A ORAR SE APRENDE ORANDO (Nuevo)
DIALOGAR DESDE EL LÍMITE
La imagen de hoy tiene mucho que ver con nuestra oración aunque no lo parezca. Nuestra experiencia más honda es la que atraviesa entre el límite y la plenitud, entre el vacío y lo lleno, entre lo finito y lo infinito. Y dentro de esa experiencia más honda se realiza nuestra oración, nuestro diálogo con Dios. Vamos a él, que al dejar su huella en nosotros, nos deja ardiendo en deseos de encontrarlo, y con él, de hallar la paz de la plenitud alcanzada. Nuestra oración nos dice, que eso que deseamos y parece inalcanzable, es una Palabra con la que se puede “dialogar”, en un lenguaje común y distinto a la vez, porque es Palabra hecha Carne. De ahí que los que hablan, conozcan de lo que hablan. Y es que del mismo modo que la Palabra amorosa que Dios es, se hizo Carne, también tomó la iniciativa de hacernos participar de su “Diálogo Hacedor”. Dios quiso hacernos interlocutores finitos, limitados pero válidos, de su infinito e ilimitado amor. De ahí que también nosotros conozcamos algo de ese Amor en el que hablamos. Y hablamos con Dios en nuestra oración y en toda nuestra vida (como en un diálogo continuo), de nuestra búsqueda de esa realidad que nos llena y plenifica, que nos hace ir detrás de Él, atravesando por las cosas (en las que muchas veces nos quedamos). Por eso, San Ignacio, para ayudar al que busca y camina, le hace “sentir y gustar” a Dios, en el mismo deseo de “más”, en el mismo “límite”, pero no ya de lo que bordea lo finito, sino lo infinito; no ya de lo que bordea lo que no alcanza, sino de lo que alcanza a tocar, en el mismo deseo de plenitud, de esa Palabra Amorosa que se le acerca a dialogar, en clave de esperanza prometida y promesa comenzada en esperanza.
Javier Albisu sj
REPETIR COMO QUIEN REPASA
Cuando uno perdió algo y se pone a repasar las cosas que hizo, o los lugares por donde anduvo, finalmente, al repetir como en cámara lenta la rutina, aparece lo que se nos había perdido, y solemos constatar que aparece en el lugar donde varias veces pasamos sin verlo. Hasta decimos: “si era una víbora nos picaba”. Tal vez esto mismo, podamos llevarlo al ámbito de la oración. Por algo, San Ignacio, nos hace “repetir” la oración en algunos momentos. Yendo a nuestra comparación, el motivo por el cual no vemos lo perdido en un lugar donde varias veces pasamos con la vista, suele ser porque nos pasa como si nuestra mirada pasara sobre la realidad con la foto que tomó de ella y nos parece que todo lo que hay en ella ya lo vimos. Sin embargo, a nuestra foto, algo se le pasó por alto, y si no dejamos que la realidad se vuelva a mostrar tal como ella es, y no como nosotros la vimos, no daremos con lo que no vimos. Ese dejar que la realidad se muestre, necesita un ritmo más lento. Es como esas diapositivas que se van mostrando de a poco, a diferencia de las otras que de movida, se muestran totalmente. Esto sería lo propio de la “repetición”: repasar en “cámara lenta” (con un corazón más atento) la realidad para que en ella Dios se nos muestre en aquello donde pasamos y no lo percibimos, o algo percibimos y pasamos demasiado rápido.
