El hijo menor volviendo a las puertas del Corazón del Padre

Padre… Nunca entendí que “ésta” era tu herencia;
lo más grande que habías juntado para mí.
El tesoro que guardabas donde tenías tu corazón;
allí donde ibas en secreto cuando yo no te veía.
Ahora entiendo lo que habrá significado para ti que yo te pidiera otra herencia;
no ésta tuya, sino la mía, mi herencia, la que yo creía que me correspondía.
Era como decirte: la paternidad que preparaste para mí no vale nada;
quiero algo con que comprarme la felicidad, pues tú no conoces mis gustos.
Y no me daba cuenta que en tu herencia, la tenía regalada.
Pero aún así, tu amor fue tan grande, que estremecido hasta las entrañas,
con lágrimas en tus ojos y temblando de impotencia, juntaste aquello que te pedí.
Sabías lo pronto que se vaciaría la alforja y la necesidad grande que pasaría,
pero sabías también, lo que por tanto tiempo, esas manos y lágrimas,
habían puesto en la otra alforja que aún, yo no descubría, la de mi propia vida.
Y allí esperabas, me esperabas…
Cuando lo gasté todo, empecé a ver que ninguna felicidad comprada, era la mía,
ninguna me acompañaba más allá del pobre momento,
ninguna se arriesgaba a venir conmigo.
Fue entonces…
cuando el olor de tus manos, en la alforja vacía, me detuvo en el camino.
Recordé aquellas manos que encontraban las mías cuando me había perdido.
Tus manos cansadas, que se hacían siempre tiempo para ofrecer su cariño.
Tus manos paternas, que una y mil veces, me cuidaron de chico.
Y sucedió así, de pronto, que de este mismo recuerdo, subió un tierno grito
con que pude nombrarte como lo hacía de niño: “mi papito”.
En ese instante sentí que tus manos tomaban las mías, que en el suelo habían caído.
Allí estaban ellas, ofreciendo cobijo,
y asomando su “Te quiero”, tal como siempre habían dicho.
Te quiero en mi herencia. Con mi amor, no lastimo.
Y si aún no lo entiendes, a mi corazón te arrimo.
Entonces… mi alforja se llenó de esperanza y regreso emprendido.
Me puse de pie. Salí a tu encuentro. Animado y muy tímido.
Quería que me dieras otro puesto, aunque fuera “desatino”.
Quería volver a casa, renunciando a los derechos que tenía como hijo;
pues esa herencia que tuya, despilfarré libertino, no podía recibirla, no me sentía digno.
Mas lo que allí ocurrió, escapó al raciocinio.
No entendía si yo no veía, o eras tú, el que muy bien no habías visto.
Lo que sé es que corriste a abrazarme con tu amor extendido,
y tapaste mis labios, que a excusarse habían ido.
Sólo dejaste que dijera: “Padre”, como si sólo eso, hubieras oído.
Y empezaste a disponer de todo como en un día festivo:
“¡Maten el ternero engordado; tráiganle un nuevo vestido.
Ponte en tus pies las sandalias, y en tu dedo, mi anillo!;
pues este “Padre” que callaste en tu capricho,
volviste hoy a decirlo, y resuena a recién nacido”.
Javier Albisu sj

Escribe un comentario