ADVIENTO: caminos para la espera y el encuentro

ESPERAR A LAS PUERTAS DEL ADVIENTO

1. Vivimos en un mundo que nada sabe de esperas.

No sabe esperar al que llega.
Y lo más grave, es que no sabe que el que llega es el mismo Dios que nos espera.

2. También como el mundo, no sabemos esperarlo,
cuando en el alocado ritmo que nos tiene acelerados
no paramos ni un minuto, para no ver un rostro cansado.
No sabemos esperarlo, cuando buscamos ser primeros en privilegios, atenciones y cuidados.
Cuando puestos en el centro, no nos importa el que llega, para salir a encontrarlo.
Cuando no damos tiempo si quiera, para que diga cómo, por qué o de dónde ha salido a buscarnos,
y enseguida reclamamos que comience a escucharnos.
No lo esperamos, cuando no aceptamos un ritmo distinto al que nosotros marcamos.
Cuando nada se prepara y se hace todo improvisado.
Cuando estamos inquietos por mil cosas “importantes”,
y la importancia del otro queda siempre hecha a un lado.
Cuando nuestros labios no dan una sonrisa, mientras tienden la mano,
y así, más que solos, nos quedamos desolados.
Necesitamos aprender de los pobres, que saben esperarlo.
La pobreza del mundo es creer que todo lo tiene,
cuando lo que más necesita, no sabe cómo nombrarlo.
Y lo que en verdad no sabe, es que le bastaría saberse pobre, para empezar a desearlo.

3. En la espera de María no hay temor.

Y no lo hay, porque su corazón escuchó: «No temas, María, Dios te concede su favor».
No temas, no faltes a la cita de Dios.
Espera, ábrete… Ábrete al que viene llamando con su voz.
No viene como intruso, viene por la puerta, como tu buen pastor.
Abrir, no es decirle: «Aquí me quedo», sino: «Allá me voy».
Es facilitar la llegada, acercar las distancias, apurar el gozo y también el perdón.
Quien abre, ya no teme la espera, porque en ella se sana su dolor.
Quien abre, ya no teme la ausencia del que pronto llega, pero todavía no.
Esperarlo, es compartir el deseo del que a buscarnos, salió,
y dar tiempo a que llegue, como cuando sale el sol.
Así, enriquece Dios a los que velan y quieren verlo nacer hoy.
No temas dar lugar a su hallazgo en tu propio corazón.
No temas darle carne en tu vida a su amor consolador.
Pues a todo aquel que confía, su amor lo hace fecundo, como al grano que murió.
Si te pones en camino, en tu soledad, sabrás que Alguien a ti se te arrimó.
Si no temes, te encontrarás con su rostro y también con su don.
¡Abre, pues, la puerta, que te visita Dios!

4. El que es verdaderamente pobre no deja de esperar.

Por eso San José no deja de esperar que todo haya sido un “gran sueño”:
el sueño de Dios, en el cual está puesto y llamado a participar.
No dejes de esperar, le dice el Ángel,
que lo que elegiste por amor, será siempre tuyo, ya que en tu amor lo llevas.
Sabes que no lo posees, sino que lo llevas en tu amor.
Un amor libre, sincero y recto, que por ser así, nada se le quita.
No pienses, por tanto, que Dios te quita a María.
La deja en tu amor elegida por él, para que a su vez, no se la quites,
sino que la dejes en su amor elegida por ti.
Por eso, una vez más: no duermas, que el amor de Dios no es somnífero, sino despertador de sueños.
Despierta. Toma en tus manos su sueño y haz lo que este sueño te diga.
Pues Dios también te ha elegido a ti para cuidar de él.
Te quiere soñando con él que el Amor se hace fecundo y toma carne.
Te quiere compartiendo con él el gozo de ser padre.
Quiere que le indiques los trabajos, al Hacedor de todas las cosas.
Que aceptes por principiante al que está desde el Principio.
Que le enseñes tu oficio de trabajar amando, mientras él te enseña el suyo, de Amar redimiendo.
Y descubrir un día, que en su sueño se ha cumplido el tuyo:
el Niño se ha hecho Hombre y salva a los hombres, sujetando su amor a un madero
y uniéndolo con tres clavos.

5. El pobre no se cansa de esperar.

El cansancio en la espera es pobreza de amor.
Por eso Isabel en su espera, no se cansa.
Y a pesar del paso de los años que le llenan de huellas su esperanza,
tiene la certeza de que éstos, van en busca de los pasos de un hijo,
al que no se cansa de ofrecer su maternidad.
Tampoco se cansa de esperar la vida, a pesar de la pobreza de su esterilidad.
Por eso la vida le saltará de alegría en su seno, confirmando que Dios ha llegado
y viene en carne a visitar lo que su amor hizo fecundo.
En la espera de Isabel, Dios nos dice: no se cansen de esperarme.
Si me esperan sin cansancio, serán como ella un signo para el mundo
de que mi amor siempre llega y no hay nada que le sea imposible.
Solo que esto hay que hacerlo sin cansarse.
Cansarse sería cambiar la riqueza que espera el Don,
por la “aparente” riqueza de otras cosas que no necesitamos, y más nos empobrecen.
Cansarse, sería protestar por la tardanza de una gracia que es gratuita y reclamar que se les debe.
No se cansen, pues, que la vida madura lentamente.
Y lentamente en ella, crece, se ahonda e impregna, hasta lo más profundo de sus vidas,
la presencia del Dios que viene al mundo para Ser-con-nosotros.
Si no se cansan, verán que no hay tardanzas,
pues la gracia que esperan, no conoce otro día para llegar, que no sea el de hoy.

6. La posada no puede esperar, porque en sus planes no hay lugar para la espera.

La imagen contraria a lo que es una posada es el seno de una madre.
En él se da lugar, y de modo privilegiado, a la espera.
Es más, se deja ocupar por otra presencia.
Y todo él se dispone en función de la espera que en ese lugar se gesta.
Allí hay tiempo, hay calor, hay acogida y ternura, hay cuidado y alimento.
En la posada, en cambio, no hay lugar ni para la vida que se gesta,
ni para aquella que llega a su término.
En realidad, no hay lugar para ninguno que llegue queriendo alojar una esperanza.
Allí nunca se alojó la esperanza. Allí sólo se hospeda lo calculable,
y se cierra la puerta a toda sorpresa que la espera pueda traer.
Por ello se violentan los tiempos: el tiempo de la espera; el tiempo que las cosas necesitan para gestarse.
Todo debe darse ya, todo tiene que ser ya.
De ahí que sufra la pobreza de lo inmaduro de lo que no esperó su tiempo, o no llegó a su término.
Y es allí, a donde viene Dios a llamar.
Asómate… pues y verás una madre con su seno repleto de espera.
Asómate… y verás que puedes imitarla abriéndote a la vida.
Asómate… y verás fuera de tu propio cerrazón, qué poco espacio hace falta para hospedar la esperanza.
Mira, la Vida está a la puerta, y es la tuya.
Un nuevo comienzo quiere ocurrir dentro de ti como otro nacimiento, si le abres un espacio.
Hazle sitio. Y por más noche que parezca, la luz de un nuevo día, asomará por tu puerta.