Javier Albisu sj
EMPEZAR DICIENDO: TÚ
En un diálogo la primera palabra no puede ser “yo”. Porque justamente lo que el diálogo permite es que cada uno de los que dialoga, se descubra desde el otro. Por eso, si la oración es diálogo con Dios, tenemos que empezar por hablar de él y a él. Decirle lo que es para nosotros, lo que nos dimos cuenta de su obrar, lo justa que fue la Palabra que nos dirigió. En una palabra, se trata de narrar su amor en acción: “Señor, sos mi refugio, la roca que me sostiene, el amor en el que me encuentro a salvo, sos mi fortaleza, mi verdad, mi paz y mi alegría. Vos me conocés desde el vientre de mi madre, me formaste, pusiste en mí tu promesa y tu herencia. Tu Palabra me ilumina en cada paso y me da vida”. Desde este amor, entonces nos entendemos a nosotros mismos. “Yo” soy fruto de ese amor que me hace. Y si tengo que hablar de mí, lo haré de lo que dejo (o aún no) que ese amor haga de mí, ese que soy: “Señor, me ofrecés tu amor como una roca, pero hoy veo que mi vida se apoya en otras cosas…; Señor, sos mi alegría pero algo dejé entrar en el corazón que me puso triste y no logro volver sobre vos para recuperarla…; etc”.
Javier Albisu sj
DE LA MANO DE MARÍA
Cuando uno se acerca a un niño que no conoce, se da cuenta que es mucho más fácil acceder a él, a través de su mamá. Cualquier gesto que queramos hacerle, si primero se lo hacemos a la mamá, él entenderá que también puede recibirlo, como lo hizo mamá.
Cuando nos disponemos a entrar en diálogo con Dios, es bueno hacerlo de manos de la Virgen, y ver en ella lo que él quiere hacer en nosotros. Ver cómo María se deja hablar, invitar, bendecir, habitar por el amor con quien dialoga. Ver cómo escucha, cómo celebra, cómo calla, cómo pregunta.
Una vez que el verla a ella, nos ayudó a confiar en la palabra y la mano de Dios que quieren tocar nuestra vida, dejamos que así sea.
María como buena mamá, sabrá despejar los miedos que la proximidad de Dios, a veces nos trae.
Javier Albisu sj
EN LA COCINA DE DIOS
Cuando nos acercamos a la hora del almuerzo o la cena, y tenemos que cocinar, por lo general vemos qué es lo que tenemos en nuestra despensa o alacena para, a partir de eso, decidir qué comer. Y muchas veces nos desanimamos, porque no se nos ocurre qué hacer con eso que tenemos. Sin embargo, si consultamos o viene alguien más experto en el arte de la cocina, con muy poco, sugiere o prepara algo riquísimo.
Al ir al encuentro con Dios en la oración, la comparación bien nos viene. Puede ocurrirnos que al mirar la despensa o alacena del corazón, también nos encontremos bastante pobres. Hay poco de cada cosa, y de algunas, nada. Sin embargo, antes de desanimarnos, podríamos preguntar a Dios y pedirle que tome lo que hay, con la certeza de que hará maravillas. La preocupación, por tanto, de qué quiera cocinar en nosotros, se la dejamos a Dios.
Tal vez, pueda, con un poco de ternura y paciencia que encuentre en nosotros, cocinar el acompañar de un adulto mayor; tal vez, con un poco de alegría pueda cocinar un ambiente lindo a los que vayan llegando a casa o al trabajo; tal vez, con un poco de fortaleza pueda animar a los que andan tecleando; y así con todo. Dios siempre tendrá preparado algo para ofrecer, con lo que se cocine en nuestra oración.
Javier Albisu sj
ACALLAR LOS GRITOS
A partir del famoso cuadro “el grito” podemos reflexionar sobre lo que escuchamos cuando nos disponemos al silencio de la oración.
En el cuadro aparecen, en el fondo, dos personas que caminan dialogando, mientras que la figura principal pareciera estar detenida en la angustia de callar lo que escucha estando solo.
En el ámbito de la oración, la voz de Dios se escucha como diálogo en el caminar de la vida. Dios, dialoga con nuestra libertad, con nuestra historia, con nuestros límites, con nuestros deseos, con nuestras pasiones, con nuestras esperanzas. Ofrece su proyecto y al mismo tiempo, escucha a aquel que se lo ofrece, lo que tiene a su vez para decir. Y si no hay ganas de dialogar, sabe esperar y despertar el deseo del diálogo (Jn 4,1-42). Así lo hizo a lo largo de la historia con aquellos que participaron con él de su proyecto; entre ellos, María, por ejemplo (Lc 1,26-38), y hasta su propio Hijo (en un diálogo eterno el Padre se pregunta: “¿A quién enviaré?” (Is 6,8) y el Hijo responde: “Padre, aquí estoy para hacer el Proyecto” (Sal 39). Por lo cual, como vemos, nos hace bien abrir cada una de nuestras realidades al diálogo con Dios.
