la madera;
y sé que su gozo está en hacer cunas para el que ha de nacer.
-¡Mamá…! (y la besó como cada mañana)
-¡Jesús! ¡Hijo…! (Ella dejó que la consolara).
-¡El Padre está de fiesta, y con él, toda la Casa vive este Espíritu!
Por todos lados se escucha: “¡El Hijo ha entrado! ¡La Puerta está abierta!”
Madre, ya te llevaré a escucharlos.
Mira: ¿recuerdas las marcas de la puerta en mis manos y costado?,
tenían tus besos y el Padre las ha guardado.
Nada debía perderse. Nadie.
-Sabes Hijo, es día de fiesta, sí, pero no tienen vino…
No tienen ni paz, ni gozo en sus mesas.
Como el vino se terminó, creen que ya no habrá más fiesta.
Nada saben del Vino Nuevo.
-Ve entonces, Madrecita. Y vuelve tú a decirles que hagan lo que les dije:
‘Que amen, y llenen hasta el borde su corazón de esperanza’.
Yo volveré a ellos. No los dejaré huérfanos.
En mis manos los llevo grabados y el beso de mi Madre, me lo recuerda.

Javier Albisu sj

Un diálogo cruzado

•Septiembre 12, 2009 • Dejar un comentario

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“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lc 23,24.
Miras mi pecado y hablas al Padre. Le hablas de mí,
de este hijo de quien él quiere ser a toda costa Padre.
Y le abres sus entrañas más profundas, las de su Misericordia.
Las de ese corazón que por amor, es capaz de encerrar dentro de sí, mis miserias.
Y porque conoces su corazón, es que tú también lo abres para pedir mi perdón.
Perdón desde tu carne clavada. Perdón desde tu carne herida.
Perdón desde el lugar en que el Padre permitió que fueras puesto,
para que yo vea que aún desde allí, el amor sigue ofrecido.
“No saben lo que hacen”, dices.
Quien no ama, nunca sabe lo que hace.
Tú sí lo sabes y me regalas ese amor.

“Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” Lc 23,43.
Mírame. Si me descubres culpable de lo que me acusas,
soy para ti un condenado más.
Pero si mi culpa es haberte amado hasta este extremo,
hoy mismo estás conmigo en este amor.
Mírame, ¿acaso guardo o escondo algo?,
¿hay algo de lo que sufres que no lo esté sufriendo contigo?
Mírame, ¿me he bajado de la cruz, de tu cruz,
que desde ahora y para siempre es mía?
Mírame, pero acepta también mi mirada,
la misma que tantas veces te miró y hoy vuelve a mirarte
para decirte que aún hay tiempo.
No dejes que otras cosas te la roben. Róbala tú.
La clave es la esperanza.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre” Jn 19, 26-27.
¿Crees que no sé de tu desvalimiento?
Te lo dije, no te dejaré huérfano.
Madre, cuídalo. Míralo tu también,
y con tu ternura ablanda sus durezas.
Ayúdalo a crecer como hijo.
Ayúdalo a entender que arrimado a este árbol,
su amor crecerá derecho y será fecundo.
Tú que estás a su lado, tómalo fuerte de tu mano
y repítele suavemente al oído sin que otros oigan:
“Es hora de hacer lo que él te diga,
lo que este amor puesto en cruz te diga,
lo que este Dios hecho hombre y entregado por vos te diga”.
Pero espera, tampoco a ti quiero dejarte.
Ahí tienes a tu madre. Llévala.
Llévala a tu casa.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mt 27,47.
También quiero regalarte mi soledad,
mi sequedad, mi desolación, ¿puedo?
¿Puedo decirte que aún allí la oración tiene sentido?
¿Puedo regalarte un Dios que reza y suplica
en medio de su sufrimiento como uno más;
como tú tantas veces: sin ganas, sin gusto, sin consuelos,
pero sabiendo que es escuchado y que hay alguien
a quien seguir dirigiéndose, aún con gritos?

“Tengo sed” Jn 19,28.
Hemos hablado mucho, y creo que ni hace falta que te lo diga.
Pero si aún no entiendes mis regalos,
déjame que te lo diga de otra forma: “Tengo sed”.
Sé que estás ahí, y pienso a cuántos sitios
quiero llegar con el amor que puse en ti.
Sé que estás ahí, y que me bastaría
una gota de un pequeño gesto tuyo.
Sé que ahí estás, y al verte,
veo detrás tuyo y escucho detrás de tuyo,
la súplica sedienta de tantos,
que no puedo contener que brote de mí como fuente
esta terrible sed.
Tantos que quisieran amarte.
Tantos que quisieran ser amados.
Tengo sed.
Sé que estás ahí, y eres el único que puede saciarla.

“Todo está cumplido” Jn 19,30.
Ha llegado todo a su cumplimiento.
Nada he esquivado. Nada quedó sin asumir,
nada quedó sin que me hiciera cargo,
nadie quedó sin que lo cargara.
Todo está listo, todo está dispuesto.
Y así te lo ofrezco: cumplido, hecho.
También es posible para ti hacerlo.
Recíbelo de mis manos y verás
cómo empieza en tu vida a cumplirse.
Quiero que éste sea también tu gozo:
El de la tarea hecha, el del amor entregado.

“¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu!” Lc 23,46.
Padre, en tus manos pongo mi espíritu
y allí lo pongo a él.
Nadie puede arrebatar nada de tus manos.
Tu me lo diste, y ahora ha llegado a comprender
que todo lo que me diste viene de ti.
Yo le enseñé lo que aprendí de ti.
Ahora sabe, con absoluta certeza,
que yo salí de ti y ha creído que fuiste tú quien me envió.
Te ruego por él, porque te pertenece.
Ya no estaré más en el mundo; él continúa en el mundo,
mientras yo me voy a ti.
Padre santo, protege en tu nombre
al que me has dado para que sea uno con sus hermanos,
como tú y yo somos uno.
Si digo estas cosas, es para que pueda
participar plenamente en mi alegría.
No te pido que lo saques del mundo,
sino que lo defiendas del maligno.
Haz que sea plenamente tuyo por medio de la verdad;
tu palabra es la verdad.
Padre, yo deseo que pueda estar conmigo donde yo esté.
Le he dado a conocer quién eres,
y continuaré dándoselo a conocer,
para que el amor con que me amaste
pueda estar también en él, y yo mismo esté en él.

Javier Albisu sj

Un diálogo con altura

•Septiembre 12, 2009 • Dejar un comentario

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Entras en mi vida, y comienzas a atravesar por ella.
Con tu paso lento, cargado de urgencia por salvarme,
y al mismo tiempo, lleno de paciencia para esperarme.
Sabes que allí hay un hombre llamado…(Yo),
que quieres ver. Encontrar.
Has venido con tu mirada buscándome hace tiempo.
Y siempre estaba detrás de algo:
detrás de una apariencia, detrás de una excusa, detrás de una fuga.
Hoy me expongo a tu paso.
Me detengo, me aquieto,
y el hacerlo, me da otra perspectiva,
una altura distinta desde donde mirar, mirarte y mirarme.
Hoy me pongo a atender lo que pasa dentro mío.
Sé que las cosas pasan por allí.
No es a otros que tengo que mirar. Es a ti y a mi.
Y veo, que entre empujones de tantas torpezas mías,
tu amor avanza hacia mí, a paso firme. Nada lo detiene.
Estás decidido a encontrarme. Y lo has conseguido.
Tus ojos me llaman:
-Baja enseguida. Baja, no tengas miedo.
Vine a tu altura, para ponerte a la mía.
A la altura de la amistad que te ofrezco.
Mas una cosa es necesaria: que me hospedes. Que me recibas en tu casa.
Entremos juntos.
Si miras cómo entras en tu casa, empezarás a descubrir cómo la habitas.
Entra tú primero, como cada día.
¿Cómo la sientes?
¿Una carga?, ¿un descanso?, ¿una tortura?,
¿un hartazgo?, ¿un desierto?, ¿una isla?
Ahora, deja que entre también yo.
Deja que me quede en el sitio que más vacío esté de amor,
y sentémonos a hablar.
Cuéntame de las cosas que quisieras comenzar y no te animas.
Cuéntame de las cosas que quisieras dar y tienes miedo.
Cuéntame de esas pequeñas cosas en que te sientes tan pequeño.
Cuéntame lo que necesitas y tienes vergüenza de ser pedigüeño.
Cuéntame de tu herida, que ha llegado hasta ti el médico.
Cuéntame de tu pecado, que para salvarlo es que vengo.
Cuéntame… y cuenta conmigo.
Ya llegará el tiempo de abrir la puerta y salir.
Tienes que intentarlo. De lograrlo yo me encargo.
Si te animas, déjame decirte
que “hoy la salvación ha llegado a esta casa”.
Es la tuya.
Abre, amigo.

Javier Albisu sj

Un diálogo para cuando el ‘oficio mudo’, ya no se soporta

•Septiembre 12, 2009 • Dejar un comentario

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-“Maestro, te traje a mi hijo, que está poseído de un espíritu mudo”.

-“¿Cuánto hace que está así?”.

-“Ya lleva tiempo. Si podés hacé algo; tené piedad de nosotros y ayudanos”.

-“¡Si podés…!, respondió Jesús. Todo es posible para el que cree”.
Inmediatamente el padre exclamó:

-“Creo, pero ayudame porque tengo poca fe. Sí, a quien más tenés que ayudar es a mí.
Aún cuando creo que vale la pena recuperar el diálogo que perdimos,
tengo poca fe de que esto pueda revertirse.
Para ser sincero, creo que a este espíritu mudo, le di entrada yo.
De algún modo fui yo la causa de que mi hijo entrara en ese mutismo.
Porque antes de que perdiera el habla, ya había perdido alguien con quién hablar,
con todo lo que significa comunicarse sin miedos, sin tapujos, sin trabas.
Creo que siempre me temió. Y mis censuras, mi mal carácter y mi poco interés,
le fueron quitando el habla. Aún materialmente no me tuvo cuando quería hacerlo.
Mi tiempo fue hasta ahora para mí, como una droga que busqué consumir vorazmente poniendo una actividad tras otra.
Sobre todo, con aquellas que más empachaban mi ego.
Y por supuesto, me daban materia para hablar de mí, de mis cosas, de mis proyectos, de mis virtudes.
Pero con esto, terminé de empeorar las cosas, pues lo saturé.
Es cierto que él tuvo su parte, pero lo entiendo.
Yo también a su edad, arremetía con aquello que quería contar,
como si fuera lo que todos estaban necesitando escuchar.
Y confundía muchas veces, el sentirme protagonista con el ser el actor principal.
Pero hasta eso, la ruptura conmigo le ha quitado.
Ya no tiene interés por encarar ningún proyecto.
Por eso, es que digo que no sé si se revertirá la situación.
No sé si podrá volver a creer en mí. No sé si querrá intentar de nuevo después de la mala experiencia que ya tuvo conmigo”.

-“Esta clase de espíritus, se expulsa sólo con la oración.

Tenés que aprender a hablar con él.
Y hablando con Dios; escuchando su hablar de Padre, vas a aprender.
Tenés que aprender a dar lugar al otro, distinto de vos,
que en muchas cosas te hace aprender aquello que creías ya sabido o que hacías bien.
Tenés que pedir a Dios que te dé sabiduría y caridad,
para no dejar de buscar nunca lo que sea mejor para los dos.
Habrá que ponerse en su lugar, para tratar de entender
qué es lo que más conviene en cada momento:
si ajustar o aflojar, si corregir o disimular, si pedir o dar.
Y sobre todo, tenés que intentar, perseverantemente,
que tu hijo vuelva a poner en pie, su proyecto como persona.
Hay que evitar que se destruya, ponderando hasta su construcción más mínima.
Tendrás que recordar que en esto, por mucho tiempo, no sólo sintió, sino que vivió su discapacidad.
La discapacidad de no saber construir un proyecto, al faltarle ese cimiento de un vínculo fuerte.”