7. Herodes no quiere esperar.

De hacerlo, podría aparecer cualquier otro, y no está dispuesto a compartir su espacio con nadie.
Por eso lo defiende, eliminando a todo aquel que en él aparezca, pues es una amenaza.
Una amenaza a su espacio de poder, a su pobre esperanza de ser alguien siendo el único.
Sólo espera aparecer él. Aunque esto no sea esperar sino imponerse.
No puede soportar que sea otra persona la que llegue, la que pueda, la que sepa, la que tenga.
Ni tampoco quiere esperar a que ello ocurra.
Por eso, sale en busca de todo el que viene; no precisamente para recibirlo,
sino para alejarlo, para frenar su paso, para impedir que llegue.
Cualquier indicio que marque que las miradas no se han puesto en él, lo hacen temblar.
Pues son sus miradas, las que lo sostienen. Mas lo que no sabe, es que Dios también lo mira.
No para sostener su apariencia, sino para consolidar su verdad.
No sabe que el espacio donde se es más uno mismo, es el espacio que se comparte entre dos.
No sabe que el amor de Dios se abre camino con la fuerza del brote.
Aquella que hace que el árbol, que parecía tan duro, de pronto se vuelva tierno.
No sabe que Dios nos vulnera, pero no por el gusto de vernos débiles,
sino para que no nos defendamos a su amor.
Un Amor, que por nosotros, no ha temido hacerse niño, y niño vulnerable.

8. El pobre no descuida aquello en donde tiene puesta su esperanza.

Las poquitas cosas que tiene son muy cuidadas.
No avaramente, sino como quien siente la responsabilidad de lo que tiene porque le fue dado.
No lo lleva con el descuido del rico, que consigue las cosas sin mayor sacrificio,
y al que, de perdérsele algo ni se entera, cargado como está de cosas (y muchas superfluas).
El pobre para conseguir eso poco que es suyo, ha tenido que trabajar mucho.
Y si algo se le pierde, lo siente, porque hace a su vivir cotidiano.
Lo más valioso que tiene es su esperanza, de ahí que la cuide tanto.
Con ella puede celebrar ya, lo que le será dado después.
A él no le fueron dadas cosas materiales, se le dio la esperanza en Alguien
que va a colmar su vida infinitamente.
Por eso, más que estar atento a ver si aparece algo que lo salve (lo cual sería momentáneo),
lo está si aparece Alguien que salve su situación para siempre.
Así se lo confirma el Ángel: «Les traigo una buena noticia, una gran alegría:
Hoy, les ha nacido un Salvador».
Ha nacido un Pobre que enriquece infinitamente la esperanza de los pobres.
Allí, donde pusieron su esperanza con tanto cuidado, resguardándola de la intemperie.
Vayamos, pues, nosotros también, y veamos lo que el Señor quiere mostrarnos.
Aquello que ha sucedido, y su llegada estuvimos cuidando.
Eso sí, no descuidemos de llevar con nosotros, toda nuestra capacidad de maravillarnos.

9. El pobre no deja de mirar en dirección de lo que espera.

Sabe bien el valor que las cosas encierran
y no se encandila con lo que no lo tenga.
Esto le lleva a seguir con atención las coordenadas que enmarcan su espera:
el cielo que lo cobija y el suelo que lo hospeda.
Coordenadas que convierten su andar, en peregrino de una estrella,
en el cruce exacto entre el cielo que lo abriga y la tierra que lo acuesta.
Por eso mira, más allá de lo posible y al este de sus propias fuerzas.
Por allí, llegará el que llega,
como Luz de luz, que ilumina las tinieblas.
Es preciso seguir la estela de lo que nunca defrauda y siempre llega.
Para ti, por tanto, que vienes en camino, esto sea:
agranda tus pupilas, y en tu memoria, las coordenadas recuerda.
Que en los ojitos del Niño y en sus manos que festejan,
una Luz está clavada donde cielo y tierra crean,
una cruz bien trazada que indica al peregrino, el lugar a donde llega.
Si has llegado, acércate, y deja allí la carga que te pesa;
será el regalo más hermoso, que tu pobreza le ceda.
Acércate, y reclina en él tu cabeza.
Verás que en sus bracitos tendidos, hay un suelo que te presta;
y en sus pupilas brillantes, un cielo nuevo, que cubrirte, espera.

10. El niño no defrauda los nueve meses de la espera

Se deja formar silenciosamente por el amor que lo gesta.
Así también Dios, vino hacerse de esta carne nuestra,
solicitando el amor de una joven, preparada para hacer su ofrenda.
Ella aceptó en nombre de todos, el que la Vida venga,
y ponga entre nosotros, para siempre, su tienda.
Esta fue su respuesta, generosa y materna,
la misma que a todos, nos invita a tenerla.
“Díganle sí, y el-Dios-con-nosotros, verán que llega.
Preparen el pañal, pues viene a sus vidas como guagua tierna.
Mírenlo, luego, en su cuna nueva,
y digan, si en algo les defrauda, su amor hecho certeza.
Mírenlo aupado, y digan: ¿qué más desean?,
¿qué más puede hablar de su amor por nuestra tierra?
Besen la carne del Amor, que besó así la nuestra.
Que el pobre bese su despojo, y vea qué lo llena.
Que el humillado bese al que se abaja, y vea quién lo eleva.
Que el débil bese al que es tan frágil, y sepa dónde está la fuerza.
¡Dale pronto tu beso, no tengas vergüenza,
que desde la eternidad, espera hacer contigo fiesta!

Javier Albisu sj

EL AMOR NACE DE…

1. Un corazón que toma la iniciativa

El amor nace del corazón de un Dios Padre que toma la iniciativa.
Tomar la iniciativa es esperar lo que llega poniéndose en camino.
Es acudir a la necesidad del otro, antes que se vuelva grito.
Es no temer mostrarnos carentes de algo, y con sencillez pedirlo.
Tomar la iniciativa es no esperar a que al otro vea, lo que nosotros ya vimos.
Es tender una mano antes que todo sea un abismo.
Es querer que tus hijos te encuentren como padre y te busquen como amigo.
Tomar la iniciativa es hablar a tiempo y con mucho cariño.
Es no pedir que otros hagan, lo que nosotros debemos por nosotros mismos.
¿Cuál será la iniciativa que tenemos que tomar en este tiempo para que nazca nuevo el amor? O dicho de otra manera, ¿cuál es la iniciativa que Dios ya tomó, y está esperando que nosotros continuemos?

