1. Trabajar la noche entera
y no sacar nada.

Trabajar la noche entera, es haber hecho todo lo que se tenía que hacer en el momento “ordinariamente” adecuado.
Ese momento es la noche. La noche, en la pesca, es el tiempo que “para todos” resulta como el más apropiado; lo cual, no significa que “para cada uno”, no pueda darse un “tiempo apropiado” distinto.
Ese tiempo en nuestra vida espiritual se llama “tiempo de gracia”. Y si bien puede ser que de él, haya tiempos comunes, el tiempo de gracia es un tiempo particular para cada uno. De tal modo que “si no sacamos nada” trabajando en los tiempos ordinarios, comunes, debemos hacerlo en los extraordinarios, que son “en particular para nosotros”.
Este trabajo de búsqueda, debe ser la noche “entera”. Esto habla, de que se hizo todo lo posible hasta el último momento. Y es que la noche necesita pasar “entera” para que, con el venir del nuevo día, comience una nueva oportunidad.
Si en el tiempo ordinario no hicimos todo lo posible por hallar lo que buscábamos, nunca sabremos si la causa de no haber hallado, estuvo allí, o en el hecho de no haber buscado en un modo y tiempo, extraordinarios.
No sacar nada después de trabajar la noche entera, no es “falta” del pescador, sino tan solo, “falta de pescado”. De nada sirve echarse culpas o culpar al pescado. Simplemente no es noche para volver con pescado, mas eso sí, con uno mismo.
Pero, si el pescado que “no saqué”, “me saca” a mí, es señal de que el fracaso me hizo morder su anzuelo y de que mi esperanza, no sabe de esperas.
Quien quiere encontrar, tiene que saber esperar, esto es, aún sin sacar nada, trabajar la noche entera.
2. Limpiar las redes.

Mientras uno limpia la red después de no haber pescado nada, puede filtrarse la sensación de que todo fue inútil.
De esa manera, pasamos con mucha facilidad de la mala pesca, a pensar como mala la pesca en sí. Y, en vez de decir: «hoy no se dio», «no era el momento», decimos: «esto no va más», «no tiene sentido tanto esfuerzo». Entonces ocurre que el fracaso, termina limpiando lo único que nos quedaba: la esperanza.
De ahí que lo que más hay que cuidar de sacar, mientras se limpia la red, es el desaliento. El cansancio se “enreda” con mucha rapidez en lo estéril y provoca ese desánimo que hace que la red se sienta por de más pesada y ya no den las fuerzas para volver a salir, para volver a intentar, en definitiva, para volver a pescar.
La red es lo que permite la pesca. Lo que dice que la pesca “es posible”. En sí misma no asegura el éxito, asegura sí, que pueda darse la pesca. La red es el medio que hay que poner. La red es pues, imagen de todo el esfuerzo que ponemos detrás de una esperanza. Y esta tríada de esfuerzo, medios y esperanza, no debe faltar nunca.
Limpiar la red es, por un lado, quitarle todo lo que la experiencia pasada dejó como resaca, en especial, ese sabor amargo de la “mala experiencia”.
Pero, por otro lado, es quitar toda la carga que agregamos de más a la experiencia por venir; esto es, las falsas expectativas. Tanto las que creen que una vez puestos los medios, se seguirá directamente el éxito, como las otras que creen que la red, arrastrará con todo lo que se desea.
Los logros no admiten ser calculados de antemano, sino tan sólo, “esperados”.
3. Aprender desde la barca.