-“Señor, creo que todo es posible para el que cree.”
Entonces Jesús, increpó al espíritu diciéndole:

-“Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno, salí de él y no vuelvas más.”
El demonio gritó, sacudió violentamente “al padre” y salió de él.
Después Jesús, tomando de la mano al hijo, lo levantó y lo acercó a su padre.
Cuando el chico recuperó el habla, dijo a su padre:

-“Papá ¡sabés, vale la pena creer!”
Y el padre le respondió:

-“¡Lo creo hijo… ya lo creo!”

Javier Albisu sj

El que ama queda expuesto

•Septiembre 3, 2009 • 1 comentario

1. Una entrega que se expone

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“Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes.” (Lc. 22,19)

El que ama termina entregado. A medida que crece su entrega, va creciendo la capacidad de darse a sí mismo en aquello que entrega.
Poco a poco, descubre que lo valioso no es lo que da, sino él mismo al darse.
Es él quien puede hacer que lo que da, aún siendo poco, lleve el tesoro incalculable de un amor personal. Entonces descubre que allí está el gozo: en ponerse como tesoro en cada nadería.
De este modo el que da, crece junto con su entrega hasta que llegue el día en que se le pida entregarse totalmente como ofrenda. Ese día, deberá dar a Dios lo que Él le dio: la nada que es, cargada del incalculable tesoro de amor, que Dios puso en él.
En la Eucaristía, el amor del Padre se expone en la entrega del Hijo, que a su vez, se expone a la entrega del hombre.
De ese modo, Cristo se hace presente en toda entrega. En la entrega por amor como verdadera ofrenda; en la entrega por traición como verdadera víctima. De tal manera que, cuando amamos, es el amor de Cristo el que entregamos, y cuando traicionamos, es a él a quien estamos “entregando”. Esto habla de la seriedad de toda entrega.
En la Eucaristía la entrega de Cristo nos lleva a ser “entregadores”, pero del amor, en gestos concretos de una vida que se da a los otros como víctima y ofrenda.

Señor,
que me entregue siempre,
que me entregue todo,
que me entregue alegre,
que me entregue a tu modo.

2. Una memoria que se expone

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“Hagan esto en memoria mía.” (Lc. 22,19)

El único lugar en el que el amor admite ser guardado sin corromperse es en la memoria. Ella, es la única capaz de guardar el amor y actualizarlo en el momento oportuno con eterna novedad.
El que guarda en su memoria el amor, hace lo que el amor le mueve a hacer. De esta manera permite que el amor se renueve en su interior. Por eso puede amar libremente sin necesidad de reservarse nada para sí.
El amor cuando es memorioso, celebra, es decir, actualiza un gozo; hace memoria.
El “hacer” propio de la memoria es celebrar. Usar simplemente de ella es recordar. Al recordar, traemos un hecho pasado al presente como algo que ya pasó. En cambio al hacer memoria, lo traemos al presente como parte del mismo presente, como algo que acontece actualmente. De ahí que al actualizar el hecho, reactualizamos el motivo del gozo, y por ello, celebramos.
Aun en la situación más dura como es la muerte, cuando se hace memoria, se celebra la vida, la vida compartida, los momentos vividos.
Por eso el amor no pide ser recordado, sino celebrado; pide que se haga memoria.
La Eucaristía es el amor memorioso de Cristo que, al hacerse presente, actualiza el amor del Padre. Amor que se celebra en el amor que nos damos los unos a los otros.

Señor,
quiero hacer memoria
y bucear en tu pozo;
celebrar tu Historia
y actualizar mi gozo.

3. Un servicio que se expone

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“Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos”. (Jn. 13, 5)

Cuando el amor se levanta de la mesa y sabe que “todo se le ha puesto en sus manos” (Jn. 13,3), entiende que no puede hacer otra cosa sino ponerse a servir.
El que se levanta de la mesa donde se alimenta su amor se abaja para levantar a aquellos que están hambreados.
Cuando el horizonte de nuestra mesa es cobrar fuerzas para llegar a otros, nos alimentamos. Mas cuando sólo nos preocupa atendernos a nosotros mismos sin importarnos lo que pase con los demás, banqueteamos (y el banquete empacha, pero no alimenta). Quien se alimenta, comprueba que basta muy poco para quedar satisfecho.
Las manos que se saben cargadas de amor son creativas; las que no, son rutinarias. Convierten su ser para el servicio en algo profesional, técnico. Sólo se dignan ponerse a servir, si (de antemano) saben que serán ‘bien remuneradas’.
El amor cuando entra en acción se hace servicio, mas cuando queda inactivo, se vuelve pasión. Se convierte en autoservicio, en servirse de los otros en provecho propio.
En la Eucaristía el servicio amoroso de Cristo se expone.
Cristo se abaja creativamente, para que aprendamos a hacer con los demás como él hizo con nosotros (“ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.” (Jn. 13,14) ).

Señor,
para servirte vengo,
para servirte estoy,
porque servirte quiero,
porque sirviendo soy.

4. Una fidelidad que se expone

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“Les aseguro que uno de ustedes me entregará.” (Jn. 13,21)

El amor no es un sentimiento que se agota en un momento, ni algo a lo que se le pueda fijar fecha de vencimiento. En el mismo instante en que deja de ser amor, empieza a agotarse y a vivirse como algo ya vencido. Es entonces, cuando deja de existir ese vínculo que mantiene unido un amor a otro, que es la fidelidad, y sobreviene la traición.
Mas, como el amor no puede vivir sin vínculos, empieza de inmediato a construir otro, de modo atrofiado, sobre el propio amor.
Aquí ya no existe fidelidad sino complicidad. Un amor que se vuelve sobre sí, no tardará en dar rienda suelta a antiguos gustos. Quien se vuelve sobre su complicidad termina traicionando, porque no puede servir a dos amores. Sólo a uno le puede ser fiel. (Lc. 16,13).
En la Eucaristía está expuesta la fidelidad de Dios para con toda la humanidad. Un Dios que quiso quedar indisolublemente unido a todo hombre en el amor vinculante de Cristo. Un vínculo tal, que cuando faltamos a nuestra fidelidad, es la fidelidad de Cristo (Dios hecho hombre) la que sostiene por nosotros la estabilidad de ese vínculo.
Con él, la Alianza es siempre nueva y eterna, pues su amor por nosotros no se agota; es desde siempre y para siempre. Por eso nuestra reconciliación es posible, pues en la fidelidad de Cristo se nos ofrece continuamente el volver a recomponer el vínculo que dañamos con nuestras infidelidades.

Señor,
que serte fiel sea mi alabanza;
y si al fiel de la balanza,
mi torpeza, a nivelar no alcanza,
tu amor por mí, lo pague en fianza.

5. Un encuentro que se expone

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“Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mi.” (Jn. 14,11)

El amor nunca es impersonal. Cuando se encuentra el amor se encuentra una persona que ama, un amante.
La raíz más profunda del amor en nuestra vida es la que vincula nuestra existencia con la del Ser que nos la dio. Este es el punto en el que nos reconocemos criaturas y descubrimos que nuestra realidad primera es la de ser hijos.
El amor de Dios no quiso dejar a nadie huérfano. La orfandad lleva a que la vida se entienda sin amor, y esto, es un contrasentido, puesto que la vida brota del Amor, sale de Dios.
Por tanto, el que sigue la ruta del amor da con el Padre. Ruta, que se hizo camino para nosotros, y es el amor del Hijo hecho carne.
No existen amores huérfanos. Existen huérfanos de amor. Los hay por ignorancia (no saben de la Paternidad de Dios), y los hay por elección (no quieren saber de su Paternidad). Cuando uno no sabe o no quiere saber que hay un amor puesto sobre su vida, no puede ponerlo sobre la suya propia (amarse), ni sobre la de los demás (amar).
La Eucaristía nos lleva al encuentro con el Padre. Toda vida al dar con él, puede encontrar el Pan de amor que alimenta el sentido de su propia existencia (“Así como yo…, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn. 6,57) ).
La Eucaristía expone el amor personal del Padre, que a todo aquel que quiere oírlo, le dice: “Tú eres mi Hijo muy amado, en quien tengo puesta mi predilección.” (Lc. 3,22).

Señor,
que por Ti al Padre llego
y por Ti él llega hoy;
que no me entienda huérfano
cuando pródigo estoy.
Y alzándome del suelo, diga:
Padre, me levanto y voy.

6. Una verdad que se expone

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“Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Protector para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad.” (Jn. 14,16-17).

La verdad de un amor debe estar siempre expuesta, pues un amor verdadero no se deja de poner nunca. Al contrario, se pone siempre, aun cuando por ello, quede expuesto al mismo desamor. Ese es su certificado de autenticidad. Mientras más se expone, es decir, mientras más se pone todo entero sin calcular conveniencias, mejor habla de su verdad, de su iniciativa gratuita.
Aquí radica su fuerza. No en armarse de corazas sino en crecer en la verdad. Por eso, cuanto más verdadero es el amor más fuerza tiene.
Mas el modo de exponerse no puede ser en temeridad sino en prudencia. El amor debe cuidar la verdad que lleva. Y para esto, necesita de Otro; necesita del Espíritu de la Verdad, que es quien se encarga de recordarla y cuidarla en nosotros. Por eso es nuestro abogado y consolador.
Como Abogado, sale en defensa nuestra, ante toda argumentación mentirosa que pretenda sostener que nuestra vida no es amada o digna de amor. Como Consolador, nos confirma con su consuelo, toda vez que vivimos en la Verdad.
En la Eucaristía, la Verdad del amor de Dios queda expuesta. Nunca se quita ni se echa atrás. En la Eucaristía, el Hijo expone la verdad del Amor del Padre, a la que el Espíritu el que se encarga de cuidar: “Como el Padre me amó, así yo los he amado a ustedes.” (Jn. 15,9).

Señor,
ante tu amor verdadero,
como simple pordiosero,
vengo a mostrar mi dolor.
Que tu Espíritu de fuego
que dejaste en el madero
cargado de perdón,
encienda en mi el brasero
que me prepare certero
al examen del Amor.

7. Una amistad que se expone

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“…yo los llamo amigos”. (Jn. 15, 15)

El amor ni excluye la amistad ni la supone; la crea.
Un amor que no crea amistad, lleva algún germen de egoísmo dentro.
Mas, el amor crea amistad, sólo si ahonda en un conocimiento más profundo del mismo amor. Conocimiento que no es un intercambio de conceptos, sino de vida. Para alimentar un amor se necesita que la vida se comparta y circule en un ida y vuelta. Esto hace que se permanezca en el amor, y así, se alcance lo perfecto. Porque el que ama, sabe que no basta con amar, sino que se necesita permanecer en el amor.
Sólo el amor que permanece crea amistad. El que no, engendra servidumbre. Impone al otro permanecer vivo en su amor, a pesar de la incomunicación de la que se le hace objeto.
Sólo un amor que permanece y crea amistad da fruto, es fecundo. El que queda incomunicado es estéril y se seca.
La amistad para dar más fruto debe aceptar (como ley de toda vida) la poda. Sólo así, el permanecer no se vuelve una rutina. Sólo así, el conocimiento de ida y vuelta, es siempre nuevo.
En la Eucaristía se expone la amistad del Hijo. Él quiso ahondar para nosotros la Vida que circula a través suyo con el Padre, dándonos a conocer todo lo que le ha oído decir (Jn. 15,15) . En la Eucaristía, su Palabra expuesta nos dice: “Permanezcan en mi amor” (Jn. 15,9); y agrega: “para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto” (Jn15,11).