2. Un corazón que se deja encontrar

El amor nace del corazón de María que se deja encontrar por la iniciativa amorosa del Padre.
Dejarse encontrar es querer y permitir que haya encuentro.
Es dejar que el que nos busca, nos mire como perla, y así nos pida vernos.
Dejarse encontrar es estar en aquello que debemos;
es habitar en lo propio sin curiosear en lo ajeno;
es hospedar al que llega sin que nosotros lo llamemos.
Es dejar de buscarse en todo, que hace imposible el encuentro.
Dejarse encontrar es saber perder libretos, prejuicios y tiempo.
¿Qué será lo que tenemos que perder para dejarnos encontrar por ese Dios que en este tiempo también está hecho niño, para que nosotros lo encontremos?

3. Un corazón que sueña posibilidades

El amor nace del corazón de José que sueña posibilidades.
Soñar posibilidades es vencer tozudamente la dureza que ofrece dificultad.
Es dar vuelta en el corazón las cosas, hasta encontrar su lado simple desde donde mirar.
Soñar posibilidades es reconocer cuando el corazón se fatiga y enseñarle a esperar.
Es confiar que la llave de “lo que es posible en Dios” abre lo que queríamos cerrar.
¿Qué posibilidades, nos invita Dios a soñar en este tiempo?

4. Un corazón que rejuvenece en la espera

El amor nace del corazón de Isabel que rejuvenece en la espera.
Rejuvenecer en la espera es no desechar por viejas, las promesas que nos dieron.
Es levantar el corazón del niño con las manos del abuelo.
Es revestirse de hombre nuevo, sin pintar la fachada de moderno.
Es ir a contramano de la inercia, hacia un amor primero.
Es renovar los odres, porque el vino de Dios es siempre nuevo.
Es no renunciar a la vida que se va gestando dentro.
¿Cuál será la espera que haga rejuvenecer nuestro corazón en este tiempo?

5. Un corazón que sale a abrir puertas

Salir a abrir puertas es entender que el solo abrirla, ya da espacio.
Es poner el rostro a lo que viene sin querer esquivarlo.
Es comprender cuando el ambiente se carga y se va saturando.
Salir a abrir puertas es vencer el egoísmo que tiende a encerrarnos.
Es abrirse a que el otro nos pida escucharlo.
Salir a abrir puertas es buscar comunicarnos.
Es querer que no haya nada que se pudra por cerrado.
Salir a abrir puertas es incluir a otros en lo que sabe alegrarnos.
Es aliviar del otro su corazón cansado.
Salir a abrir puertas es dar a la propia vida un horizonte más amplio.
¿Cuál es la puerta a la que el Señor está llamando en este tiempo, y tenemos que salir a abrir, si queremos alojarlo?

6. Un corazón que elige un segundo plano

El amor nace de un corazón que al contrario de Herodes, elige pasar a un segundo plano.
Elegir el segundo plano es dar lugar al otro porque la caridad está primero.
Es elegir una mirada de la vida en la que solos, no nos entendemos.
Es descubrir que la sombra no anula, sino libra de la ambición de los puestos.
Es buscar la sombra como lugar de llegada, y también de comienzo.
Elegir el segundo plano es ser buen discípulo y aprender del maestro.
Es reconocer humildemente diferencias, sin victimarse por ello.
Es ver que a otro eligen, y no llenarse de celos.
Es ser simples siervos, sin otro reconocimiento.
Es poner lo propio, sin rubricarlo con sellos.
Elegir el segundo plano es saber que un amor más grande viene sosteniendo el nuestro.
¿De qué modo se nos ofrece pasar hoy a un segundo plano?

7. Un corazón que vive asombrándose

El amor nace de un corazón, que como el de los pastores, vive asombrándose.
Vivir asombrándose es entender que todo hecho guarda una buena noticia.
Es renovar los aumentos, cuando en las cosas pequeñas se va perdiendo la vista.
Es ponderar con cuidado, el minucioso trabajo de Dios, como un Artista.
Es preguntarse por qué, de lo más insignificante se ocupa Aquél que está arriba.
Vivir asombrándose es ponerse con paciencia a distinguir el entramado de la vida.
Es agradecer el tesoro que guarda nuestra arcilla.
Vivir asombrándose es comprender que del todo, se sabe una partecita.
Es descubrir que el árbol se guardaba ya en la semilla, y en la gracia a pedir, lo que Dios nos ofrecía.
Vivir asombrándose es comprender que en las cosas de Dios, no existen las naderías.
¿En qué será que tengo que renovar mi asombro para que no se pase de largo el Señor con su visita?

8. Un corazón que se anima a seguir

El amor nace de un corazón que como el de los Reyes se anima a seguir.
Animarse a seguir es entender que los pies fueron dados para andar y el corazón para seguir.
Animarse a seguir es tener la humildad suficiente para aceptar las señas del guía, y decirle: sí.
Es sostener lo que fue antorcha en la vida, aunque hoy, sea solo llama que ilumina el aquí.
Es ponerse detrás del anciano y aprender de su esfuerzo para poderse erguir.
Animarse a seguir es dar brotes de vida después de podas bien grandes, dejándose empujar por la raíz.
Es ver más allá de las nubes el claro por venir.
Es no guiarse por los que hablan al borde del camino, sino por el que en él supieron, su vida invertir.
Es ser fiel a la entrega, que nos lleva a parir.
Es saber que lo que una vez se hizo se puede repetir.
Animarse a seguir es estar en medio del río sin aflojar las brazadas para no sucumbir.
Es comprender que acá no se da lo que será dado allí.
Es no tocar más la herida hasta verla cicatriz.
¿En qué cosa me invita el Señor a animarme a seguir para no quedar en el camino porque sí?

9. Un corazón que acuna el madero

El amor nace de un corazón que como el Niño acuna el madero.
Es dejar que el amor tome la carne, para que así puedan verlo.
Acunar el madero es recordar que el amor no ha nacido en corazones llenos.
Es descubrir que el amor nada esquiva cuando es bien verdadero.
Acunar el madero es dar fortaleza a lo que nace pero sin endurecerlo.
Es contener al que llora en su dolor más tierno.
Es alzar al que en la senda cae y proponerle otro intento.
Acunar el madero es poner las manos al servicio para amortiguar en algo, los dolores ajenos.
Es enseñar cuánta vida yace en aquel que dan por muerto.
Acunar el madero es entrecruzar el brazo de los pobres, con el nuestro.
Es tomar en nuestras manos la propia cruz y decir con amor doliente: la acepto.
Es comprender que en cada cruz, el amor del Padre nace de nuevo.
¿De qué modo me invita el Señor a acunar el madero?