Cuando la experiencia de lo que se ha vivido en la barca, se pone ante Dios, enseña.
Necesitamos invitar a Jesús a que venga a sentarse allí, en nuestra barca, junto a nosotros. Él nos acompañará a encontrar la enseñanza que, de momento, se nos escapa.
Lo que Jesús enseñe, no será sino “desde” la barca. Es decir, desde lo vivido y desde quien lo ha vivido. Nuestro diálogo con él, por tanto, tendrá que tener este marco de referencia para evitar irse por las ramas o entrar en discursos que no llevan a nada.
La barca experimenta los efectos de la pesca. De acuerdo a cómo haya sido, vuelve llena o vacía. Y esto se deja sentir: no avanza de igual manera cuando va cargada de peces, que cuando no lo está. Así, la barca, se vuelve imagen de nuestro propio corazón. También él experimenta “cómo vuelve”, después de “sus salidas”. También él siente días “llenos” y “vacíos”; y no avanza igual en unos que en otros.
Ahora bien, si sea como sea que haya sido la pesca, la barca se cuida, también debemos cuidar y proteger el corazón, sea como sea que nos haya ido. Si no, entramos en el descuido y dejadez que suelen seguir a todo desánimo.
¿Cómo se lo cuida? Como a toda barca: a sus tiempos, hay que reparar los efectos propios del “desgaste”. No es un “acorazado”, es una simple barca que sufre los golpes, los cambios de temperatura y las cargas. Si no se lo cuida, aún cuando venga lleno, correrá el peligro de que se le filtre en pequeñas cantidades el agua de la tristeza.
Quien lo repara es Jesús; y lo hace, enseñando por dónde se nos está filtrando el gozo y estamos perdiendo las fuerzas.
4. Navegar mar adentro.

Navegar mar adentro, después de un fracaso, es cargar nuevamente el deseo de ir a fondo. Pues en la orilla no están las respuestas. Las respuestas se encuentran sólo cuando se va a fondo, mar adentro.
Es mar adentro a fondo, donde aparecen los “impedimentos”, que sin saber, estábamos poniendo y trababan la gracia. Es mar adentro a fondo donde caemos en la cuenta, de que el horizonte de lo posible no lo traza nuestro propio límite, sino ese Dios “siempre mayor” que todo lo abraza.
Es “encarando” a fondo lo que ocurrió mar adentro, como se disipan los fantasmas del «esto no se resuelve más» o «esto ya queda así», y se descubre el rostro de una realidad que es dura, difícil, adversa, pero “abordable” como desafío propuesto a nuestro crecimiento personal.
Mas, sólo puede navegar mar adentro después de un fracaso, quien carga al menos, una mínima esperanza. Aunque más no sea, aquella que deja abierta todo margen de error, de posibilidad, de milagro. De no ser así, el ir a fondo, podría convertirse en un entrar mar adentro, pero sin barca, como queriendo “terminar mal” aquellas cosas que duelen.
Por eso, la “única voz” a escuchar después de una experiencia que quedó trabada, es la de ir mar adentro, sin prestar oídos a las otras “voces” que se apuran a “gritar” un sinnúmero de ‘peros’: «Pero es de día»; «pero estás cansado»; «pero es volver otra vez a pasar por todo», etc, etc, etc.
No se trata de ir mar adentro “a la deriva”, sino “navegando”, es decir, marcando a toda la experiencia “una meta”, “un fin”, “un sentido”. Y este rumbo habrá que mantenerlo bien firme.
5. Echar la red,
porque Otro lo dice.

Hay situaciones en las que es indispensable confiar en la palabra de otro, que en un momento dado, nos anima a hacer aquello que no nos atrevemos o para lo cual estamos frenados.
Es una voz que suena como imperativo («Echá la red»), pero en realidad, es la misma situación la que lo reclama interiormente.
Para expresar aquellas cosas que urgen, utilizamos este modo imperativo. Es una palabra fuerte dirigida a un tú. Es la única variante verbal, que no tiene la primera persona. De modo que cuando lo aplicamos a nosotros mismos, es como si otro nos lo dijera.
En el caso que nos ocupa, no es un imperativo cualquiera. Se trata de aquel que confirma la voz de la conciencia desde la cual Dios nos llama siempre, a elegir el bien y evitar el mal.
“Echar la red”, es pues, el imperativo a desplegar el corazón, a abrirlo, a agrandar su medida, aquella misma que perdió al “enredarse”.
Es también el imperativo a “soltar” y “soltarse” de aquello a lo que se está aferrado por miedo a perder lo único que, al parecer, queda. Cuando en realidad, lo que se pretende, es que nos animemos a cambiar “lo que queda”, por “lo que recién comienza”.
Echar la red, de alguna manera, es dejar que la palabra de otro “pesque” nuestro deseo más profundo. Y por tanto, “nos pesque”, nos sacie, nos entienda, nos sane. De la misma manera que cuando otro descubre algo que ocultábamos, le decimos: «me pescaste».
Ese que mejor puede pescarnos es Jesús. Él nos dice: «echá tu red»; «soltá tu corazón»; «dejá que pesque tu deseo; que sacie tu amor».
6. Sacar cantidad de peces.