Señor,
que tu amistad me ofreces
y pagas en creces mi pobre amor;
prefiero morir mil veces
antes que 30 monedas peses,
en mi mezquina traición.

8. Una paz que se expone

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“Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.” (Jn. 16,33)

El que ama sabe que tendrá que sufrir. No porque encuentre gusto en el sufrir, sino porque encuentra gusto en el amar. Por eso, aun sufriendo, no pierde la paz.
La paz para el que ama, puede darse aun en medio del sufrimiento pues está edificada sobre el cimiento de una certeza inconmovible: ‘que la victoria, la tiene el que ama’.
Él sabe que lo único que puede justificar, sostener y aliviar su sufrimiento, es el amor. No existe argumento, estructura, o medicina que lo pueda suplir.
La historia no avanza a base de sufrimientos engendrados por odios y rencores. Avanza, a partir de lo que el amor es capaz de construir, al costo, de su propio sufrimiento.
Sobre esta certeza se construye la justicia y, a partir de ella, se construye la paz.
La justicia no se desanima ni se cruza de brazos. Se pone codo a codo a trabajar. Lo hace en la seguridad de que vale la pena; en la serenidad del que tiene ganada la batalla final (aun cuando parezca lo contrario).
En la Eucaristía, la paz queda expuesta como fruto del “triunfo final” del amor de Dios que (mientras tanto) llama a trabajar en el amor y la justicia.
En la Eucaristía, el sufrimiento amoroso de Cristo llama a encontrar la paz, en la victoriosa certeza del amor del Padre por todos sus hijos.

Señor,
que siembre la paz.
La paz que al mundo das,
mientras el mundo te echa
y cosechas mucho más,
cuando amar te deja.

9. Una unidad que se expone

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“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tu me enviaste.” (Jn. 17,21)

El amor lo incluye todo; lo único que excluye es aquello que lo daña o enferma.
Lo que lo enferma es el egoísmo: el pensar que ‘todo’ es para uno (creerse único). Lo que lo daña es la soberbia: el pensar que ‘sólo’ es para uno (creerse el mejor). Y tanto el uno como el otro deben ser excluidos. Su esencia es dividir, y esto, es totalmente opuesto al amor.
Ellos hacen que el amor se desoriente. Le quitan las coordenadas de esa unidad mayor a la que pertenece.
En los vínculos que el amor traza, hay un tejido de relaciones que dan identidad: No se es el único, ni se es el mejor. Se es uno entre otros.
En cambio, cuando la soberbia daña el amor, o el egoísmo lo enferma, el amor comienza a “deambular”, a buscar por todos lados, dónde ponerse, sin encontrarlo (y no lo encontrará, mientras siga sin reconocer qué fue lo que lo desubicó). Así termina sin saber “de dónde viene” ni “hacia dónde va”. Su existir se convierte en un vivir excluido del amor (exclusión, a la que el egoísmo y la soberbia, condenan a todo amor).
En la Eucaristía, se nos expone la unidad mayor a la que todos pertenecemos: el seno mismo de Dios. El modo como la vivamos, será el signo de credibilidad de la identidad que confesamos: “Somos el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.” (1Cor. 12,27)

Señor,
haznos Uno en la Trinidad
que diviniza y salva;
Uno en la familiaridad
que humaniza y sacia;
Uno en la hermandad
que projimiza y sana.

“Ir mar adentro”, una escuela de confianza

•Agosto 27, 2009 • Dejar un comentario

1. Trabajar la noche entera
y no sacar nada.

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Trabajar la noche entera, es haber hecho todo lo que se tenía que hacer en el momento “ordinariamente” adecuado.
Ese momento es la noche. La noche, en la pesca, es el tiempo que “para todos” resulta como el más apropiado; lo cual, no significa que “para cada uno”, no pueda darse un “tiempo apropiado” distinto.
Ese tiempo en nuestra vida espiritual se llama “tiempo de gracia”. Y si bien puede ser que de él, haya tiempos comunes, el tiempo de gracia es un tiempo particular para cada uno. De tal modo que “si no sacamos nada” trabajando en los tiempos ordinarios, comunes, debemos hacerlo en los extraordinarios, que son “en particular para nosotros”.
Este trabajo de búsqueda, debe ser la noche “entera”. Esto habla, de que se hizo todo lo posible hasta el último momento. Y es que la noche necesita pasar “entera” para que, con el venir del nuevo día, comience una nueva oportunidad.
Si en el tiempo ordinario no hicimos todo lo posible por hallar lo que buscábamos, nunca sabremos si la causa de no haber hallado, estuvo allí, o en el hecho de no haber buscado en un modo y tiempo, extraordinarios.
No sacar nada después de trabajar la noche entera, no es “falta” del pescador, sino tan solo, “falta de pescado”. De nada sirve echarse culpas o culpar al pescado. Simplemente no es noche para volver con pescado, mas eso sí, con uno mismo.
Pero, si el pescado que “no saqué”, “me saca” a mí, es señal de que el fracaso me hizo morder su anzuelo y de que mi esperanza, no sabe de esperas.
Quien quiere encontrar, tiene que saber esperar, esto es, aún sin sacar nada, trabajar la noche entera.

2. Limpiar las redes.

Colônia de Pescadores

Mientras uno limpia la red después de no haber pescado nada, puede filtrarse la sensación de que todo fue inútil.
De esa manera, pasamos con mucha facilidad de la mala pesca, a pensar como mala la pesca en sí. Y, en vez de decir: «hoy no se dio», «no era el momento», decimos: «esto no va más», «no tiene sentido tanto esfuerzo». Entonces ocurre que el fracaso, termina limpiando lo único que nos quedaba: la esperanza.
De ahí que lo que más hay que cuidar de sacar, mientras se limpia la red, es el desaliento. El cansancio se “enreda” con mucha rapidez en lo estéril y provoca ese desánimo que hace que la red se sienta por de más pesada y ya no den las fuerzas para volver a salir, para volver a intentar, en definitiva, para volver a pescar.
La red es lo que permite la pesca. Lo que dice que la pesca “es posible”. En sí misma no asegura el éxito, asegura sí, que pueda darse la pesca. La red es el medio que hay que poner. La red es pues, imagen de todo el esfuerzo que ponemos detrás de una esperanza. Y esta tríada de esfuerzo, medios y esperanza, no debe faltar nunca.
Limpiar la red es, por un lado, quitarle todo lo que la experiencia pasada dejó como resaca, en especial, ese sabor amargo de la “mala experiencia”.
Pero, por otro lado, es quitar toda la carga que agregamos de más a la experiencia por venir; esto es, las falsas expectativas. Tanto las que creen que una vez puestos los medios, se seguirá directamente el éxito, como las otras que creen que la red, arrastrará con todo lo que se desea.
Los logros no admiten ser calculados de antemano, sino tan sólo, “esperados”.

3. Aprender desde la barca.

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Cuando la experiencia de lo que se ha vivido en la barca, se pone ante Dios, enseña.
Necesitamos invitar a Jesús a que venga a sentarse allí, en nuestra barca, junto a nosotros. Él nos acompañará a encontrar la enseñanza que, de momento, se nos escapa.
Lo que Jesús enseñe, no será sino “desde” la barca. Es decir, desde lo vivido y desde quien lo ha vivido. Nuestro diálogo con él, por tanto, tendrá que tener este marco de referencia para evitar irse por las ramas o entrar en discursos que no llevan a nada.
La barca experimenta los efectos de la pesca. De acuerdo a cómo haya sido, vuelve llena o vacía. Y esto se deja sentir: no avanza de igual manera cuando va cargada de peces, que cuando no lo está. Así, la barca, se vuelve imagen de nuestro propio corazón. También él experimenta “cómo vuelve”, después de “sus salidas”. También él siente días “llenos” y “vacíos”; y no avanza igual en unos que en otros.
Ahora bien, si sea como sea que haya sido la pesca, la barca se cuida, también debemos cuidar y proteger el corazón, sea como sea que nos haya ido. Si no, entramos en el descuido y dejadez que suelen seguir a todo desánimo.
¿Cómo se lo cuida? Como a toda barca: a sus tiempos, hay que reparar los efectos propios del “desgaste”. No es un “acorazado”, es una simple barca que sufre los golpes, los cambios de temperatura y las cargas. Si no se lo cuida, aún cuando venga lleno, correrá el peligro de que se le filtre en pequeñas cantidades el agua de la tristeza.
Quien lo repara es Jesús; y lo hace, enseñando por dónde se nos está filtrando el gozo y estamos perdiendo las fuerzas.

4. Navegar mar adentro.

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Navegar mar adentro, después de un fracaso, es cargar nuevamente el deseo de ir a fondo. Pues en la orilla no están las respuestas. Las respuestas se encuentran sólo cuando se va a fondo, mar adentro.
Es mar adentro a fondo, donde aparecen los “impedimentos”, que sin saber, estábamos poniendo y trababan la gracia. Es mar adentro a fondo donde caemos en la cuenta, de que el horizonte de lo posible no lo traza nuestro propio límite, sino ese Dios “siempre mayor” que todo lo abraza.
Es “encarando” a fondo lo que ocurrió mar adentro, como se disipan los fantasmas del «esto no se resuelve más» o «esto ya queda así», y se descubre el rostro de una realidad que es dura, difícil, adversa, pero “abordable” como desafío propuesto a nuestro crecimiento personal.
Mas, sólo puede navegar mar adentro después de un fracaso, quien carga al menos, una mínima esperanza. Aunque más no sea, aquella que deja abierta todo margen de error, de posibilidad, de milagro. De no ser así, el ir a fondo, podría convertirse en un entrar mar adentro, pero sin barca, como queriendo “terminar mal” aquellas cosas que duelen.
Por eso, la “única voz” a escuchar después de una experiencia que quedó trabada, es la de ir mar adentro, sin prestar oídos a las otras “voces” que se apuran a “gritar” un sinnúmero de ‘peros’: «Pero es de día»; «pero estás cansado»; «pero es volver otra vez a pasar por todo», etc, etc, etc.
No se trata de ir mar adentro “a la deriva”, sino “navegando”, es decir, marcando a toda la experiencia “una meta”, “un fin”, “un sentido”. Y este rumbo habrá que mantenerlo bien firme.

5. Echar la red,
porque Otro lo dice.

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Hay situaciones en las que es indispensable confiar en la palabra de otro, que en un momento dado, nos anima a hacer aquello que no nos atrevemos o para lo cual estamos frenados.
Es una voz que suena como imperativo («Echá la red»), pero en realidad, es la misma situación la que lo reclama interiormente.
Para expresar aquellas cosas que urgen, utilizamos este modo imperativo. Es una palabra fuerte dirigida a un tú. Es la única variante verbal, que no tiene la primera persona. De modo que cuando lo aplicamos a nosotros mismos, es como si otro nos lo dijera.
En el caso que nos ocupa, no es un imperativo cualquiera. Se trata de aquel que confirma la voz de la conciencia desde la cual Dios nos llama siempre, a elegir el bien y evitar el mal.
“Echar la red”, es pues, el imperativo a desplegar el corazón, a abrirlo, a agrandar su medida, aquella misma que perdió al “enredarse”.
Es también el imperativo a “soltar” y “soltarse” de aquello a lo que se está aferrado por miedo a perder lo único que, al parecer, queda. Cuando en realidad, lo que se pretende, es que nos animemos a cambiar “lo que queda”, por “lo que recién comienza”.
Echar la red, de alguna manera, es dejar que la palabra de otro “pesque” nuestro deseo más profundo. Y por tanto, “nos pesque”, nos sacie, nos entienda, nos sane. De la misma manera que cuando otro descubre algo que ocultábamos, le decimos: «me pescaste».
Ese que mejor puede pescarnos es Jesús. Él nos dice: «echá tu red»; «soltá tu corazón»; «dejá que pesque tu deseo; que sacie tu amor».