La voz del que tienta, en cambio, se escucha como una voz que no dialoga, sino provoca, seduce, asusta, a partir de un discurso único sobre un proyecto que se impone o se hace creer que es el que nos queda (como buen vendedor de tienda).
Para desenmascararlo y acallarlo, hay que poner a prueba su respeto y capacidad de diálogo, y si escucharlo nos paraliza o nos permite seguir caminando.
Otra señal es que su tono es de grito. Quien dialoga no grita, porque no viene a imponer nada. Si grita, es para que la voz de Dios, que sí quiere dialogar, no se pueda escuchar.
Javier Albisu sj
EL TIEMPO ESTÁ EN TUS MANOS
Cuando nos disponemos a orar, pareciera que mientras abrimos las manos, lo que vemos es el tiempo que llevamos así. Estamos tan acostumbrados a medir los tiempos de cada cosa, en función de lo que queda por hacer, que no salimos de este esquema y la ansiedad termina por no permitirnos orar.
En realidad, de algún modo, el tiempo está en nuestras manos. Si bien es fugaz, y con eso nos apura, no hay nada que nos impida ofrecer el espacio de tiempo que estamos ante Dios. Esto es abrir lo fugaz a lo eterno. Es decirle a Dios: “Este instante es tuyo, para toda la eternidad. No soy, dueño ni señor del tiempo, pero sí de lo que en este ahora quiero dar, ofrecer, poner en tus manos. Y sé que un instante vivido así, apoyado en tus manos, puede modificar y transformar la calidad con que viva el resto del tiempo. Por eso, a ti Señor, que me sostienes en este instante, que me regalas la vida en este ahora, te pido que este instante y este ahora, estén llenos de ti.”
Javier Albisu sj
LA ESCUCHA DE LOS MÁS PEQUEÑOS
Muchas veces se escucha decir: “Rezá vos por mí, que estás más cerca de Dios que yo”.
Y creo que si bien parte de verdad tiene, pues hay algunos a los que Dios les encomendó la misión de presentar la ofrenda que los demás ponen en sus manos, se corre el riesgo de auto-excluirse del regalo de ser escuchados por Dios.
Si lo pensamos en el ámbito de la familia, veremos que si bien los padres escuchan de manera más adulta a sus hijos mayores, esto no significa que los escuchen más que a los pequeños. Me atrevo a decir que posiblemente es justo al revés: más escuchan a los pequeños porque saben lo decisivo que ese diálogo es en su crecimiento.
Aquí es donde aparece lo grande del amor de Dios, que en su corazón de Padre, a los que creen que no están cerca, él se acerca, se abaja, se pone a la altura de sus más pequeñas necesidades para escucharlas. Sabe que para ellos, este diálogo es decisivo en su crecimiento.
Mirando la imagen que hoy nos ayuda a rezar, podríamos imaginar cómo es ese diálogo entre padre e hijo. Seguramente la iniciativa es del papá que ve a su hijo con algo dentro que no puede expresar, que no sabe decir. Entonces, se acerca, se abaja, y le ayuda a narrar: “¿Qué te pasó?, contame”. De este modo le enseña a dejar lugar en su historia al amor de su padre. Una historia que cuando se repasa así, “juntos”, devuelve la paz.
Javier Albisu sj
FLOR DE ABANDONO
Llama la atención, en la sequedad del terreno, encontrar la belleza de una flor. Y es que también hay flores que sólo crecen en terrenos secos o arenosos.