CAMINOS PARA EMPEZAR A RECORRER EN ADVIENTO

1. El camino del Padre

El camino del Padre es el camino de la Búsqueda. Es el camino del corazón que se sale del pecho hasta encontrar al hijo y verlo con vida.
Pues, lo más querido que tenía el Padre en su corazón: el hombre, de pronto, ya no estaba; se había ido en busca de otros cobijos. Por eso, su corazón de Padre (que no se entiende sin sus hijos), sale.
Es entonces, cuando su Hijo, que está desde siempre en el corazón del Padre y conoce su aflicción, al entender que el Padre quiere salir, sale él a buscar a los hombres, allí, en su propia humanidad, y se hace hombre también él.
Al hacerlo, el Padre le pide que respete lo propio de toda búsqueda bien hecha. Debe comenzar desde lo más pequeño. De ahí que no busca hacerse un hombre ya hecho, sino que empieza a buscarlo desde el camino que lo gesta en las entrañas de una madre.
Este, es uno de los posibles caminos del Adviento, y tal vez, el que nuestro amor deba recorrer. Dejar que el corazón salga a buscar lo que ha perdido, o quizás, al que ha perdido, y acompañar el deseo del Padre que ya salió antes que nosotros a buscarlo.
Hace falta, eso sí, que la búsqueda la hagamos, no desde la comodidad del propio mundito ya conocido, sino saliendo de él. Es decir, dispuestos a superar distancias, barreras, y diferencias. Lo cual, será posible, si lo que buscamos no es simplemente “algo que se perdió”, sino muy especialmente que se nos perdió “a nosotros”.
Por supuesto, tendremos que comenzar la búsqueda como nos lo pide el Padre, recorriendo el camino donde se gestan las cosas pequeñas. Atentos a percibir si lo que buscamos, está detrás de un gesto, por pequeño que sea.
Quien viva así su Adviento, descubrirá que lo que “viene hacia” él, es aquello mismo hacia lo cual, él también está “viniendo”.

2. El camino de María

El camino de María es el camino de la Hospitalidad. Hospitalidad, ante todo, en el sentido más simple y llano de: dar lugar.
Ella da lugar a los planes amorosos de Dios para que ocurran. Se dispone, por decir así, para que la vida de Dios encuentre un lugar en ella.
Por supuesto, esto supone una profunda confianza en Él. María, no tiene miedo a ser tomada por Dios, por eso le da lugar a que Él la mire, la ame, la cuide, la prepare, y por qué no, le pida aquello que de ella necesita y espera.
Su hospitalidad abarca también su tiempo. Por eso, la eternidad de Dios consigue cruzar sus coordenadas con las suyas, y de ese modo, la historia del Salvador esperado, en María se hace una, con la historia de la Salvación que ella espera.
El camino de María, es otro de los posibles caminos a recorrer en nuestro Adviento.
El camino del “dar lugar”. De darlo, por ejemplo, para que Dios pueda hacerse presente en nuestras palabras, pensamientos y acciones, y al menos una vez, sean el hablar y el obrar propios del Amor, y no, de otra viciada motivación.
De dar lugar a que las cosas se salgan de nuestros planes y comiencen a seguir los, sorprendentes e igualmente sabios, planes de Dios. De dar lugar a que pueda y quiera tenernos con Él; ocuparse de nosotros, sanarnos, fortalecernos, alimentarnos, y también, misionarnos.
De dar lugar, no sólo a Dios, que siempre toma la iniciativa, sino también a los demás. De modo que sean otros los que lleven en un momento dado (y porque a ellos les toca), el papel protagónico de lo que acontece.
De dar lugar como María, para que nuestra hospitalidad abarque también nuestro tiempo y la historia de los otros pueda tocar con la nuestra.
Quien no viva así su Adviento no encontrará al que viene, pues cuando venga, pasará de largo sin que él se de cuenta.

3. El camino de José

El camino de San José es el camino del Silencio.
En él, el silencio se vuelve obediencia; porque la obediencia exige, ante todo, escucha, y San José, hace silencio para poder escuchar el querer de Dios.
Pero, como muchas veces es un querer que no se entiende, también en silencio, cuida de ser fiel; pues, principio es de sabiduría, que de lo que no se entiende, mejor es callar.
Es allí, en su silenciosa fidelidad, como San José se sabe en las manos de Dios y cuidado por ellas. De ahí, que su fidelidad, tome esta forma del cuidar de todo lo que, como él, está puesto en esas manos.
De este modo, San José se convierte en el fiel custodio a quien se le confía la misión de cuidar de Jesús, que como ningún otro estará puesto en las manos del Padre.
El camino de San José, es pues, otro modo de caminar el Adviento. De caminarlo desde el silencio. Desde un silencio obediente a lo que en el propio corazón se escucha.
Desde un silencio cuidado, que se cuida y se busca con el deseo de aprender lo que la Palabra enseña en su camino. Pues cuando la Palabra con mayúscula se hace carne, la carne debe aprender a hacer un Silencio con mayúscula.
El camino de San José es el camino de un silencio que gustando su fidelidad, busca recrearla, oxigenarla, y hacerla nueva.
Es el camino de un silencio que respeta. Que no se apresura a llenarse de juicios y pensamientos en los que el misterio del otro es un dato ya conocido.
Es el camino de un silencio que no es mutismo; que no se niega a la palabra, sino tan sólo se abstiene de ella, a fin de hacerla más fecunda todavía.
Quien viva así su Adviento, verá que hacer silencio, es ceder la palabra a Aquél que viene y se hace “Palabra de Dios entre nosotros”.

4. El camino de Isabel

El camino de Isabel es el camino de la Sorpresa. Ella recibe con sorpresa la visita de Dios que viene a su casa en el seno de su Madre.
Ella es la que ante la incredulidad de su esposo, no deja de creer, que aún a su edad, Dios los pueda sorprender con un hijo.
Ella es también, la que va a sorprender a sus parientes al elegir un nombre nuevo para su hijo, el de Juan. Un nombre, que no respeta la costumbre, sino la elección de Dios de que lleve ese nombre, ya que significa: “Dios da su gracia”, es decir, Dios sorprende con su gracia.
El camino de Isabel, es pues, para nosotros, otro de los posibles caminos a recorrer en nuestro Adviento.
Se trata de un caminar que se abre a la sorpresa como lo hace el corazón de un niño, y se sorprende ante la realidad que viene sin desesperar, por más que no pueda retenerla.
Se trata de un caminar que no pone plazos de vencimiento ni límites de edad a las gracias que Dios quiere dar.
Un caminar que se sorprende, y bien, cuando Dios llama hacia Él, con el nombre nuevo de Nicodemo. Con el cual, al mismo tiempo que rompe toda costumbre, nos recuerda que aún siendo viejos, debemos estar prontos a nacer de nuevo.
Es un caminar que recibe la sorpresa de Dios, cuando viene a acompañar con su servicio humilde nuestro quehacer doméstico, al ver que lo que antes podíamos hacer (y en ello nos bastábamos solos), de pronto, no solo no podemos, sino que necesitamos que otro venga a socorrernos.
Quien se abra así a las sorpresas de Dios, no tardará en percibir, que en su propio pecho está saltando el corazón de alegría; y que una bienaventuranza muy clara, le brota desde su corazón hasta los labios: Feliz de ti, por haber creído las sorpresas que te fueron anunciadas de parte de Dios.