6. Sacar cantidad de peces.

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La “gran cantidad”, es sinó-nimo de “sobreabundancia”; lo cual, es el efecto propio de la gracia. La gracia es siempre “más”. Más de lo que se esperaba, más de lo que se creía, más de lo que se merecía.
Pero a esta sobreabundancia hay que “sacarla”. Al menos, como sobreabundancia en sí, aun cuando no entendamos todo lo que se contiene en ella. No sacarla, sería lo mismo que recibirla en saco roto. Sería como si un pescador tomara un solo pez, cuando a su red se le ofrece una gran cantidad, lista para ser pescada.
Así también los tiempos de gracia, son para “tomar gracia en forma”, para “sacar provecho”; lo cual, no tiene nada que ver con “aprovecharse” de la situación llenándose de soberbias que lo echan todo a perder.
Sacar provecho es fortalecer desde la gracia lo que se había debilitado a causa de la desolación.
Recuperar por un lado, lo que el “zarandeo” de la barca hizo naufragar: los lentes con qué mirar la realidad; las reservas que se creían perdidas; los instrumentos de navegación que se habían menospreciado por la autosuficiencia de guiarse solo.
Y por otro, lo que la “sequedad” de la espera, resecó del verdadero rostro de Dios: su ser de Padre, y padre confiable; su Sabiduría, hasta en los mínimos detalles; su tozuda Fidelidad, y su Amor hasta lo inimaginable.
Sacar gran cantidad de pescados es plantar en el corazón la certeza de que solos no sacamos “nada”, mas con Dios todo lo podemos, al menos, todo lo podemos “esperar”.
Todo; incluso que a nuestro corazón empecatado y vacío, lo quiera llenar y hacer fecundo, para desde él, saciar a otros.

7. Llamar a los compañeros.

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Es una característica propia de la alegría el querer incluir a otros en ella; aún cuando no participen del motivo mismo que la originó.
Allí se descubre verdaderamente hasta qué punto, no podemos entendernos sin un vínculo con los demás. Y es que tanto los momentos de gozo como los de dolor, no son para vivirlos solo. Son momentos, que revelan nuestra realidad más honda, la de ser seres en relación de unos con otros, y sobre todo, necesitados.
Llamar a otros, es pues, reconocer que la gracia no es sólo para sí, sino también para los demás. Es como su certificado de autenticidad. Reservarla solo para sí, sería echarla a perder. Nos haría acaparar algo como si fuésemos sus dueños, cuando en realidad, es un bien de familia.
Llamar a otros exige hacer un ejercicio de “traducción”; esto es, ver de qué manera la gracia que se recibió, se traduce en un bien para el otro.
Así como para llamar a otro que se encuentra “a cierta distancia”, el único modo de hacerlo es por “señas”, de la misma manera, para acercar al otro (con quien siempre estamos a cierta distancia), el único modo de hacerlo es con “gestos”. Gestos de caridad que traduzcan la gracia, que no es sino, un “signo” del amor de Dios.
Al llamar a otros, la gracia se aclara aún más. El otro, nos ayuda a descubrir lo mucho que recibimos, que al llevarlo tan encima, no alcanzamos a percibirlo en toda su grandeza.
Del mismo modo que para las grandes fiestas hacemos “listas de invitados”, para las gracias que Dios nos da, también deberíamos hacerlas. Y aquí, como primero de la lista, debería figurar aquel a quien tenemos al lado.

8. Expulsar el temor

Colônia de Pescadores

Cuando Dios se nos acerca con su gracia, descubrimos lo grande que es. En ese momento, nos suele sobrevenir el temor de las propias torpezas y de nuestra medida tan pequeña. «No puede ser», decimos; «no puede ser, tanto»; «no puede ser tanto, para mí».
Pues es un amor que nos resulta incompatible con tanta pobreza nuestra, y a veces hasta incómodo, por ser un amor totalmente inmerecido. Es más, es ilógico si se lo mira desde la correspondencia a lo que se le dio (que bien sabemos, fue poco, o mejor dicho, nada).
Pero este es un temor, que si no se lo expulsa, ahoga toda posible “docilidad”, es decir, anula la capacidad de dejar que Dios lleve a término la obra comenzada en nosotros. Por eso, cuando nos sentimos con el freno puesto, es señal de que no hemos aceptado la gratuita voluntad de Dios de querer entregársenos.
Expulsar el temor, es pues, no tener miedo a ser amado, “y tanto”. Es tener la certeza de que si mucho se nos confió, mucho se nos dará para poder llevarlo a término.
Expulsar el temor es mirar para adelante, ya no desde nuestro sólo límite sino desde el alcance ilimitado del amor de Dios.
Expulsar el temor es “despojarse de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y correr resueltamente al combate que se nos presenta”. Es dejarse vencer el temor a fuerza de amor.
Es dejarse atraer por la confianza de otro, por la esperanza de otro, para desde allí, sacar lo mejor de sí mismo. Es “fijar la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús”, y decir: «Tu me llamaste, Señor; aquí me tienes».

9. Ir mar adentro,
pero por tierra.

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Una vez que uno se ha dejado pescar por Dios, entiende que el llamado es a “pescar hombres mar adentro”.
Es una “voz” que llama a sacar de su “enredado mundo”, a quienes luchan por salir sin saber cómo. Un llamado a ser “salvavidas”, pero no como “guardacostas” sino como “expertos-en-mares-adentro”. Llevando a los hombres a ahondar en el mar de sus deseos, para hacerles descubrir que sólo uno, (su deseo más profundo), no los ahoga.
Este es el modo de ir mar adentro por tierra. Ayudando a otros a descubrir que el desafío, no está solo en los tiempos de pesca, de prueba, sino en los cotidianos de entrega.
En toda entrega se va mar adentro, es más, hay que ir mar adentro. Hay que “soltar amarras”, mantener firme el rumbo, sostener la paciencia, ahondar la esperanza, para entonces sí, volver satisfechos sabiendo que siempre “se saca algo bueno”.
Ir mar adentro por tierra es darse tiempo para el aprendizaje del nuevo oficio de “pescador de hombres”. Tiempo que enseñe a dar calidad a las relaciones con los demás, de modo que no queden en un “orillar”, en un acercarse a penas a la otra persona, en un conformarse con sondeos formales de superficie, sino que sea un ofrecer el corazón dispuesto a calar hondo en la riqueza del encuentro.
Ir mar adentro por tierra es dejarse llevar por la palabra de Aquel que dice: «No nos desanimemos: …Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno» (2Cor. 4,14-18).

Ayúdanos, Señor,
A trabajar la noche entera sin abatimiento.
A estar siempre dispuestos a encontrar un nuevo tiempo.
A mirar de frente el fracaso, que es tan solo un momento.
A limpiar nuestras redes de todo desaliento.
A no dejarnos enredar, con que todo fue un invento.
A no cargarnos de expectativas, detrás de asegurados éxitos.
A no dejar que la experiencia pasada, afloje del deseo sus tientos.
A aprender desde la barca lo que nos pasa por dentro.
A aprender a cuidar la barca del desgaste de los golpes y los vientos.
A buscar las respuestas, yendo a fondo, mar adentro.
A no temer encontrarnos con nuestro propio impedimento.
A entender que encararlo es para nuestro mayor crecimiento.
A darnos a nosotros mismos la oportunidad de un nuevo intento.
A mantener firme el rumbo, hacia tu voz, más adentro.
A escuchar siempre tu voz que nos manda, cuando no nos atrevemos.
A aflojar nuestras manos de las redes del miedo.
A dejarnos pescar, cuando tu amor es el anzuelo.
A sacar con abundancia, para entender bien tu anhelo.
A recuperar lo que la barca perdió en el zarandeo.
A devolverle el brillo a tu rostro verdadero.
A llamar a los otros para hacerlos, de tu gracia, compañeros.
A entender que tu gracia es un bien de familia, y no somos sus dueños.
A acercar a otros muchos haciendo tus propios gestos.
A expulsar el temor, que nos frena en el puesto.
A dejar que nos ames, porque quieres hacerlo.
A escuchar tu llamada a sacar a los hombres de sus propios enredos.
A mirar más allá de lo que es pasajero.
A esperar la gloria que nos preparas, en tu mesa de amor eterno.

Diálogos luminosos con la Madre acerca del Hijo

•Agosto 24, 2009 • Dejar un comentario

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1. Iniciarse en la misión (Lanzarse al agua)

Con el Bautismo que recibía de Juan, Jesús iniciaba su misión. El Bautismo es el primer paso de un camino de iniciación. Había llegado el momento de lanzarse al agua, de quedar empapado por la misión. Paso, que debía dar sólo. María, su madre, tenía que aprender que, así como los primeros pasos fue su vivir en familia quien se los enseñó a dar, estos otros, es su vivir en el seno de la Trinidad, el que se los debe enseñar; tomarse de la mano del Padre y dejarse guiar por el viento amoroso del Espíritu. Sólo así, podría enseñar a caminar a todos los pequeños de la gran familia humana. (Silencio) ¿Sabés acompañar a los otros dejando que aprendan a iniciarse en lo que es su misión, o hacés todo vos en lugar de ellos? ¿Dejás que aprendan a dar sus primeros pasos y se lancen al agua? ¿Te dás cuenta de que cuidarlos de esto, más que ayudarlos les hace daño?

Madre de los que se lanzan al agua,
enseñanos a empaparnos de nuestra misión.

1. El Bautismo del Señor (Ponerse en la fila)

Jesús se puso en la fila de los iban a ser bautizados por Juan, como uno más. María le había enseñado a ponerse en la fila, a entroncarse en la historia, como uno más. Ponerse en la fila es reconocer a los que están delante y respetar a los que vienen detrás. Jesús reconoce la búsqueda de todos los que estaban delante y respeta la espera de todos los que vienen detrás de Él. Así mismo, quien se pone en la fila, reconoce que hay un turno, en el que cada uno, hace lo que debe hacer, “cumple lo que es justo”. (Silencio) ¿Sabés ponerte en la fila de las esperas, para cuando llegue tu turno, hacer lo que te toca hacer? ¿Entendés que en la historia de los hombres tu vida tiene su turno para hacer lo que debe? ¿Reconocés que hay otros que llegaron antes y otros que vienen detrás?

Madre de los que conocen su turno,
enseñanos a cumplir aquello que nos toca.

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2. El vino de la fiesta (Un problema de odres)

Cuando dos personas se unen para siempre, el odre que ellas mismas son, necesita hacerse nuevo. No es posible cargar el amor nuevo que los une en los odres viejos de lo que venían siendo. Y aún cuando crean que es posible, basta que caminen un poco, para que pronto se den cuenta de que sus odres viejos están a punto de estallar. Así ocurrió en Caná. Y antes de que estallaran por lo que no eran capaces de cargar, María acudió a Jesús para que convirtiera sus corazones en odres nuevos. Y así lo hizo; les enseñó a través del encargado de la fiesta, que “siempre se sirve primero el buen vino”, que el amor que debe servirse primero es el vino nuevo del amor nuevo que requiere de odres nuevos. (Silencio) ¿Dónde guardás el amor nuevo? ¿Te preocupás por hacer nuevo tu odre o querés seguir conservando partes de tu odre viejo?

Madre del Vino Nuevo,
enseñanos a guardarlo en odres nuevos.