Cuando nos disponemos a orar, muchas veces nos desanimamos porque nuestra oración es árida. Y no nos damos cuenta del enorme valor que tiene seguir con nuestra vida de cara a Dios, aun cuando nuestras manos se cansaron de estar abiertas, nuestro oído, se cansó de afinarse, y nuestro corazón de sostener entreabierta su puerta.
Ese seguir simplemente de cara a Dios es el nutriente necesario para que florezca eso que sólo en la sequedad puede florecer: “el abandono”. Es como si con la flor de nuestra imagen dijéramos: “Señor, no hay nada ni nadie que pueda poner sus ojos en esta sequedad, ya que nada se espera que atraiga o sea significativo. Sin embargo, este abandono es para Vos, que sos capaz de descubrirlo y cuidarlo. Lo único que tengo para ofrecer es esta flor, es mi abandono.”
Ciertamente no habrá belleza más grande para Dios, que semejante flor, en medio de tremenda sequedad. Una flor así, sólo Dios es capaz de conseguirla con su gracia.
ESPEJADOS EN EL AMOR DE DIOS
La imagen de hoy de una manzana espejándose a sí misma de una manera distinta, nos ayudará a reflexionar sobre nuestra oración.
Cuando vemos la imagen del espejo, decimos “es falsa, no es la misma manzana”. La realidad está del lado de la manzana con las partes comidas y su imagen espejada debiera, para ser verdadera, reflejar lo mismo.
Pero, qué sucede si pensamos que la imagen que refleja el espejo es la que guarda su realidad primera, su primer espejarse, su primera imagen. Diríamos: “es la misma manzana”.
En la oración, nuestra vida se espeja en el amor que Dios es, del cual fuimos hechos imagen y semejanza. Ese que hoy soy con el paso del tiempo, con los deterioros o desgastes propios de la vida, con las partes que entregué, o me quitaron, se espeja en el amor de Dios que refleja su sueño primero, su eterno proyecto de amor para mí. En él, el comienzo y el final se enriquecen mutuamente. La vida que recibí a los comienzos habla de la Promesa de vida que recibiré al final.
Este modo de espejarse no es para deprimirnos o desanimarnos por lo que hoy somos, sino para tomar fuerzas de lo que fuimos y seremos. Dios no nos muestra su amor para decirnos: “Mirá lo que no sos”, sino para encender nuestro deseo: “Mirá que el camino para recibir lo que esperás, es dar lo que, sin esperar, recibiste. No te mires tanto a vos mismo, mirá lo que te llamo a vivir y compartir”.
Algo parecido ocurrirá el día que seamos llamados ante Dios: cuando quedemos ante su amor, se espejará hasta dónde nuestra vida entregó su amor movida por la esperanza del amor que quería compartir para siempre, o hasta dónde se guardó a sí misma sin siquiera darse.
Javier Albisu sj
DESCANSAR EN DIOS
La oración es ante todo “descanso”. Un descanso que nos enseña a encarar descansadamente el trabajo.
Si en algo hay que ‘trabajar’ durante nuestra oración es en ‘descansar’ nuestra vida en Dios.
Jesús nos dijo que él no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc 9,58), lo cual, sólo es posible si tiene dónde reclinar el corazón.
En nuestra oración ocurre precisamente esto, no tenemos dónde reclinar la cabeza (lo que estamos pensando), sólo tenemos dónde reclinar el corazón: en el Corazón de Dios, en el corazón de su Amor.
Significa todo un ‘trabajo’ descansar reclinando el corazón. Pareciera que hasta que la cabeza no se recuesta, no hay descanso, y sin embargo, no habrá descanso hasta que el corazón no se recueste.
El ejemplo más vivo de esto, es la oración de Jesús en la angustiosa puerta de su Pasión, en el huerto de Getsemaní (Mt 26,39). Todo el trabajo de Jesús está en descansar su corazón, para que su cabeza descanse en los caminos que se trazan desde el Proyecto que salva a toda la humanidad. Y el secreto para encontrar ese descanso pasa por la realidad del Padre, en la que la realidad del Hijo está sostenida.