5. El camino de La posadera

El camino de la posadera es el camino del Cobijo. Porque en la posada hay que cobijar.
Son muchos los problemas que tiene una persona que pide cobijo. Ya sea, porque de continuo no lo tiene, o porque tan solo de momento, ha quedado sin él. Pues cuando uno está fuera de casa, de algún modo, siempre está desamparado.
La posadera no tiene ya lugar para cobijar en la posada, pero sí debiera tenerlo para cobijar en su corazón. Cobijar en el corazón es ofrecer al otro un espacio en el que, en medio de su desamparo, descubre que no está solo porque alguien se ha percatado de su situación.
A quien cobija así, el que está desamparado no le echa culpas, ni tampoco pretende que le dé cobijo a la fuerza. Por el contrario, entiende su límite y, paradójicamente, valora con manse-dumbre ese pequeño alero que el corazón prolonga fuera de sus posibilidades para guarecerlo.
Este es otro de los posibles caminos de nuestro Adviento. Recorrerlo, significa revisar nuestra posada, para ver si cuando topamos con un límite, nuestro corazón prolonga su alerito, o se queda muy tranquilo cerrando puertas.
Prolongar el alerito, es hacer lo que hizo, la que escuchó la respuesta de la posadera. Ella se topó con el límite de no poder cobijar en su propia casa a los peregrinos, pero supo señalarles el alerito de un pesebre.
El Alero no es la verdadera solución. Es nada más (pero también nada menos) que el estarse al lado del desamparo del otro, en un lugar, que resulta ser más espacioso de lo que uno cree.
Así ocurrió con en el alerito de esta buena señora. En él vino a cobijarse el que a todos da cobijo, Jesús.
En la posada de su corazón, no hay más límite que la respuesta del corazón humano que no se deja cobijar. Cuando de ser por Él, quisiera hacerlo, como la gallina cobija a sus pollitos.

6. El camino del Palacio

El camino del Palacio es el camino de la Memoria. En el Palacio de Herodes todos recuerdan la profecía del Mesías Rey. Mas, su problema no es recordar, sino, qué hacer con lo que recuerdan. El recuerdo de la venida del Mesías Rey había dejado a todos inquietos. Y esa inquietud, era el signo de que algo estaban viviendo mal.
Cuando recordamos una cosa que se nos dijo en el pasado de lo que en el futuro está por venir, y eso nos inquieta, es señal de que en el presente, algo está fallando. Ese presente inquieto, no está preparado para ese futuro; e incluso, hasta puede ser, que se esté esforzando para que nunca venga.
Este, es otro de los posibles caminos a recorrer en el Adviento: recordar las cosas que están por venir o pueden venir, para empezar a prepararlas, para empezar a prepararnos. Y con ello, dar a nuestro presente, un horizonte de esperanza: ser la preparación gozosa de una gracia.
Si lo que nos atemoriza es el no estar preparados, el empezar a hacerlo, nos quitará el temor. Ahora bien, hay cosas para las cuales decimos no estar nunca lo suficientemente preparados. Como si el prepararse, significara que cuando llegue el momento, consiguiéramos que aquello, no nos sacuda. Algo así como ponerse duro porque se va recibir una piña.
Estar preparado no es poner duro el corazón, sino ablandarlo. Cuanto más duro está, más peligro corre de quebrarse. Cuanto más blando, más posibilidades tiene de amortiguar en Dios lo que está por venir.
La memoria del futuro ablanda el corazón y lo hace humilde. Lo dispone a gustar de aquella sabiduría que entiende que es preciso que el Señor crezca, y el yo desaparezca.
Quien recorra así su Adviento, se pondrá sin miedo en el camino de lo que está por venir: la carga liviana de un niño, que viene a ser puesto en los brazos (de un madero).

7. El camino de Los pastores

El camino de los pastores es el camino de la Sencillez. Y es a los sencillos a quienes Dios se revela.
Los pastores, tienen la sencillez de aquellos que aprenden de la vida, contemplándola. Su vida la entienden como una partecita de esa enorme creación de Dios, con la cual conviven cotidianamente en total pobreza.
Mirada de un modo superficial, esta pobreza es fruto de lo que otros le dejaron. Mas, vista de un modo más profundo, es lo que Dios mismo reservó para ellos. Así es como entienden su vida, y así también como la celebran; con sencillez.
Para ellos, el signo tan simple como grandioso de un niño recién nacido envuelto en pañales, es suficiente para llenarse de alegría. Para entender que el nacimiento del Salvador, la llegada de su Salvación, no es un dato fantasioso de su imaginación, sino un hecho real.
Su camino es para nosotros, otro de los posibles caminos a recorrer en Adviento: el desafío de la sencillez. Sencillez para leer las cosas de un modo simple, sin segundas lecturas, que enredan y retuercen la comprensión de las cosas.
Simplicidad para no ir detrás de signos, que de tan complicados, parecen jeroglíficos.
Sencillez para celebrar la grandeza de las cosas pequeñas de todos los días.
Sencillez para alegrarse de que Dios se nos revele precisamente por ser rudos, ignorantes, torpes, cortos, y no, por nuestra supuesta capacidad.
Simplicidad para sintonizar con el corazón de Dios que es sin doblez. Sin dobles mensajes, sin dobles intenciones, sin dobles discursos.
Quien viva así su Adviento, se encontrará a sí mismo, alabando y dando gracias a Dios por haber visto un niño en pañales, una familia en su mesa, un joven en su lucha, un anciano en su oración, un pobre en su esperanza. Y también como los pastores, se encontrará yendo donde otros a contarlo.