La “gran cantidad”, es sinó-nimo de “sobreabundancia”; lo cual, es el efecto propio de la gracia. La gracia es siempre “más”. Más de lo que se esperaba, más de lo que se creía, más de lo que se merecía.
Pero a esta sobreabundancia hay que “sacarla”. Al menos, como sobreabundancia en sí, aun cuando no entendamos todo lo que se contiene en ella. No sacarla, sería lo mismo que recibirla en saco roto. Sería como si un pescador tomara un solo pez, cuando a su red se le ofrece una gran cantidad, lista para ser pescada.
Así también los tiempos de gracia, son para “tomar gracia en forma”, para “sacar provecho”; lo cual, no tiene nada que ver con “aprovecharse” de la situación llenándose de soberbias que lo echan todo a perder.
Sacar provecho es fortalecer desde la gracia lo que se había debilitado a causa de la desolación.
Recuperar por un lado, lo que el “zarandeo” de la barca hizo naufragar: los lentes con qué mirar la realidad; las reservas que se creían perdidas; los instrumentos de navegación que se habían menospreciado por la autosuficiencia de guiarse solo.
Y por otro, lo que la “sequedad” de la espera, resecó del verdadero rostro de Dios: su ser de Padre, y padre confiable; su Sabiduría, hasta en los mínimos detalles; su tozuda Fidelidad, y su Amor hasta lo inimaginable.
Sacar gran cantidad de pescados es plantar en el corazón la certeza de que solos no sacamos “nada”, mas con Dios todo lo podemos, al menos, todo lo podemos “esperar”.
Todo; incluso que a nuestro corazón empecatado y vacío, lo quiera llenar y hacer fecundo, para desde él, saciar a otros.
7. Llamar a los compañeros.

Es una característica propia de la alegría el querer incluir a otros en ella; aún cuando no participen del motivo mismo que la originó.
Allí se descubre verdaderamente hasta qué punto, no podemos entendernos sin un vínculo con los demás. Y es que tanto los momentos de gozo como los de dolor, no son para vivirlos solo. Son momentos, que revelan nuestra realidad más honda, la de ser seres en relación de unos con otros, y sobre todo, necesitados.
Llamar a otros, es pues, reconocer que la gracia no es sólo para sí, sino también para los demás. Es como su certificado de autenticidad. Reservarla solo para sí, sería echarla a perder. Nos haría acaparar algo como si fuésemos sus dueños, cuando en realidad, es un bien de familia.
Llamar a otros exige hacer un ejercicio de “traducción”; esto es, ver de qué manera la gracia que se recibió, se traduce en un bien para el otro.
Así como para llamar a otro que se encuentra “a cierta distancia”, el único modo de hacerlo es por “señas”, de la misma manera, para acercar al otro (con quien siempre estamos a cierta distancia), el único modo de hacerlo es con “gestos”. Gestos de caridad que traduzcan la gracia, que no es sino, un “signo” del amor de Dios.
Al llamar a otros, la gracia se aclara aún más. El otro, nos ayuda a descubrir lo mucho que recibimos, que al llevarlo tan encima, no alcanzamos a percibirlo en toda su grandeza.
Del mismo modo que para las grandes fiestas hacemos “listas de invitados”, para las gracias que Dios nos da, también deberíamos hacerlas. Y aquí, como primero de la lista, debería figurar aquel a quien tenemos al lado.
8. Expulsar el temor