Como él, nosotros también debiéramos aprender a no hablar mucho cuando oramos (Mt 6,7-8), sino a descansar lo que nos preocupa, poniendo el corazón a descansar en el Padre. Algo así sería: “Padre, me da miedo”; “Padre, no me atrevo”; “Padre, no está en mis manos”; “Padre, no quiero”; “Padre, no entiendo”; hasta poder simplemente terminar diciendo: “Padre”.
No tener tiempo para orar es no tener tiempo para descansar. Si no oramos, pronto nos cansamos.
Javier Albisu sj
ANIMADOS POR UN MISMO ESPÍRITU
La imagen de hoy nos ayuda a entender que cuando oramos, “el Espíritu que viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar” (Rom 8,26-27), viene para orar con nosotros y en nosotros.
Es el Espíritu de amor que el Padre y el Hijo comparten eternamente, que nos fue derramado en el corazón, el que viene como dulce huésped. Su llegada y alojamiento es tan afín al propio corazón, que San Ignacio comparará su entrada, con la que hace la gota de agua en la esponja.
En la imagen que contemplamos también queda bien clara esta afinidad. Es un mismo y único Espíritu el que entra y sale, estableciendo la comunión en el amor con él, con las creaturas y con nosotros mismos.
Por el contrario, el espíritu del Tentador, aunque entre bajo apariencia de bueno, siempre provocará una disonancia. San Ignacio dirá que es como la que provoca la gota de agua al caer sobre la piedra.
Mas no sólo es el Tentador el que trae disonancias, también nuestro propio espíritu puede provocar ciertos ruidos interiores al ser invitado a unirse al Amor de su dulce huésped, e interiormente resistirse.
Tendremos que estar atentos al orar, para percibir lo que guarda y fortalece la comunión en el amor, y lo que provoca disonancias o hace ruido interior.
Javier Albisu sj
REMAR CON LOS DOS REMOS JUNTOS
Cuando vamos en bote, si queremos avanzar, los remos deben ir parejos. En cuanto uno de los dos entra solo, empezamos a girar en círculo.
En el diálogo con Dios, aprendemos lo que luego nos sirve en el diálogo con los demás y con nosotros mismos. También aquí, si solo hacemos entrar en consideración una de los dos cosas que tenemos que ver, entramos a girar en círculo.
Si cuando rezamos, solo entra lo que nos tiene “afectados”, “apegados”; si solo hablamos de lo nuestro, de nuestro plan, no vamos a avanzar. Pronto nos daremos cuenta que estamos girando en círculo. Y no solo, no salimos, sino hasta puede ser, que se convierta en un remolino que termine por tragar nuestra fuerza, nuestra alegría, nuestra esperanza.
Pero así como podemos girar en torno a nosotros mismos, también podemos girar en torno de Dios. Pensar en su proyecto, en su palabra, en su amor, sin acompañarlo de ese otro “remo” que es nuestra vida a la que él ofrece su proyecto, su palabra, su amor, es no avanzar. Es girar en una espiritualidad sin carne, que no lleva nuestro nombre y apellido.
Para esto San Ignacio, conocedor de cómo hay que “remarla” en la vida, nos propone lo que llama INDIFERENCIA. Para él es poner los dos remos juntos, las dos posibilidades que se ofrecen a nuestra vida, juntas. Dirá: “salud-enfermedad”; “vida larga-vida corta”; “gloria-humillación”; “riqueza-pobreza”, sólo deseando y eligiendo lo que “más” nos hace avanzar. Es decir, nos propone que el avanzar sea ir tras un rumbo, tras un “deseo elegido en paz”, y no un girar tras un “apego que deseamos inquietamente”.
Javier Albisu sj
QUE TE CONOZCA, SEÑOR, QUE ME CONOZCA
La imagen de la foto que muestra la escultura, nos ilumina la reflexión de hoy.
La escultura por un lado no tiene rostro y por otro, lo tiene en su mano. Las manos que sostienen su rostro están como brillantes, mientras que el hueco donde no hay rostro, no.