8. El camino de Los reyes

El camino de los reyes es el camino del Tesoro.
Los reyes magos son de esas figuras que se han incorporado al mundo de los niños, por ser parte de ese Amor que se regala en Navidad, a través de caminos misteriosos. Por ser parte de ese regalo que se espera y siempre llega, sin que nadie se dé cuenta.
Y es así, porque ellos supieron a su vez, en el sueño de un Niño envuelto en pañales, descubrir su regalo. Por eso, la tradición popular habla de ellos, como de los que mejor conocen del sueño de los niños.
Este conocimiento del mundo de los niños, tuvieron que aprenderlo haciéndose niños. Jugando con Dios aquel juego de “la búsqueda del Tesoro”.
En cuanto Dios tuvo escondido su Tesoro entre los hombres, se pusieron a buscarlo. Las pistas, llevaban todas, una misma marca: una estrella. Una pequeña lucecita que reflejaba la luz del sol. Con ella debían iluminar a cada hombre, y al reflejarse en ellos el rostro de Dios, éste los conduciría a descubrirlo nuevamente y con mayor prontitud, en la pista siguiente, en el rostro siguiente. Así debían avanzar hasta dar con el Tesoro mismo: la luz del Amor de Dios brillando con toda su fuerza en el rostro de un Niño.
Este, es otro de los caminos a recorrer en el Adviento. Hacernos como niños y ponernos a jugar con Dios a la búsqueda de su Tesoro (con una ayudita: “Dios esconde siempre su Tesoro entre los hombres, y en especial, entre los niños, entre los más pequeños”).
Quien viva así su Adviento, descubrirá que el sueño de los niños, es también el sueño del Dios hecho Niño: “Que papá y mamá se quieran, se respeten, no peleen; que los hombres se amen, no se maten, no se roben; que todos los niños tengan pan, tengan cariño; y que cuiden a los abuelos”.
Quien llegue hasta aquí, habrá encontrado el Tesoro.

9. El camino del Niño

El camino del Niño es el camino del Dejarse recostar (“María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada”).
Dejarse recostar es dejarse colocar por Dios en un lugar de descanso. No el descanso de la comodidad, sino el que da, estarse en el lugar que Dios nos puso.
Este, es quizás, el camino más difícil a recorrer en Adviento. Por eso, nos lo enseña en su propia carne recostada en un pesebre de animales.
Cada uno verá cuál es ese lugar donde tiene que dejarse recostar para poder descansar de todo ese cansancio que viene cuando la carne se rebela. Descansar, sabiendo que Dios, no nos abandonó allí, sino que nos recostó junto a él.
Para algunos será dejarse recostar sobre la propia enfermedad, los propios límites, o la propia debilidad, y descubrir que en ella y junto a ellos, está Dios.
Para otros será dejarse recostar sobre la propia vocación, la propia misión, la propia llamada, y descansar de la soledad que conlleva vivirla, en compañía de ese Dios al que le gusta quedarse a solas con nosotros.
Para otros, será dejarse recostar en el momento de la oscuridad, la tentación, las ganas de salir corriendo, y sentir muy cercana la oración de Jesús apartando de sí el cáliz del sufrimiento, pero aceptando beberlo si es venido del Padre.
Jesús, es el Hijo del hombre, que “no tiene dónde recostar su cabeza”. Y como él, muchas veces nosotros nos encontramos en ese mismo lugar. Lo importante, es saber que allí está Él, y que es nuestra oportunidad para estarnos con Él.
Quien viva así su Adviento, descubrirá que en el pesebre, al llegar la Navidad, en vez de un niño, hay puestos dos, y que esa cunita es el verdadero descanso de toda la humanidad, a la que Dios quiere dar a luz para recostar en sus brazos.

ESTARSE EN LOS LUGARES HABITADOS POR EL AMOR

1. En el seno de la Trinidad
“La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. (Jn. 1,1)

El primer lugar de gracia a habitar es el origen de toda gracia: el seno mismo de Dios. Él es el Amor y de él parte como Palabra amorosa, este mensaje que recorrerá una enorme distancia hasta dar con la carne del corazón de todo hombre.
Habitar el seno de la Trinidad es estarme en el lugar de la iniciativa, libre y gratuita, en la que el amor de Dios se adelanta, se conmueve y se ofrece por mí. Por ese que yo soy y que tanto significo para él.
Es habitar el lugar donde me sé amado desde toda la eternidad. Lugar de donde parte este mensaje que día a día renueva y sostiene mi vida.
Es habitar el lugar donde el Padre, el Hijo y Espíritu Santo trabajan por mí, siendo uno en el Amor, y me invitan a sumarme a su trabajo. Lugar donde me enseñan a hacer y ser Comunidad, Civilización del amor, Pueblo de Dios.
Es habitar el lugar donde el sueño imposible del hombre se hace Sueño del Dios para el cual todo es posible.
Habitar el seno de la Trinidad, es vivir en esta vida, del gozo de saber que allí tengo un lugar, mi lugar, mi verdadero lugar donde el Espíritu me espera para unirme en el abrazo eterno de amor del Hijo y el Padre.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Padre Nuestro.

2. En el seno de la Virgen
“…su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por la acción del Espíritu Santo.” (Mt. 1,18)

Habitar el seno de la Virgen, es habitar el lugar de las entrañas maternales, en las que Dios engendra a sus hijos. El seno de María es el lugar que Dios se preparó, libre de todo pecado, y por tanto amorosamente obediente, para que el Hijo cumpliera su misión en nuestra carne.
Habitar su seno es estarme en el lugar que Dios prepara para que su Proyecto de amor, pueda cumplirse; para que pueda decirle que sí, a su Voluntad amorosa.
El seno de la Virgen es el lugar del Sí. Del sí del abandono en las manos de un Dios que es Padre. Del sí de la confianza, de que lo que parece oscuro es sombra de un Dios altísimo, que desciende para estarse conmigo, aunque oculta su presencia. Del sí de la humildad de quien se deja mirar por Dios en la propia pequeñez. Del sí de la disponibilidad que le permite obrar y le reconoce su especialidad en cuestiones imposibles.
Habitar el seno de la Virgen, es habitar la tierra buena, fecunda y fértil, cargada de esperanza, que se abre atenta a la escucha de la Palabra y acepta, como el grano de trigo, pasar una experiencia de muerte, para así convertirse en miga del Pan Bendito; tierno Pan de Amor, que Dios Padre reparte en la mesa de los hijos.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Ave María.

3. En el sueño de San José
“Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado: recibió a su esposa.”(Mt. 1,24)

El sueño de San José es el sueño de un corazón que quiere ser fiel. Es el sueño de quien quiere creer contra toda evidencia. El sueño de quien quiere seguir dejando a Dios, la posibilidad de soñar, ya que su sueño, cargado como está de un amor que no se detiene, llega mucho más allá de lo que el hombre se atreve a soñar.
Habitar el sueño de San José, es habitar el lugar donde el corazón renuncia a todas sus defensas, a toda resistencia.
Es saber hacer a un lado toda inquietud, mientras se descansa en los brazos de un Dios que sigue sosteniendo la vida, así como hace crecer la semilla ya sea que el sembrador duerma o se levante.
Habitar el sueño de San José, es habitar el sueño de quien al despertar está dispuesto a realizar aquello que Dios le hizo soñar, porque él, que es fiel a su sueño, no dejará que se vea frustrado.
Es descubrir que Dios, habla aún en el silencio de la noche más oscura.
Es descubrir que la fecundidad que él da, se alcanza poniéndose detrás de sus proyectos, detrás de su amor, a su sombra, a la sombra de su Paternidad.
Y descubrir que para esto, es preciso tomar a María, por Madre de este sueño y pedirle que con su beso nos haga entrar sin miedos a soñarlo.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Padre Nuestro.