2. Las Bodas de Caná (Para no aguar la fiesta)

En una fiesta no se ofrece agua, sino vino. El vino es signo del amor con que los esposos convierten el sabor cotidiano del agua, en el sabor fuerte y alegre del vino en el que se expresa la alianza nueva que acaban de sellar. En Caná se había acabado el vino, mas el momento festivo, no admitía celebrar con agua. No era bueno aguar el amor de los esposos que acababa de comenzar. Por eso María, dirige a su Hijo, esta necesidad: “No dejes que se haga agua su fiesta; que se haga agua su amor”. Pero al mismo tiempo, les enseña a los novios, que para que el vino dure toda la fiesta, para que el amor sea para siempre, hace falta que ese amor que se tienen, se una al amor de Dios. Y aún cuando no había llegado la hora de Jesús de convertir el agua en sangre de la Nueva Alianza (las bodas del Cordero con su esposa la Iglesia), hará en Caná, el primer signo de esta Alianza. (Silencio) ¿Sabés buscar el amor de Dios para que el vino de tu fiesta no se acabe?

Madre del Amor que no se acaba,
enseñanos a buscar el amor de Dios.

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3. Nadie es profeta en su tierra (Menos, si es el hijo del carpintero)

El primer lugar donde Jesús empieza su predicación es en su propio pueblo. María sabe de la dificultad que esto tiene. Conoce de lo mucho que se habla y de lo poco que se escucha. Sabe que se habla de lo que no conviene y se escucha según la conveniencia. Pero así también, ella sabe que como buen carpintero, su Hijo conoce bien la madera de la que está hecho el corazón del hombre. Una madera que se resiste a ser trabajada, pero no por ello, debe abandonarse el intento. Y es a fuerza de este trabajoso intento, como poco a poco se fue trazando misteriosamente, la cruz que cruza el madero del rechazo humano con el del amor infinito de Dios. (Silencio) Cuando sentís los rechazos, ¿abandonás los intentos? ¿Sabés predicar con tus gestos en primer lugar a los tuyos? ¿Entendés que el amor siempre termina en cruz, saliendo al cruce del mismo desamor?

Madre del Dios carpintero,
enseñanos a predicar desde el amor en cruz.

3. La Predicación del Reino (Darse vuelta para poder oír)

Normalmente para escuchar no necesitamos darnos vuelta. Mas, cuando se trata oír la palabra que otra persona nos dirige, sí necesitamos hacerlo. Así lo aprendió María cuando para oír la voz del Ángel tuvo que dar vuelta su vida al plan de Dios. El Evangelio no es simplemente una buena noticia que hay que escuchar. Se trata de una Palabra hecha carne que se dirige a cada uno de nosotros de modo personal. De ahí que quien no se da vuelta, no la oye. Darse vuelta es convertirse, es volverse hacia aquél que nos habla, con toda nuestra vida. Sólo así, lo que nos propone, será para nosotros una Buena Noticia. Por eso, la predicación de Jesús es: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. (Silencio) Cuando se proclama el Evangelio, ¿te das vuelta hacia Jesús para comprender desde dónde arranca esa Palabra, desde qué amor, o simplemente lo escuchás como una noticia más? ¿Sabés volver hacia él toda tu vida?

Madre de la Buena Noticia,
enseñanos a convertirnos para poder oír.

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4. Un rostro transfigurado (Al mal tiempo buena cara)

Con frecuencia, hay momentos duros y difíciles en la vida de los hombres. María, bien sabe de ellos. Pero aún así, su rostro refleja esa profunda paz que brota de lo que guarda en su corazón. Ese misterioso obrar de Dios en lo que se oculta a nuestros ojos, es lo que María ve. Desde allí mira los acontecimientos. Jesús, que así lo aprende de su madre, entiende que es ese, el rostro que sus amigos necesitan ver en él. El rostro de un Dios que por ocultos caminos, va conduciendo las cosas a su plenitud. De ese modo los suyos, en adelante, aprenderían a oponer a la mala cara de los distintos acontecimientos, el buen rostro de Dios que resplandece en su Hijo muy amado y les dice: “Levántense, no tengan miedo”. (Silencio) ¿Sé oponer al rostro duro y difícil de los acontecimientos, el rostro sereno y confiado del Dios que me cuida como a su hijo muy querido?

Madre del Amor transfigurado,
enseñanos a oponer, al rostro duro de la prueba, el rostro amable de Jesús.

4. La Transfiguración (De la abundancia del corazón habla la cara)

Dice la Palabra de Dios: “De la abundancia del corazón habla la boca”. Parafraseando, podríamos decir, que la Palabra de Dios hecha carne (Jesús), también nos enseña que de la abundancia del corazón, habla la cara. Así lo aprendió de su Madre, la Llena de gracia que vive a la sombra del Espíritu de Amor. Si en el corazón abundan odios y rencores, el rostro hablará de ellos en la dureza de sus propios gestos. Lo mismo, si abundan miedos, desconfianzas, infidelidades, mentiras, suficiencias, o bondades. De ahí, que las madres, muchas veces atienden a lo que sus hijos dicen, pero poniendo especial atención en sus rostros. Es así como descubren lo que realmente pasa por su interior. Por eso, Jesús, quiere que su rostro transfigurado hable a los suyos de la sobreabundante plenitud que hay en su corazón, para que encuentren allí, el lugar que sustenta y cobija la Palabra que les fuera dada. (Silencio) ¿Sabés leer en tu rostro lo que dice tu corazón?

Madre, llena de gracia,
enseñanos a leer lo que llena el corazón.

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5. La Cena (Lavarse los pies antes de sentarse a la mesa)

Si algo toca a la educación de las madres, es enseñar a sus hijos a lavarse las manos antes de comer. Solo que Jesús ha visto que la enseñanza de su madre, siempre iba acompañada de una liturgia de gestos humildes de amor que la hacían levantar de la mesa. Por eso, al despedirse de los suyos, Jesús quiere enseñarles que es preciso, antes de sentarse a la mesa, más que lavarse las manos, lavarse los pies, para que sea el amor y no simplemente el rito, el que guarde toda su pureza. En adelante, ya no podrán separar los dos gestos eucarísticos de Jesús. El Pan que se nos comparte, debe llevar a los gestos de una caridad compartida de unos con otros. (Silencio) ¿Sé unir en mi vida los dos gestos de Jesús, que no son sino dos caras de un mismo amor al entregarse?

Madre del Amor eucarístico,
enseñanos a unir comunión y servicio.

5. La Eucaristía (Una comida típica de la Casa del Padre)

El alimento de Jesús es hacer la Voluntad del Padre. Alimento, que María supo sazonar tantas veces con sus propias manos de madre. Ya desde Belén, la Casa del Pan, le tocó amasar esa Voluntad amorosa del Padre. Así creció Jesús, como Pan bendito que huele a las manos que lo han amasado, las manos de María, su madre. La Voluntad del Padre, lo que el Padre quiere, es entregar su amor. Por eso Jesús, alimentado de esta Voluntad, se entrega como alimento, se hace nuestro alimento. Y así, al mismo tiempo, nos enseña que lo que alimenta nuestras vidas es entregar el amor del Padre, es alimentar a otros entregándole a Jesús. No como traidores, sino como trasmisores, es decir, dando lo que a su vez, hemos recibido. (Silencio) ¿Cuál es mi alimento, qué es lo que alimenta mi vida? ¿Sé alimentar a otros? ¿Entiendo que junto a mí puede haber quien hambrea mientras yo me empacho? ¿Qué es lo que recibís, y qué, lo que das?

Madre del Pan bendito,
enseñanos a bendecir el pan.

Diálogos gloriosos con la Madre acerca del Hijo

•Agosto 24, 2009 • Dejar un comentario

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1. La Resurrección (El Primer día)

María es la estrella de la Mañana que anuncia el comienzo de un nuevo día, del Primer día de la nueva creación. Su rostro, iluminado de esperanza, es anuncio de la presencia de su hijo Resucitado que ya llega, ya aparece, como un nuevo Sol. (Silencio) ¿Señalamos con nuestro rostro la llegada del Resucitado que se hace presente en nuestra historia, o más bien, la oscurecemos?

Madre del Primer día,
enseñanos a señalar la salida de un Nuevo Sol.

1. La Visita del Resucitado (Besar las llagas)

María ha sido, seguramente por ser la Madre, la primera en recibir la visita del hijo Resucitado. Y como Madre, también habrá notado enseguida, la marca de las heridas en el cuerpo de su hijo que llegaba después de un largo trabajo, de una dura pelea. Heridas, que no venían para taparse, sino tan sólo curarse con el beso del reconocimiento y la ternura. (Silencio) ¿Buscás curar tus heridas, o más bien, taparlas? ¿Dejás que sobre ellas, Dios ponga su ternura, o más bien, te exponés a que otro las maltrate?

Madre de la Ternura que sana y cura,
enseñanos a besar las heridas surgidas del amor.

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2. La Ascensión (De vuelta al Padre)

La vuelta de Jesús al Padre es por el camino de la Ascensión. Su misericordia había recorrido el camino del descenso, para dar con el hombre, que se encontraba en la más profunda postración, la del pecado. Por eso Él, debía ser levantado en alto para atraer a todos hacia él. En Él, la humanidad se pone de pie, es levantada por la mano del Padre que lo resucita. Y María, está allí para ayudar a los hombres a dejarse atraer por Cristo levantado en alto. (Silencio) ¿Entendés que el camino del abajamiento en el servicio te levanta, y que el del trepar ambicioso y egoísta, te abaja?

Madre de la Ascensión,
enseñanos el abajamiento que levanta.

2. La Despedida (No retener al que debe volver)

Si algo caracteriza las despedidas es el deseo de retener al que debe partir. María sabe que la despedida del hijo queda abierta a un nuevo encuentro, porque quien no abandona, siempre vuelve; por eso no lo retiene. El Hijo debe volver a estar en las cosas del Padre, a estar en la casa del Padre para preparar allí un lugar, a los que nunca quiso dejar huérfanos. (Silencio) ¿Cómo son tus partidas, despedidas o abandonos?

Madre de la Despedida,
enseñanos a despedirnos sin retener ni abandonar.

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3. La Venida del Espíritu Santo (Llega el consolador)

Aún cuando María consuela como Madre a los discípulos, ella sabe que el único consolador es el Espíritu que el Hijo enviará desde el Padre a los suyos. Es necesario que él venga para que terminen de comprender todo lo que Jesús les había enseñado. El consuelo del Espíritu termina no sólo en paz, sino también en fortaleza. (Silencio) Cuando de consolar se trata, ¿sé dejar espacio al trabajo del Espíritu, o creo que soy yo el que consuelo?

Madre de los que esperan Consuelo,
enseñanos a esperar al Espíritu Consolador.

3. Esperar como Iglesia (Recibir para dar)

El discípulo sabe que da de lo que recibe. Por eso, María, espera junto a los discípulos, junto a la Iglesia, pero también como Iglesia, como discípula. Y así, mientras a unos el Espíritu, los hace hijos de la Iglesia, a ella la hace su Madre, para que viviendo como familia de Dios, aprendan el espíritu que se respira en la Casa del Padre. (Silencio) ¿Cuál es el espíritu que se respira en tu comunidad, en tu familia?

Madre de la Iglesia,
enseñanos a cuidar el espíritu de familia.

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4. La Asunción (Invitada a la Fiesta con su propio traje)

María es invitada a entrar a las bodas del Cordero, a la fiesta de la Nueva Alianza, llevando su propio traje. Es el traje de fiesta que el Hijo le había regalado: su concepción inmaculada. Y ella, como virgen prudente, no sólo tiene preparado el traje sino que conserva la lámpara de su fe encendida para el momento en que es llamada. (Silencio) ¿Cómo están tu “traje” y tu “lámpara”, para la fiesta a la que Dios te llama?

Madre de la Asunción,
enseñanos a preparar nuestro corazón para la fiesta del Cordero.