Cuando dialogamos con Dios, es bueno quitarnos el rostro de aquel o aquello que quisiéramos ser, y abrir nuestras manos para esperar que sea allí, donde Dios nos muestre ese otro que somos, al cual él ama.
El rostro que Dios nos muestra aparecerá en nuestras manos, es decir, unido a lo que nos confía, a lo que pone en nuestras manos, a la misión, a lo que nos pide cargar, hacernos cargo, amar.
Somos ese que Dios ama, y en lo que amamos, se ve ese que somos. Es decir, nuestro rostro es el rostro del amor. Del amor con que amamos ese amor que Dios pone en nosotros. Por eso las manos que sostienen el amor hacen que el rostro brille. Cuando el amor no está sostenido, amado, aún cargado, el rostro queda sin luz. Es un rostro apagado.
De allí que nuestra oración primera deba ser: “Señor, que te conozca; Señor, que me conozca”. Que te conozca amándome. Que te conozca a través del amor que ponés en mí, que es lo que mejor habla de ti. Y que me conozca desde el amor que me hace ser lo que soy. Desde el amor que me confiás y tengo puesto en mi vida.
Tal vez la pregunta que nos surja sea: “¿Cómo Dios puede amar ese que yo soy?”
Y la única respuesta sea: “Es que nos ama de verdad”.
Javier Albisu sj
DIOS NO SE ASUSTA DEL DESORDEN
Cuando invitamos a alguien a nuestra casa o cuarto, nos preocupa cuánto es el desorden con que se va a encontrar. Mientras vamos de camino nos preguntamos: ¿cómo está mi cuarto?, ¿cómo está mi casa?, ¿cuán ordenado está? Y si recordamos que está en cierto desorden, apresuramos las disculpas y la súplica: “disculpá, y por favor, no mires el desorden”.
Con Dios nos pasa algo parecido. Mientras vamos de camino al diálogo con él, nos preguntamos: ¿cómo está mi corazón?, ¿cómo está mi vida? ¿cuán ordenadas están mis elecciones, mis criterios, mis valores, mis afectos…? Y tal vez, también con él, nos apresuramos a pedir disculpas y suplicarle que no mire nuestro desorden. Pero es justo aquí cuando tenemos que recordar que su Amor no se asusta del desorden, y por tanto, nuestra súplica debiera ser la contraria: “por favor, mirá mi desorden. Sé que sabés cómo se ordena y tenés la paciencia y la sabiduría necesarias para enseñarme a hacerlo”.
El desorden suele ser por un desajuste en la combinación de amor y tiempo. Lo desordenado no ha tenido tiempo para ponerse en orden, o no se le ha dado. Puede pasar que estemos distribuyendo mal el tiempo, y no nos rinda. Que las cosas de fuera nos ocupen todo el tiempo y no nos quede para el espacio de nuestra vida.
Por otro lado, la otra razón por la que se provoca el desorden es que no hay el suficiente amor para ordenar las cosas, o está puesto en otro lado. Un espacio poco amado de nuestra vida, no suele importarnos si está desordenado.
Es por eso que al ir al diálogo con Dios, tenemos que pedir que el tiempo que pasemos con él en su amor, vaya enseñándonos el orden que nos ayuda. Porque una de las razones de por qué no hay paz en el corazón es porque hay cosas que no ocupan el lugar que debieran, están donde no tienen que estar.
Si no, mirá lo que pasó con Zaqueo (Lc 19,1-10).
UD. ESTÁ AQUÍ
Cuando entramos en un lugar bien grande, una de las ayudas que se nos da para ubicarnos, es la indicación de dónde estamos. “Ud. está aquí”, se nos dice.
Nuestro propio corazón necesita también, al entrar en diálogo con Dios, en la amplitud de su amor, esa indicación que le ayude a ubicarse en el lugar y tiempo que está viviendo, dentro del Proyecto más grande del Sueño amoroso de Dios.