Cuando Dios se nos acerca con su gracia, descubrimos lo grande que es. En ese momento, nos suele sobrevenir el temor de las propias torpezas y de nuestra medida tan pequeña. «No puede ser», decimos; «no puede ser, tanto»; «no puede ser tanto, para mí».
Pues es un amor que nos resulta incompatible con tanta pobreza nuestra, y a veces hasta incómodo, por ser un amor totalmente inmerecido. Es más, es ilógico si se lo mira desde la correspondencia a lo que se le dio (que bien sabemos, fue poco, o mejor dicho, nada).
Pero este es un temor, que si no se lo expulsa, ahoga toda posible “docilidad”, es decir, anula la capacidad de dejar que Dios lleve a término la obra comenzada en nosotros. Por eso, cuando nos sentimos con el freno puesto, es señal de que no hemos aceptado la gratuita voluntad de Dios de querer entregársenos.
Expulsar el temor, es pues, no tener miedo a ser amado, “y tanto”. Es tener la certeza de que si mucho se nos confió, mucho se nos dará para poder llevarlo a término.
Expulsar el temor es mirar para adelante, ya no desde nuestro sólo límite sino desde el alcance ilimitado del amor de Dios.
Expulsar el temor es “despojarse de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y correr resueltamente al combate que se nos presenta”. Es dejarse vencer el temor a fuerza de amor.
Es dejarse atraer por la confianza de otro, por la esperanza de otro, para desde allí, sacar lo mejor de sí mismo. Es “fijar la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús”, y decir: «Tu me llamaste, Señor; aquí me tienes».
9. Ir mar adentro,
pero por tierra.

Una vez que uno se ha dejado pescar por Dios, entiende que el llamado es a “pescar hombres mar adentro”.
Es una “voz” que llama a sacar de su “enredado mundo”, a quienes luchan por salir sin saber cómo. Un llamado a ser “salvavidas”, pero no como “guardacostas” sino como “expertos-en-mares-adentro”. Llevando a los hombres a ahondar en el mar de sus deseos, para hacerles descubrir que sólo uno, (su deseo más profundo), no los ahoga.
Este es el modo de ir mar adentro por tierra. Ayudando a otros a descubrir que el desafío, no está solo en los tiempos de pesca, de prueba, sino en los cotidianos de entrega.
En toda entrega se va mar adentro, es más, hay que ir mar adentro. Hay que “soltar amarras”, mantener firme el rumbo, sostener la paciencia, ahondar la esperanza, para entonces sí, volver satisfechos sabiendo que siempre “se saca algo bueno”.
Ir mar adentro por tierra es darse tiempo para el aprendizaje del nuevo oficio de “pescador de hombres”. Tiempo que enseñe a dar calidad a las relaciones con los demás, de modo que no queden en un “orillar”, en un acercarse a penas a la otra persona, en un conformarse con sondeos formales de superficie, sino que sea un ofrecer el corazón dispuesto a calar hondo en la riqueza del encuentro.
Ir mar adentro por tierra es dejarse llevar por la palabra de Aquel que dice: «No nos desanimemos: …Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno» (2Cor. 4,14-18).
Ayúdanos, Señor,
A trabajar la noche entera sin abatimiento.
A estar siempre dispuestos a encontrar un nuevo tiempo.
A mirar de frente el fracaso, que es tan solo un momento.
A limpiar nuestras redes de todo desaliento.
A no dejarnos enredar, con que todo fue un invento.
A no cargarnos de expectativas, detrás de asegurados éxitos.
A no dejar que la experiencia pasada, afloje del deseo sus tientos.
A aprender desde la barca lo que nos pasa por dentro.
A aprender a cuidar la barca del desgaste de los golpes y los vientos.
A buscar las respuestas, yendo a fondo, mar adentro.
A no temer encontrarnos con nuestro propio impedimento.
A entender que encararlo es para nuestro mayor crecimiento.
A darnos a nosotros mismos la oportunidad de un nuevo intento.
A mantener firme el rumbo, hacia tu voz, más adentro.
A escuchar siempre tu voz que nos manda, cuando no nos atrevemos.
A aflojar nuestras manos de las redes del miedo.
A dejarnos pescar, cuando tu amor es el anzuelo.
A sacar con abundancia, para entender bien tu anhelo.
A recuperar lo que la barca perdió en el zarandeo.
A devolverle el brillo a tu rostro verdadero.
A llamar a los otros para hacerlos, de tu gracia, compañeros.
A entender que tu gracia es un bien de familia, y no somos sus dueños.
A acercar a otros muchos haciendo tus propios gestos.
A expulsar el temor, que nos frena en el puesto.
A dejar que nos ames, porque quieres hacerlo.
A escuchar tu llamada a sacar a los hombres de sus propios enredos.
A mirar más allá de lo que es pasajero.
A esperar la gloria que nos preparas, en tu mesa de amor eterno.