4. La Entrada en la Casa del Padre (La Mamá ha llegado)

La casa de los hijos no se entiende sin la madre, del mismo modo que el gestarse de una vida, no se entiende sin un seno materno que le dé cobijo. Cuando María es llevada a la Casa del Padre, es la Madre la que llega para dar cobijo a todos sus hijos. (Silencio) Cuándo llegás a casa, ¿cuánto cobijo sabés dar?

Madre del Cobijo,
enseñanos a ser cobijo para los demás.

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5. La Reina de todo lo creado (Señora del Lugar)

Toda madre es “ama de casa”, es “señora del lugar”, en cuanto que conoce más directamente cómo se lleva la casa y cómo se llevan los de la casa. María, al llegar a la Casa del Padre, es puesta como Señora del lugar, y como tal, se aparece a sus hijos que aún están de camino hacia ella. (Silencio) ¿Qué tendría María para decir de cómo nos llevamos en casa?

Madre de todo lo Creado,
enseñanos a llevarnos bien en casa.

5. Reina de la Paz (Cuidando la hermandad de los hijos)

Si en algo quiere reinar María como buena Madre, es en el amor que sepamos tenernos como hermanos, para que podamos ser así la alegría del Padre. Y ella sabe que mientras reine la Paz, reinará el Amor. (Silencio) ¿Trabajamos por la Paz como hijos de Dios que somos y hermanos entre nosotros?

Madre de la Paz,
enseñanos a construir la Paz.

Diálogos dolorosos con la Madre acerca del Hijo

•Agosto 23, 2009 • Dejar un comentario

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1. La Oración en el huerto (La Aceptación de otro gusto)

A las puertas de su Pasión, Jesús oraba pidiendo al Padre que apartara de él, el cáliz del dolor, pero al mismo tiempo aceptaba tomarlo, si así se cumplía su Voluntad amorosa; si con ese cumplimiento daba gusto al Padre. Seguramente, María, oró por su hijo para que fuera fiel a lo que el Padre le encomendaba, y de ese modo, probaba junto con él, el gusto de la aceptación. (Silencio) Cuando ves a quien querés a las puertas de una decisión que le cuesta y debe tomar para su bien, ¿lo consentís, le seguís sus gustos, o le animás a probar el gusto de la aceptación?

Madre de la Aceptación,
enseñanos a probar este gusto fuerte.

1. La oración por otro (La Noche en vela)

Cuando el hijo anda de noche y aún no llega, la Madre no puede dormir, pasa la noche en vela. María sabe que su hijo está atravesando la noche más cerrada de la historia de la humanidad (la del pecado), y aún no llega a pasarla totalmente. Por eso está en vela, en oración. María, como buena madre, no se duerme. (Silencio) ¿Sabés estar en vela pidiendo por otros, orando junto a Jesús para que pase su noche y la pase bien?

Madre de la Oración vigilante,
enseñanos a encender nuestra oración en vela.

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2. La Flagelación (Castigado por inocente)

La violencia de los poderosos es flagelo de los inocentes. En su lucha por el poder, terminan castigando a los inocentes. María siente con Jesús (y con ellos, también todos los humildes), el flagelo del pecado. Pero, a fuerza de mansedumbre, cortan los tientos del espiral de violencia que él engendra. (Silencio) Frente a los violentos, ¿quedás enganchado en su espiral destructivo o cortás su violencia con gestos que construyen?

Madre del Amor Inocente,
enseñanos a cortar el flagelo de los violentos.

2. La carne duele (El castigo del Hijo le duele a la Madre)

Cuando una madre tiene que corregir a su hijo con un gesto fuerte, ella es la primera en sentirlo. Y aún cuando no quisiera, sabe que a su hijo le hará bien. María sabe que su hijo debe recibir el castigo que pesa sobre la humanidad, y que este castigo asumido, traerá bien sobre toda la humanidad. Sólo, que al igual que al Padre, no puede dejar le duela en su propia carne. (Silencio) ¿Entendés que el dolor que hoy sentís por tener que corregir y poner límites, mañana lo agradecerás y te lo agradecerán?

Madre de la Corrección amorosa,
enseñanos a corregir con amor.

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3. La Coronación de espinas (Una nueva realeza)

Jesús es “Varón de dolores”, y como tal, recibe la corona. Lo que corona su sufrimiento es la cerrazón del corazón humano, que viendo en él hasta dónde llega con su ensañamiento, no lo reconoce. María es nuestra Señora de los dolores, por ser la Madre del que cargó sobre sí, todas nuestras enfermedades y dolencias. (Silencio) ¿Tus dolores son por padecer los frutos del pecado o por producirlos? ¿Has perdido el dolor del pecado?

Madre de los Dolores,
enseñanos el dolor de pecar.

3. En el acto de la Coronación (Partícipe de un nuevo Reino)

El Señorío manso y humilde de Jesús se revela en la docilidad con la que el Cordero de Dios acepta su coronación. En este acto de amor coronado, María se descubre partícipe de un nuevo Reino; servidora del Rey del Amor, que ha venido a extender su reino por el camino de la Paz. (Silencio) ¿Entiendo que el Reino se extiende con mansedumbre y paciencia, o me apresuro a buscar medios que lo impongan a la fuerza?

Madre del Rey,
enseñanos la mansedumbre del Reino.

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4. El Camino a la Cruz (Cargar las condenas)

Jesús va camino a la Cruz cargando la condena de la humanidad (el castigo de morir), para que en adelante: el morir y el castigo, no vayan juntos, sino sólo en aquél que quiera juntarlos. María está en ese camino cargando las condenas que le hacen a su hijo, que a todos salva. Y alivia así, el peso de su Cruz. (Silencio) ¿Sé cargar sobre mí las condenas que le hacen a Jesús, a su Iglesia, a su Madre, a los pobres?

Madre del Amor condenado,
enseñanos a salvar el amor.

4. Camina con su hijo (Consolar con la mirada)

María camina con su hijo. No puede hacerlo en cercanía, porque los hombres no le dejan. Quisiera tomar su mano para consolarlo en su camino, pero no puede. Por eso, toma su mirar. Lo toma de sus ojos con su propia mirada, y así lo consuela, acortando toda distancia. En los ojos de María, los ojos de Jesús encuentran un pedacito de cielo. (Silencio) ¿En las dificultades del camino, descubro que los ojos de María me están mirando para consolarme? ¿Sé tener una mirada de consuelo para los demás?

Madre del Consuelo,
enseñanos a dejarnos consolar para aprender a hacerlo.

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5. La Crucifixión (Clavada a un misterio)

Mientras clavan a Jesús en la Cruz, María comprende que el Amor y el Dolor, la Misericordia y el Pecado, la locura de los hombres y la locura de Dios, quedarán para siempre clavados en Cruz, a un único y mismo Misterio de Salvación. (Silencio) ¿Sabés dejar clavadas en la Cruz, hasta tus más pequeñas preguntas, y esperar que desde allí, Jesús te responda?

Madre del Crucificado,
enseñanos a ponerle una Cruz a nuestra mejor respuesta.

5. Al pie de la Cruz (La Nueva Maternidad)

Cuando un hijo nace, lo ponen en el regazo de su madre. En la Cruz, Jesús hace nacer a su Madre, una nueva humanidad que fue concebida con dolores de parto. En el hijo muerto, bajado de la Cruz y puesto en brazos de su Madre, descansa la nueva humanidad nacida a una esperanza de salvación. (Silencio) ¿Tus brazos saben recibir y contener la esperanza de otros, o prefieren estar desocupados?

Madre de la Maternidad en Cruz,
enseñanos a hacernos cargo de la esperanza de tantos.

Diálogos gozosos con la Madre acerca del Hijo

•Agosto 23, 2009 • Dejar un comentario

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1. El Anuncio (La anotician)

María recibe el anuncio del Ángel, con el amoroso acatamiento de la sierva a quien le anotician los planes de su Señor: luego de preguntar lo necesario, ratifica su entera disponibilidad para que ASÍ SEA. (Silencio) ¿Cómo escucho los planes de Dios sobre mí, como lo hizo María, o como alguien a quien Dios tiene que informarle de antemano todos los detalles de lo que tiene pensado hacer?

Madre de la Buena Noticia,
enseñanos a escuchar los planes de Dios.

1. La Encarnación (Se necesita tu Carne)

El Dios de la Vida, entra en la vida de María, para hacerse carne en ella. Quiere ser carne de su carne. Y María le hace espacio, como una madre hace espacio a la vida que comienza a engendrarse en su seno. Toda vez que se hace espacio a la vida, el Señor de la Vida empieza a revelarse en la carne. (Silencio) Cuando Dios viene a tomar la carne de tus pensamientos, tus sentimientos, y acciones ¿hasta dónde le dejás avanzar con su amor? ¿Tu carne y tus gestos son expresión de su amor?

Madre del Amor hecho carne,
enseñanos a ser carne hecha Amor.

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2. La Visita (El Camino de caridad)

Después que el Amor visitó a María, ella se puso en camino, en el camino de la caridad. La visita del amor pone en camino, nos pone a caminar, a llevar también a otros su visita. Cuando el amor camina es porque busca a otros, y así se transforma en caridad; cuando no se mueve, se busca a sí mismo y se vuelve egoísta. (Silencio) Cuando el Amor te visita, ¿qué hacés? ¿Tus visitas son para llevar amor, o para robarlo? ¿Dejás que te visite el Amor?

Madre del Amor que visita,
enseñanos a llevar la visita del Amor.

2. El Servicio (La Liturgia hogareña)

Cuando la caridad encuentra al otro a quien busca, se pone a servirlo. El servicio es la confirmación de que la búsqueda del otro es sincera. María encuentra a su prima avanzada en su embarazo y se pone a servirla. De ese modo, ella da comienzo a la liturgia hogareña con su humilde servicio. Una liturgia cargada de gestos que siguen el ritual de la cercanía. Pues sólo el que está cerca puede descubrir lo que el otro necesita, y hacerlo necesidad en común. (Silencio) ¿Cómo termina tu búsqueda de los demás: sirviéndolos o sirviéndote de ellos? ¿Aceptás seguir un ritual de cercanía, o preferís un servicio a distancia?

Madre del Servicio,
enseñanos la liturgia de la caridad.

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3. El Nacimiento (La Madre da a La Luz)

María da a luz, y por medio de ella, llega la Luz del Mundo. Así, “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran Luz”. La fe de María enciende en la oscura noche de los hombres, la luz de una nueva historia: la historia del Amor Obediente. Pues no hay mejor modo de traer luz a la noche más oscura, que encendiendo gestos de un amor hecho obediente. (Silencio) En las noches oscuras de tu vida, ¿encendés tu amor en obediencia, o lo incendiás en ira?

Madre del Amor en Luz,
enseñanos la luz del amor obediente.

3. La fiesta del Niño (Los Pequeños son los invitados)

Los niños son quienes mejor disfrutan las fiestas. De ahí, que lo que María pudo imaginar como algo no muy feliz para su Niño (tener que nacer en un pesebre), el Padre se encargó de hacerle entender que era precisamente el lugar de cita de todos los pequeños “a hacer fiesta” con él, pues son los únicos que tienen la suficiente grandeza para pasar por esa puerta. (Silencio) ¿Aceptás las invitaciones de Dios a pasar por la puerta de lo pequeño?

Madre de Belén,
enseñanos a hacernos como niños.

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4. La Presentación (La Entrega a quien corresponde)

Cuando uno hace una entrega, se la hace a quien le corresponde recibirla. María sabe que el Niño es el Hijo de Dios, y que ella no es dueña de disponer de él a su antojo, sino que debe ponerlo en las manos de su Padre Dios. Es difícil para una madre desprenderse de sus hijos. Y el primer desprendimiento que le toca vivir a toda madre, es el de reconocer que Dios le dio la vida a los hijos para que la vivan por si mismos y realicen la misión que se les confió. (Silencio) ¿Reconocés que no podés disponer de la vida de tus hijos, ni vivirla por ellos?