Suele pasar que mientras abrimos el corazón a Dios, nos quedamos en una de las dos referencias: o sólo miramos lo que es nuestro “aquí y ahora” o sólo miramos su “Proyecto grande” para nosotros. Mirar uno sin el otro, nos lleva a perder el rumbo o a no saber cómo seguirlo.
Cuando alguien nos pregunta cómo llegar a un destino, podríamos indicarle el acceso más simple para dar con él. Pero si no sabemos cuál es el lugar donde está la persona que nos pregunta, nuestro consejo podría no servirle de nada, ya que tal vez, desde donde ella está, no hay cómo empalmar ese acceso más simple, y sólo le quede ese otro que, también llega, pero es más trabajoso.
Ayudará entonces, pedirle a Dios, que nos ubique; que nos diga: “Estás aquí, conmigo, hablando con tu Padre que te conoce y te ama. No dejés que tu corazón se vaya a otra parte detrás de alguna preocupación. Quedate aquí. Tenemos que hablar de este aquí y ahora. Eso es lo primero que yo atiendo: a ese que sos aquí y ahora, y así te recibo.”
Una vez que esa primera parte del diálogo esté lo suficientemente hablada, veremos cómo poco a poco, Dios irá ubicando lo que estamos viviendo, en su Plan amoroso y providente: “Este aquí y ahora, ilumina muchas cosas que hubo en tu camino, y muchas otras que vendrán, también necesitan de este aquí y ahora. Lo que sueño para vos es mucho más de lo que podés ver o imaginar.
Hoy, la manera que tengo de traer luz a tu vida es desde tu propio aquí y ahora, y desde mi Proyecto grande. Mi luz te ayudará a comparar, a aclarar, a corregir, a despojar, a fortalecer tu amor. Sólo eso es lo que busco. Y cuando alguna de las dos luces te asuste, confiámela a mí. Podés decirme: Hoy no veo tu Proyecto grande, pero sé que lo tenés; seguiré dando mis pasos aquí y ahora, o bien: No entiendo este aquí y ahora, sólo veo que hay un Proyecto más grande; confío que lo que es mi aquí y ahora me está llevando a él.”
Javier Albisu sj
AMANCECER CON NEBLINA
Al comienzo del día, suele darse el fenómeno de la neblina. Más precisamente cuando la atmósfera es fría debajo de un aire templado.
Algo parecido ocurre cuando nos disponemos a orar: por más que sabemos que nos exponemos al Amor de Dios, el corazón suele comenzar frío. Esto lleva algunas veces a que nos desanimemos y no persistamos en la disposición del comienzo. A ello se le suma que el que tienta (conociendo que huimos con rapidez del sufrimiento), insiste en desalentarnos, como si lo que es momentáneo fuera a ser para siempre.
Es el momento entonces, de recordar la enseñanza de “la neblina”, y de confiar empecinadamente en la fuerza del calor del amor de Dios para disipar lo que nubla e impide que las cosas se vean claro.
La sabiduría popular del hombre de campo, conoce que los días que amanecen con neblina, hacia el mediodía se vuelven limpios de sol. Esto es lo que tenemos que recordarle al propio corazón. Si no ve claro, no es porque no esté el amor de Dios vuelto hacia él, sino porque su amor, su confianza, su docilidad, su generosidad para con Dios, todavía están frías.
La neblina suele levantarse de a poco, y cuando menos nos acordamos, ya se disipó. Por eso, no hay que poner tanto el acento en nuestros fríos, sino en el calor que Dios acerca con cada palabra suya (“permanecé en mí”, “no temas”, “estoy con ustedes hasta el fin del mundo”…).
Javier Albisu sj
ENTRE EL FARO Y EL OVILLO
Cuando comenzás a rezar, tu corazón está muchas veces como un ovillo desenrollado. Y si tuvieras que decir ¿qué te pasa?, ¿cómo estás?, no sabés qué decir, por dónde empezar. A esto se le suma la ansiedad de ver pronto las cosas ordenadas, claras.