4. En la casa de Isabel
“¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1,43)

Habitar la casa de Isabel, es estarse en la actitud del corazón de quien está atento a las visitas del Señor.
Un corazón así de atento, es un corazón agradecido, que se sabe continuamente visitado por la gracia (agraciado). Visitado por el amor de un Dios que siempre viene en ayuda de nuestra debilidad. Y al reconocerse así de débil, tiene la certeza de que todo lo puede en aquél que lo conforta.
Es el corazón que no teme abrirse a las visitas del Señor, aún cuando de momento, se anuncien tras la misteriosa llamada del dolor.
Habitar la casa de Isabel, es estar en la actitud de un corazón hospitalario, que sabe hospedar, dar lugar al otro, hacerlo sentir en casa. Es la actitud del que deja sus cosas para atender al que viene, al que se llega hasta él.
La casa de Isabel es la casa del gozo, de la celebración, del lugar donde se cantan las Maravillas del Señor. El lugar donde las propias entrañas, en las que Dios va gestando su proyecto, se estremecen de alegría.
La casa de Isabel es el lugar donde se experimenta la visita de un Dios que viene a servir, a ponerse al servicio, en cuanto uno se deja atender y cuidar por él. Donde el propio dar a luz está acompañado, nada menos, que por la Madre del que es la Luz del mundo.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Ave María.

5. En la Posada
“…no había sitio para ellos en la posada.” (Lc.2,7)

La posada es el lugar donde el amor de Dios visita y pide entrar, y no encuentra sitio.
Se convierte entonces para nosotros en lugar de gracia, si descubrimos cuáles son las cosas con las que ponemos trabas y cerramos puertas, a la visita de este Dios, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.
Un corazón que habita en la posada, es un corazón que habita en la comodidad, por lo que la presencia del otro, es de por sí: molesta.
Es la actitud del que no quiere abrirse a la posibilidad de que algo cambie o tenga que cambiar, porque prefiere dejar las cosas como están, como son, aún sabiendo que pueden estar y ser, de otra manera.
Habita en la posada quien no quiere dar lugar a que ocurra en ella el parto, el alumbramiento de un ser nuevo. Quien no quiere escuchar los jadeos de la vida que lucha por nacer.
Habitar en la posada es este silenciar los reclamos más profundos del propio corazón, cerrando puertas, por no aceptar que dentro suyo el llanto de un niño, vuelva a hablar de pequeñez, de fragilidad, de necesitar de otro.
Habitar la posada es encerrarse en la noche sin mañana, sin más horizonte que pasarla dándose buena vida, y sin caer en la cuenta, de que aún la noche más cerrada, cede al amanecer de una Vida buena.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Padre Nuestro.

6. En el Palacio
“-¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?…
Al oír esto, el rey Herodes se alarmó y con él toda Jerusalén.”(Mt.2,2-3).

El palacio es el lugar del poder. Allí también llega el anuncio de la visita del Señor.
Habitar el palacio es habitar el lugar del miedo de perder protagonismo, ante otro que es más grande por ser pequeño, y cuya llegada se vive como amenaza.
Es la actitud del corazón que defiende sus ámbitos de poder; es decir, aquellas cosas que le dan seguridad: fama, status, títulos, dinero, viajes, etc., y lo colocan en la categoría de persona verdaderamente importante, sin darse cuenta que lo que verdaderamente importa es lo que haga como persona, más allá de todas esas cosas.
Es estar en la actitud del que se sirve del poder para proteger su espacio de influencia, su reinado, y no sabe, que Aquél que Todo-lo-puede, lo puede porque ama y en el Poder de su amor, Reina como el que sirve.
El palacio es el lugar donde se tienen todas las informaciones precisas del acontecimiento, pero no se las quiere interpretar; no se quiere conocer su sentido y quedar involucrado. Y así, se cree conocer lo que acontece, porque se lo ha leído en libros, en diarios, en cartas u horóscopos y no en los signos de la propia vida, donde el Rey de los corazones, llama a todos a su servicio de amor.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Ave María.

7. En pleno Campo
“Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche en pleno campo cuidando sus rebaños por turnos.” (Lc.2,8)

Habita en pleno campo, quien por cumplir su misión, queda así de expuesto.
Expuesto en el lugar, al que lo ha llevado pastorear su rebaño. Ese rebaño por el que ha dado su vida, y del que se siente plenamente responsable.
Y es ahí, en el extremo de la misión al que ha llegado, en ese sitio que reclama de por sí un descanso, donde aquél Pastor bueno que su vida acompaña, le da la Buena Noticia de la Paz.
Paz para ese corazón de buena voluntad, de voluntad dócil, de voluntad disponible. Paz para aquél, que dejándose pastorear se convierte en testigo de una gran alegría: gozar de un amor, que en la intemperie de la noche, lo cubre con su luz.
Habitar en pleno campo es habitar el corazón cuyo cobijo es el Cielo, ese Cielo que no se cansa de mirar, de esa Esperanza que no se cansa de admirar en su grandeza.
Estarse en pleno campo es salir fuera de uno mismo, abierto al obrar de un Dios que siempre sorprende.
Es saber del gozo de la vigilia que aquél que permanece despierto, recibe como un regalo envuelto en luz y belleza, al contemplar ese sol naciente, que es reflejo de la sonrisa con la que Dios, lo saluda cada día.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Padre Nuestro.

8. En el camino de Oriente
“…se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en oriente los guió hasta que llegó y se detuvo encima de donde estaba el niño.” (Mt.2,9)

Habitar el camino de oriente, es habitar el camino de la búsqueda de aquel Dios que vino a buscar al que estaba perdido. Es el peregrinar del corazón, que por más lejos que esté, decide ponerse en camino de acercamiento, de cercanía.
Es la actitud del que no se queda cuando se trata de acudir a las citas de Dios. Del que al ponerse en marcha, sabe que ha puesto en marcha los enormes engranajes de su amor. Del que al ponerse en camino, descubre que se ha puesto en el cruce de los mil caminos del amor, en los que Dios se encuentra en la cruz con él.
Habitar este camino exige estar ligero de equipaje; exige llevar lo necesario, lo único necesario para el camino: el deseo de darse, que significa: llevarse a uno mismo y ponerse todo entero para el encuentro con el otro, sin otra pretensión que saberse por demás recompensado, ante la mirada del Padre que en lo secreto, revela la alegría de su corazón.
Habitar el camino de oriente, es seguir la caravana de los que caminan con sentido, poniendo rumbo tras un futuro cargado de esperanza.
Es descubrir que en el cielo, hay una estrella que no brilla como todas, y así al mirar la tierra, donde otros ven sólo la pequeñez de un niño, se ve la grandeza de un Dios.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Ave María.