Madre de la Presentación,
enseñanos a presentar nuestros hijos a Dios.

4. La Profecía (El Futuro traspasado)

Quien acepta el amor, acepta el dolor. La profecía que María escucha del viejo Simeón es que ha sido elegida para acompañar al Amor en su camino hasta el extremo, y que en su carne, sentirá junto con él el dolor más extremo. En el futuro de todo amor aceptado se cumple siempre, la profecía de un dolor que lo traspasará. (Silencio) ¿El saber que habrá dolor en el amor, te lleva a dejar de amar, a no amar hasta el final?

Madre del Amor traspasado,
enseñanos a aceptar la profecía del dolor.

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5. La Pérdida (La Angustia del no encontrar)

María sabe de la honda angustia de no encontrar lo más querido. Pero sabe también de la enorme sorpresa de descubrir que lo que no encontraba, estaba en las manos de Dios. (Silencio) Cuándo has perdido algo: la salud, el trabajo, un ser querido, ¿buscás en las manos de Dios, o solamente contemplás las tuyas vacías?

Madre del Encuentro,
enseñanos a superar la angustia de la pérdida.

5. El Hallazgo (El Aprendizaje de una nueva Sabiduría)

Cuando María y José encontraron al niño, él les dijo: “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” Como Padres, había algo que aún no sabían. Y se lo dejan enseñar. María aprende de su hijo. Aprende una nueva sabiduría. Él le enseña que tanto se aprende a ser hijo atendiendo a las cosas de los padres, como se aprende a ser padres atendiendo a las cosas de los hijos. (Silencio) Como Padre o Madre ¿te dejás enseñar o crees que lo sabés todo? ¿Sabés estar atento en las cosas de tus hijos? ¿Dejás que ellos lo estén en las tuyas?

Madre de la Sabiduría
enseñanos a dejarnos enseñar.

Un diálogo con el Proveedor

•Agosto 19, 2009 • Dejar un comentario

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“Al levantar los ojos, Jesús vio
que una gran multitud acudía a él
y dijo a Felipe:
-¿Dónde compraremos lo que hace falta
para saciar a tantos necesitados?
Tantos… que necesitan
el cariño de una sonrisa;
la confianza de una mano tendida;
la generosidad de un oído que escucha;
la dignidad de una mirada que valora;
la humildad de una palabra que respeta;
el alivio de un corazón que comparte;
la justicia de un deber que reconoce;
la paz de un bien que se hace de todos;
el espacio de un pensamiento que no se apresura;
la solidaridad de una puerta que se abre;
la hospitalidad de una compañía que se celebra,
y hasta la pobreza de un simple gesto.”
Él decía esto para ponerlo a prueba,
porque sabía bien lo que iba a hacer.
Felipe le respondió:
-“Doscientos denarios no bastarían
para que cada uno pudiera tener algo.
¿Qué querés?, con este sueldo, no se puede.
Así, vayas a otro a pedirle, te va a decir:
«Me gustaría ayudarte, pero… vos sabés,
no hay presupuesto».
Y es así, hoy por hoy, nadie te regala nada.
Nadie te da nada. La cosa está dura.
Por supuesto están también los otros que te dicen:
«Es un caso social, ¡sabés cuántos están así!
Si hoy le doy a él,
¿mañana sabés a cuántos les tendría que dar?»
Y tienen razón, esto no lo arreglamos ni vos ni yo,
lo arreglan los que tienen.”
-“Yo tengo algo -dijo un niño-; yo puedo ayudar.”
Felipe le dijo:
-“¿Vos crees que eso es “algo” para tanta gente?”
Jesús le respondió:
-“Háganlos sentar.
Comiencen por darle un lugar.
Un lugar, al menos en su preocupación;
en su tiempo; en su comodidad; en su riqueza.”
Tomó después lo que tenía el niño,
dio gracias, y lo empezó a compartir.
Agarró a José de la mano
(que así se llamaba el niño),
y comenzó a pasar con él,
por cada uno de los que estaban sentados.
Los discípulos (entre ellos, Felipe),
no salían del asombro,
de ver que la gente, no atendía tanto
a lo poco que José dejaba en sus manos,
cuanto a lo que en cada uno de esos ‘poco’, les ponía:
Iba con una sonrisa que chorreaba
la alegría de estar de la mano de Jesús,
y le hacía brindarse con enorme cariño.
Como es propio de un niño cuando hace
que dos personas grandes, se den la mano
así acercaba la mano de cada uno, a la de Jesús.
Y mientras lo hacía,
no se le escapaba de escucharlo todo:
súplicas, llantos, sollozos, pedidos, y en especial,
esas palabras suaves y precisas
con que Jesús los consolaba.
Como buen pequeño, miraba hasta lo más pequeño;
aquello que quizá, otros, pasan por alto.
A todo esto, iba calladito, y con mucha vergüenza.
A ese poco que ponía en cada mano al partir lo suyo,
lo completaba con otro poco de su propio corazón
que se le partía de no poder dar más.
No se sentía héroe;
era como si supiera que lo que estaba haciendo
era simplemente lo que había que hacer.
Tomado como estaba de la mano de Jesús,
sentía muy fuerte, el Amor del Padre
que se estremecía en su mano
de modo igual por todos,
y entonces todos, se le hacían: ‘amables’.
Su pequeño corazón
tenía la grandeza y dignidad
de una puerta de servicio,
a la que abría de par en par,
para hacer entrar a la fiesta del pan compartido,
a cuantos más pudiera.
Y todo esto,
en la simplicidad de su espontáneo gesto.
Cuando todos quedaron satisfechos,
Jesús dijo a sus discípulos:
-“Recojan los frutos de la entrega,
y no se pierdan de nada.”
Los recogieron y llenaron ‘doce’ canastas
con los pedazos que sobraron,
(de lo que José junto con Jesús, habían dado).
En adelante, José,
a quien sus padres, habían abandonado de su mano,
ya no se soltaba de la mano de Jesús,
porque a través de ella,
se sabía de la mano de todos
y pudiendo dar a todos
algo de lo mucho que Jesús ponía en su mano.

Javier Albisu sj

Un diálogo a los gritos, de niño, o de hijo

•Agosto 17, 2009 • Dejar un comentario

BARTIMEO

“Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó que sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. “Señor, que yo vea otra vez”.

Que vuelva a ver el amor del Padre.
Sin verlo, mi vida no tiene sentido. Sí, que vuelva a ver.
Quiero ver cómo su Paternidad me abraza.
Quiero salir corriendo a buscar, como cuando era niño,
ese rostro que siempre estaba vuelto hacia mí con todo su cuidado.
Tal vez, sea este hacerme niño, lo que me devuelva la reconciliación.
Sí, esta niñez que ahora sana aquella otra que, bien o mal, ya viví.
Creo que desde ella, volveré a reconciliarme con ese amor que nunca me dejó,
aunque por momentos, me pareció lo contrario.
Creo que así, volvería a reconciliarme con esa vulnerabilidad
que necesito llevar sin vergüenza.
Con esas manos que cuidan y no maltratan;
ni manejan como títere a su antojo.
Sé que podré reconciliarme, de últimas, con esa paz y alegría profundas,
que en la superficialidad no llego a experimentar ni sentir.
Pero también sé, que todo esto supone dejar con docilidad, que él tome mi vida.
Debo confesar, que muchas veces le temí (aunque parezca contradictorio).
Como si lo propio de Dios fuera quitar o estropear;
cuando en el fondo, bien sé que esas manos no saben, sino dar.
¡Cuánto necesito reconciliarme con su Paternidad!
No con la imagen que tengo, sino con lo que él es.
Creo que es aquí donde tengo las heridas más profundas que sanar.
Desde que me ocurrió este quedarme así,
se reprodujeron en mí las células de un tumor que poco a poco, fue destruyendo su imagen de Padre.
Un tumor que se llamaba lisa y llanamente: desamparo. No quería saber nada con él.
Se había mostrado siempre bueno, y de pronto, parecía ensañarse conmigo.
Con el tiempo, ese tumor que acababa con su imagen,
ya había hecho metástasis en mi propia imagen.
Y comencé a verme a mi mismo como alguien que no valía, que era un desastre.
Me costaba ver que aquello que sacudía así mi vida,
me daba la oportunidad de atender a ella como nunca lo había hecho.

Fue entonces cuando me encontré queriendo vivir, queriendo estar y saberme vivo.
Es cierto, que para esto, él podría haber elegido otros caminos para conseguirlo,
pero también es cierto que éste, no sólo me despertó a mí, sino que hizo despertar a otros.
Lo que sucede (y tú lo sabes bien), es que es tan dura la realidad de estar en carne viva,
que se hace muy difícil verla como oportunidad y no como castigo.
Es tan tremendo el paso a ese hombre interior
a través de la puerta estrecha de una carne que cruje al abrirla,
que se hace muy duro convertir lo que es potro de tortura, en escuela de amor.
No sé si me entiendes; es aquí donde perdí la vista.
-Te entiendo. Y también sé que la Ceguera de Paternidad,
es la peor de las cegueras, porque impide ver todo lo que su amor de Padre, hace por sus hijos.

Ahora, recupera tu vista, tu fe te ha salvado.
En el mismo momento, el ciego recuperó la vista
y siguió a Jesús, glorificando al Padre.

Javier Albisu sj

Un diálogo sobre lo que puede un poco de Agua Viva

•Agosto 17, 2009 • Dejar un comentario

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-Esto tengo que contárselo a otros. Sí; a Jonás.
Él tiene que ser el primero en saber que no necesito ya buscarlo, ni dejar que me busque, como lo hice hasta ahora.
Quiero que también él pueda verse libre como yo, desde la Verdad de un Amor
al que por primera vez encontré, o mejor dicho, me encontró.

-¿Dónde has estado? Te busqué todo el día.
Me dijeron que fuiste por agua, pero veo que no traes ningún cántaro contigo…
Tú, la misma insatisfecha, la misma insaciable de siempre.
¿A quién encontraste esta vez para que calme tu sed?”

-Espera, no te apresures. Es cierto, fui por agua y he vuelto llena, pero no como tu crees.
Sí; tienes razón al decir que me encontré con alguien.
Pero es un Alguien que tú y yo necesitamos.
Es Aquel que fue capaz de decirme la verdad de todo lo que estaba viviendo.
Aquella, que no me era fácil aceptar, porque implicaba un riesgo.
El riesgo de responder, de hacerme cargo, de asumir una tarea.
Fui por agua para saciarme, pero él hizo brotar de mí un manantial de “Vida.
Él me hizo descubrir ese deseo profundo que brotaba del fondo de mi misma, como algo que podía alcanzar sin engaños.
La mentira, había puesto mi vida detrás de falsas necesidades y dependencias enfermizas
que no hacían sino dejarme insatisfecha.
Por eso afloraba en mí, tantas veces la “queja”. Queja de lo que no tengo,
queja de lo que no soy, queja de lo que no se me dio.
Y entendí que me había pasado la vida buscando quejumbrosamente e insatisfecha, lo que en realidad estaba ahí dado;
sólo que como es “don” y se me “ofrecía”, no sabía alcanzarlo.
Siempre creí que las cosas o las quitaba, o me las quitaban.
Recién ahora entiendo aquello que mi abuela decía: “Cuanto más Dios nos quiere dar, más nos hace desear”.
Eso es lo que sentí cuando él me dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice dame de beber,
tu misma le hubieras pedido y él te habría dado agua viva”.
¡Él me ayudó a descubrir que mi deseo más profundo está unido al sueño de Dios.
Hizo que en el hueco de mi deseo, me entendiera capaz de su Amor, que es Don.
Por eso, Jonás, ahora déjame decirte que mientras no tiendas tus manos;
mientras no abras en tu vida ese espacio para creer que puedes alcanzar tu deseo más profundo;
mientras no esperes que para ti también hay un Amor que se te ofrece y una Verdad que te libera,
te condenas a tu propia soledad y a morir de sed,
siendo que hay Alguien a tu lado, que no quiere otra cosa que verter todo su amor
como agua de manantial para que tengas Vida en abundancia.