Pero lo primero que tenés que atender, no es al ovillo sino al faro. Lo primero es esa pequeña luz, firme, pareja aunque intermitente que se encendió en tu camino y empezaste a seguir, dirigiendo tu corazón hacia ella. Es el amor primero de Dios que te busca y repite ante cada situación: “Te amo”.
Una vez que pudiste enfocar y divisar la luz de ese faro, podés tomar tu ovillo, no como quien toma una bomba en sus manos o algo desagradable, sino como quien acompaña la mano de Dios que, al modo de una madre, junta las cosas desordenadas de su hijo más pequeño. En esas manos hay amor, hay paciencia, hay comprensión, hay espera.
Tomá así tu vida y tratá de ir haciendo un trabajito simultáneo con la mirada, pasando del faro al ovillo y de vuelta al faro; de Dios a vos y de vuelta a Dios; del horizonte más grande al más pequeño y de vuelta al horizonte más grande. Entonces, vas a ir escuchando algo así: “Te amo” / “Todavía no termino de ordenar mis cosas” / “Te amo” / “Recién estoy en los comienzos” / “Te amo” / “Me cansa” / “Te amo” / “Se me hace difícil” / “Te amo” / “Se me volvió a enredar” / “Te amo” / “Algo logré aflojar” / “Te amo”…
En cuanto sientas que tu enredo afloja algo, intentá ver a dónde te llevan los ojos de Dios como mostrándote la punta del ovillo. ¿Cómo reconocerlo? Será la primera cosa que aparezca una vez que aflojaste tu tensión. Parecerá que no tiene mucho que ver, pero si le seguís el hilo, vas a ver que tiene ilación con otras cosas que vienen detrás y están a la base de tu enredo.
Mirá lo que ocurrió con la Samaritana (Jn 4,1-30) y llevalo a tu vida.
Javier Albisu sj
APRENDER A REPASAR LAS COSAS DEL CORAZÓN
Vas a aprender a leer la escritura de Dios, pero como “tus ojos están ciegos, tenés que mirar con el corazón” (diría “El Principito”). Será como leer braille.
En la superficie de tu propio corazón, se graban frases, palabras (a partir de lo que vas viviendo, ej: “Está todo mal”; “no podés”; “tenés que soltarlo”; “ánimmo”; “confiá”, etc.), sobre las que tenés que aprender a “detenerte sintiendo”.
Este ejercicio no es posible hacerlo, si de antemano dejás pligues o dobleces, o te apurás. Por tanto, una vez que te aquietes, cerrá los ojos y empezá a pasar, como la mano del ciego, por la superficie de tus sentimientos, para llegar a lo que hay dentro tuyo más hondo.
Al principio, te parecerá que todo es igual; incomprensible. Que no te dice nada. Pero poco a poco vas a percibir que las palabras empiezan a aparecer, a resonar una a una, y a llevarte de la superficie a lo que hay dentro tuyo y de ellas.
En la escritura braile hay puntos hundidos (suaves al tacto) y otros que sobresalen (ásperos al tacto). Así, el significado de la palabra, está dado por la mezcla de ambos, es decir, de suavidad y aspereza. Del mismo modo, en cada palabra que te toca leer de lo que estás viviendo, hay partes llanas y partes duras. De a poco, tendrás que percibir, si la dureza o aspereza de una palabra sobre la que te detuviste sintiendo, está en vos (por las heridas que así te la hacen sentir) o en la palabra misma. Tendrás que percibir también, si la suavidad o llaneza que sentís, es fruto de la palabra en sí o de tu callosidad o insensibilidad ante esa palabra.
Este “tacto espiritual”, lo irás aprendiendo con la ayuda del Espíritu y de alguien que pueda acompañarte en esta lectura.
De esta manera, diferenciando las palabras que “se ponen para ser tocadas” por tu afecto, podrás leer lo que Dios tiene para decirte, y lo que el que te tienta, tiene para tergiversarte, ocultarte, lastimarte o insensibilizarte.
Lo propio del lenguaje de Dios es que lleva la mezcla justa de suavidad y aspereza.
Javier Albisu sj




