9. En el Pesebre
“…le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre…” (Lc.2, 6-7)

Habitar en el pesebre es habitar el lugar de la dureza y la ternura. Dureza de una realidad que se acepta, se sufre y se padece, a la que sólo la fuerza del amor podrá transformar tiernamente.
Habitar el pesebre es habitar la delicadeza de unas manos que son capaces de disponer lo necesario para hacer que nazca en una situación inhumana, la dignidad de toda vida, y así poder celebrar la liturgia del amor de Dios, cargada de gestos de humanidad.
El pesebre es el lugar de la pobreza vivida verdaderamente. No de quien juega a ser pobre, sino de quien lo es y lo agradece.
El pesebre es el lugar donde todas las miradas están vueltas hacia el niño, hacia aquél que en su fragilidad está necesitado del cuidado de todos.
Habitar en el pesebre es habitar en la pequeñez del niño que nos permite entrar en el Reino; que nos hace entrar en las entrañas maternales de Dios; que nos hace entrar en el seno mismo de su amor Trinitario.
Habitar el pesebre, es habitar el sitio donde el corazón se arrodilla y adora, en la carne del Dios hecho hombre, el lugar para siempre de encuentro con su gracia y amor; y en el beso sacramental dado al niño, gusta en sus labios sabor de Eternidad y Salvación.
(Pido la gracia que necesito)
-Rezar un Padre Nuestro.

MIRAR A BELÉN PARA APRENDER A MIRAR

1. Desde la mirada de Dios

Dios mira, con su mirada cargada,
y al fijar su mirada, fija su amor y se estremecen sus entrañas.
De ahí que su mirada es mirada de Misericordia y de vida acunada.
Es mirada que toca nuestra verdad y la levanta;
que toma nuestra dureza y la hace blanda;
y en vez de desnudar nos da su gracia,
para poder arropar lo que en nosotros falta.
Una mirada que tan sólo busca lo que es pequeño y nada.
Una mirada fija, que como faro marca
una promesa firme para el que va a buscarla,
y en el continuo pausar de su mensaje clama:
¡Navega Amor adentro,
con las velas de tu vida, desplegadas!

2. Desde la mirada de María

La Madre mira, del Padre, su mirada,
que todo lo puede sin serle imposible nada;
pero he aquí que descubre una inquietud algo rara:
querer mirar al hombre desde una mirada humana.
Y al oírle preguntarle: “¿Puedo?”,
pudo entonces responderle: “¡Haga!”
Así, la Palabra hecha carne, crecía como un “¡gracias!”
y la madre del Hijo se hacía de todos Morada,
para que toda vida fuera en su amor cobijada.

3. Desde la mirada de José

A San José le toca, en silencio, leer con la mirada,
lo que la mano providente del Padre le mandaba.
Mas no es fácil callar cuando las apariencias hablan.
Sólo quien sabe en silencio mirar, puede escuchar la verdad
que al corazón se le dice, mientras los ojos se engañan.
Por eso San José, no habla. Tan sólo trabaja.
Trabaja con un Dios, que cuanto deba decir, dirá en voz baja,
y cuando llegue al final, dirá que ha terminado el trabajo que lo clava
a un madero hecho cuna, en el que todo se entrega a las manos del Abba.

4. Desde la mirada de Isabel

La mirada de Isabel dice que ser madre puede,
aunque todos lo nieguen, a pesar de su vejez,
pues es Dios quien lo promete,
y aunque la llamen estéril, está esperando un bebé.
Así, no hay cosa que ya no espere
el corazón que tiene fe.

5. Desde la mirada del posadero

La posada mira satisfecha e indiferente,
y poco le importa lo que ocurra tras la puerta con la gente.
No sale a recibir, sólo sale a ver al que en sus reglas entre,
y ahí mismo lo deje, si desea más amor del que su amor se atreve.
Así tiene segura su vida tras la puerta, cual prisión que le retiene,
repleta de cerrojos, como ojos que no ven, de indiferentes.
De ojos que se cierran a ver lo que hay enfrente.
No hay lugar, repite, y sobre todo, si el otro es diferente;
mas no es tanto su pobreza en los recursos,
cuanto es la estrechez que hay en su mente.

6. Desde la mirada de Herodes

Todo es amenaza para el que todo quiere y retener no puede.
A él deben darle, y darle como quiere,
mas no le pidan que dé, que de eso, saber no quiere.
No conoce la alegría; reír, reír, tan sólo puede,
pues reír podemos solos; mas la alegría solo con otros nos viene.
Tampoco sabe de paz, pues la paz encuentra sede,
cuando un ‘gracias a Dios’, abiertas las manos nos tiene.

7. Desde la mirada del pastor

Por saber de cuidados, con su mirada atenta se detiene,
a mirar por todos lados, por dónde la gracia llegue
a sanarlo y cargarlo, mientras se ponga fuerte.
No mira solo por sí, mira por lo que a otros conviene.
Contempla la vida y sabe, que nada ocurre de repente.
Los fríos de la noche pasa, recordando del día, lo caliente,
y cobijo ha encontrado, aún en la intemperie,
donde Dios se ha mostrado y le espera sonriente.

8. Desde la mirada del rey venido de Oriente

Sabio es el que encuentra lo que está,
aunque a los ojos se oculte y no se muestre.
Lo encuentra por buscar, a donde ya
otros miraron prefiriendo lo aparente.
Sabio es el que en un inmenso espacio
sabe marcar un punto trascendente
que a todo da sentido y un mirar diferente.
Sabio es el que ensancha el corazón
para mirar aún mejor, cuando la luz desaparece.
Sabio es el que sabe preguntar por lo que aún no entiende;
se prepara a lo que ya presiente,
y cuando lo ve llegar, se regala él mismo con su mejor presente.
Sabio es el que descubre la grandeza, que esconderse puede,
y adora al Dios nacido, entre su misma gente.

9. Desde la mirada del Dios-con-nosotros

Mira que te mira Dios;
mira que te está mirando.
Mira que por ti ya es niño;
mira que te quiere y tanto.
Mira cual te mira a vos;
míralo en su amor llorando.
Mira que por ti es que vino;
míralo, a morir va andando.

Javier Albisu sj


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