-En verdad, no puedo dejar de creer el modo como te ha soltado la lengua y el corazón.
Tus palabras brotan con una fuerza y una vida como nunca hasta ahora les había sentido. Por favor, ¡llévame hasta él!.

-Mira, toma tu cántaro. Vacíalo y ponte en camino. Tienes que buscarlo por ti mismo.
Pero recuerda, lo que único que debes presentar al llegar, es el deseo que se ha despertado en ti.
Cuídalo. Es fácil perderlo mientras vas de camino.
Si te pones así en marcha, cuando menos lo creas,
tu corazón habrá abierto un espacio tan grande, que enseguida darás con él.

Cuenta la historia que Jonás se acercó a Jesús.
Al regresar, dirigiéndose a Sícaris (la Samaritana), le dijo:
“Ya no creo por lo que tú me has dicho; yo mismo le he oído y sé verdaderamente
que él es el Don ofrecido, el Salvador del mundo”.

Javier Albisu sj

Hablar a oscuras con el que te quiere dar a luz

•Agosto 17, 2009 • Dejar un comentario

Jesús y Nicodemo

-Tenés que nacer de nuevo.

-Siendo viejo ¿es posible?

-No sólo posible sino necesario.

-Es que llevo años viviendo así.

-Te lo he dicho, tu vida necesita un nacimiento,
sólo así permanecerá viva.
Sólo un nacimiento la renueva como vida.
Un día no participaste en tu nacimiento, hoy tenés que hacerlo.
Y tenés que ayudar para que eso suceda.
Es eso lo que sentís dentro tuyo y no te atrevés a aceptar.
Pero te aseguro, te va a costar más retener lo que sos,
que parir lo que estoy por darte.
Te esforzás tanto por mantener lo viejo,
que tus débiles fuerzas ya están agotadas.
Y todo, por una seguridad estéril e infecunda,
que ni a vos te convence.

-Es cierto, no me convence;
pero es que tengo miedo a imaginar lo que pueda venir;
lo que pasaría si dejo que las cosas sean de otro modo.
Escaparían de mi mano. Por eso me aferro a lo que tengo.
Además, me da miedo pensar en los dolores de ese parto;
no sé si sería capaz de soportarlos, siendo viejo como soy.
Ya los sufrí cuando joven. Y volverlos a pasar otra vez…
la verdad, es que ya, no estoy para esos trotes.

-Si supieras que sólo te pido dejar de resistir,
si entendieras que se trata de dejarme a mi
parir tu vida de nuevo, la verías nueva.
Te lo pido: no frenés tu alumbramiento.
Es todo lo que necesito que hagas.
Sólo así vas a ver tu vivir con sentido;
tu futuro como eso posible que sos capaz de construir.
Dejate dar a luz por mi Palabra, que se filtra
por esa rendija de esperanza que queda dentro tuyo;
por ese lugarcito en el que todavía seguís creyendo, seguís buscando.
No tengás miedo; quiero tu bien, ese es mi gozo.
Mi corazón de Padre no se contiene de saber que su hijo está por nacer
y todavía no nace.

Javier Albisu sj

El Hijo enseña aún dormido

•Agosto 6, 2009 • Dejar un comentario

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¿Duermes, Señor?
En qué brazos te acunaste
que no conocen los nuestros.
Parece ir todo al desastre
y no te vemos despierto.
-Si dejaran amarse
cuando se encrespan los miedos
y soltaran el lastre
que los hunde, tan tercos;
si dejaran arrullarse
con el silbido del viento,
y permitieran auparse
cuando llega el mal tiempo;
conocerían al Padre
que no deja de verlos
y en su amor va a llevarles
“dormidos”, a buen puerto.

Javier Albisu sj

La encomienda del Hijo

•Agosto 2, 2009 • Dejar un comentario

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Sostenido en tus dos manos cuelgas, abandonado al dolor;
mientras a otras manos tiernas, encomiendas el amor.
Manos tiernas de Padre que vivifiquen lo que murió;
manos de Madre tierna que esperen lo que engendró.

Mas a otras manos pides que igual sostengan tu amor:
las del discípulo amado, pequeño y pecador,
que por Sagrado misterio llenan de asombro y temblor,
a aquellas otras que un día, tu misma cruz las ungió.

“No temas”, dijiste entonces, los embates del dolor,
pues cuando sientas los clavos fijarte allí al Amor,
las sostendrán esas manos que llegándose hasta vos,
te reclamen las tuyas porque no encuentran pastor.

Son miles de manos puestas, por tu confianza, Señor.
¡Cómo no dar una mano! ¡Cómo negarme a tu amor!
si sostenido estoy entre tus manos
que cuelgan de las mías hoy.

Javier Albisu sj

Pródigos del abrazo del Padre

•Agosto 1, 2009 • Dejar un comentario

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Hijo, deja que te arrope con mi abrazo,
que así es como hace fiesta mi corazón hecho pedazos.
Deja que entorne la puerta con el lazo
de mi amor que no sujeta, sino evita los asaltos.
Deja que te tenga en mi amplitud ajustado,
hasta que libremente entiendas que te dejo a ti tu espacio.
Deja que detenga tus palabras de acusado,
y aunque no lo comprendas, ponga mi anillo en tu mano.
Deja que así sea, como siempre, mi regazo,
el lugar donde me cuentes de tus sueños y fracasos.
Deja, pues, que pida que el ternero hoy comamos,
porque de ti estabas fuera y entre mis brazos te he hallado.

Javier Albisu sj

El Corazón del Padre: la Puerta de un milagro o el Milagro de la puerta

•Agosto 1, 2009 • Dejar un comentario

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-Sabes, hermano,
¡cuántos recuerdos me trae esta Puerta!
-Sí a mí también.
-En este momento,
creo que nada me ayudaría a describir mejor
lo que es el corazón de nuestro Padre.
-¡Cuánta razón!
-No me olvido más…
lo veo como si fuera hoy:
abierto como ella, en el momento mismo
en que encaprichadamente ciego, quería irme.
Aquella vez, puedo decir con toda certeza,
que el Padre no dudó en aceitar la Puerta
con las lágrimas que le recorrían por adentro,
para que yo no oyera el crujido
que sonaba dentro suyo,
sabiendo que debía abrirla para dejarme ir.
Qué extraña sensación me daba
estar parado allí en la Puerta, junto a él.
Aunque la Puerta estaba abierta,
y los dos estábamos al borde de la casa,
(y al borde también,
de lo que estaba a punto de dejar de serlo),
el amor de la casa parecía no terminar ahí.
Su amor por mí era tanto,
que abría un nuevo espacio y un nuevo tiempo,
de modo que lo que amenazaba
con ser borde y precipicio,
tuviera aún, un suelo firme: la fidelidad de su amor.
Así, en medio de la Puerta,
su amor de Padre volvía a ponerse en cero,
se ofrecía de nuevo,
me lo entregaba todo;
al mismo tiempo que se disponía,
a seguir amándome (no sin dolor),
aunque me fuera con una parte
de todo lo que él era y quería ser para mí.
Cuando me vio ya dispuesto
a dar mi paso fuera de la Casa,
no buscó ponerse delante
para impedir que lo hiciera.
Simplemente puso su amor,
como dándome a entender:
“Aún aquí está mi amor”;
“Te sigo y te seguiré amando”.
Y me lo hacía sentir bien fuerte.
Sabía muy bien,
que la dura realidad fuera de Casa
terminaría haciendo de este amor,
un murmullo lejano, a penas perceptible.
Mas ahora,
en ese modo tan increíble de amar,
dejaba que yo pudiera elegir en libertad,
aún cuando sabía
lo mucho que le tocaría hacer en adelante
para escribir, de ahí en más,
su amor derecho, en las torcidas líneas
de mi elección corta de vista.
Por eso, (luego me di cuenta),
buscaba a toda costa,
que a través de la Puerta abierta,
saliera todo el calor de hogar
que horneara lo más posible,
lo inmaduro de mi decisión.
Yo no me daba cuenta,
pero caminaba como ciego por una cornisa.
Desde dentro,
no percibía la real dimensión del abismo.
Al contrario, el aire helado del vacío,
me chupaba y atraía, como proponiendo alivio.
Mas desde fuera,
Él se daba cuenta que el precipitarme,
estaba a un paso,
y más que gritarle a mis pasos,
le hablaba a mi corazón.
Las otras voces me gritaban con violencia
para corregir mis pasos.
La voz del Padre, en cambio, me decía:
“si te amo dejándome,
cuánto más podré amarte, si quedándote, me dejas.
No te quites mi amor,
pensando que es eso lo que te va a aliviar.
Al contrario, sin su peso,
quedarás más expuesto aún, a precipitarte.
Guárdalo, tiene el peso justo para salvarte.”
Fue así, como el calor que provenía de la Casa,
pudo más que aire frío del vacío.
Era calor de cosas vividas y otras por vivir,
que enfrentaba el frío de una vida
que se daba por muerta, por vencida, terminada.
En el fondo, más esfuerzo tenía que hacer
por matar, que por dejar vivir.
Esto no significaba simplemente “seguir viviendo”,
sino “viviendo” seguir.
Por eso la Puerta se proponía como un nuevo parto,
y atravesarla, era dejarse parir.
Debía dejar que las entrañas de misericordia
del Corazón del Padre, me dieran a luz;
y así al que estaba muerto,
pudieran recuperarlo, vivo.
Por eso, no sé muy bien si llamarla:
la puerta del milagro, o el milagro de la puerta.
Y es que la puerta del corazón del Padre,
es puerta de milagros,
y el más cargado de misterio
es el propio milagro de la puerta.

Javier Albisu sj

Com-partiendo con el Hijo

•Julio 31, 2009 • Dejar un comentario

cristo2

Párteme, Señor, cuando te partes,
para que pueda tener parte contigo.
Que nada de lo humano quede aparte,
y pues tu misma carne lo comparte:
pártame el frío que te parte,
el hambre del que no tiene su parte,
la pobreza del que queda un hecho aparte,
la agonía del que sufre y pronto parte,
la alegría que se tiene y se reparte.
Que acepte partirme en tantas partes
cuantas partes, compartas tú, partido.
Que no intente taparte distraído,
y aprenda a darme entero en cada parte.
Que no busque para mí otro partido
sino el gozo de que el pan se ha repartido
y llegado hasta tu mesa
saber que tú me has dado:
tener parte contigo.

Javier Albisu sj

Liturgia Sacerdotal

•Julio 29, 2009 • Dejar un comentario

Ordenación sacerdotal del Padre Pío

Genuina imitación de lo divino,
serán tus manos hacedoras de Misterio.
Misterio que las marque con el signo,
signo abierto de costado hasta el extremo.

Manos de Madre serán lazo del designio
de guardarlas para siempre para el Reino,
y recordarle entonces, cuando no tengan vino,
que haciendo lo que El diga tendrán nuevo.

Así, atrapado entre esas manos, vendrá el Hijo,
que por amor, decide, tremendo cautiverio;
para estarse como aquella vez que vino,
colgando de tus manos como en brazos de su leño.

Y traspasadas quedarán, de amor y de cariño,
las manos que reclamen, urgentes, el cauterio
del beso que selle lo que indigno
ha merecido la huella de lo eterno.

Javier Albisu sj