El Via Crucis donde el Hijo halló a los pródigos de amor del Padre
I. Estación:
Jesús es condenado a morir

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Cristo no tiene derecho a vivir. El Amor proclamado en su vida no tiene derecho a hablar. El fruto de su vivir verdadero, libre y obediente, no tiene derecho a madurar. El Hijo del Padre, no tiene derecho a reclamar nuestra hermandad.
Es un peligro que quiera vivir, revelando la Vida; que quiera hablar, enseñando la Verdad; que quiera amar, indicando el Camino.
Desde niño ya se le dijo la condena: “no hay lugar”.
Y nuestro pecado, enseñado por el Tentador, vuelve a decirle la condena: “no hay lugar”. No hay lugar en el corazón del hombre; no hay lugar en el corazón del mundo. Debe ocupar el único sitio que el pecado deja: “La Muerte”.
Cristo acepta LA CONDENA; acepta el lugar. Allí el Padre, con su providente pastoreo, le hará escuchar el gemido de los hombres, extraviados.
Allí, le hará dar en el camino, con la huella pródiga de una humanidad que se marchó de Casa y malgastó la Herencia.
Y será allí, donde la entraña misericordiosa del Padre se estremezca de gozo, de ver que el Hijo muerto es engendrado nuevo y vuelve a entrar en Casa, a cada hombre y hermano.
II. Estación:
Jesús carga con la Cruz

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
La Cruz está lista. Prepararla es fácil. Basta cortar dos maderos. El vertical de la respuesta a lo alto y el horizontal de la respuesta al hermano. Al cortar uno, el otro se corta simultáneamente. Es el corte certero del pecado que siempre forma Cruz, que siempre trae Cruz. Y así la obra terminada es un diálogo cortado por un soberbio monólogo y un peso que no se asume y se carga en otro.
Ahora le toca a él.
Quizo venir de lo alto y hacerse nuestro hermano como el hijo del carpintero; pero se ve que no sabía que el Tentador venía preparando a los hombres hace tiempo en el oficio de cortar, dividir y hacer CRUZ. No sabe que se han hecho maestros y ya no necesitan del Maestro. No tiene más que probar y verá lo bien hecha que está la obra. De veras que lo está. Cada uno de sus cortes es infinito y eterno. Sólo un Dios hecho hombre podría devolver al tronco su unidad. Sólo un Dios hecho hombre podría restablecer la palabra del interrumpido diálogo.
Y ahí está, cargando en silencio en el gesto hasta el extremo, un amor que reconcilia. Y en el abrazo infinito y eterno a la Cruz, dice su palabra de Maestro.
III. Estación:
Jesús cae por primera vez

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Está subiendo y tiene que caer; tiene que bajar. La altura de su amor es mucha para la chatura humana. Tiene que estar por debajo; esa es la ley de los hombres. Tan fuerte como la gravedad y tan grave como la ceguera de no ver que sube bajo el PESO de la Cruz. Bajo ese techo que la pequeñez humana le ha puesto a la grandeza de Dios.
Pero mucho más que el peso de la Cruz, es el peso del amor que carga en su corazón, lo que le hace bajar, abajarse. Es el peso de su amor vuelto hacia el hombre el que le atrae sin poder resistirse. Es la presencia de las huellas de las manos amorosas del Padre en el barro humano, las que claman y mendigan desde el polvo, su amor divino.
Según la ley de los hombres: debe besar el polvo. Según la ley de Dios, ese polvo necesita el beso de su amor. El beso que olvidó borrado por el viento del pecado y que en la oscuridad de la noche intenta repetir, y vacío como está, sólo expresa el gesto de la traición.
Cristo besa el polvo de nuestra nada, y cargando de nuevo el gesto de su expresión de amistad, vuelve a formar de la nada, su nada enamorada.
IV. Estación:
Jesús encuentra a su Madre

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Otra vez perdido como aquel día en la caravana y encontrado en las cosas del Padre. María ya sabe que cuando lo pierde debe encontrarlo allí, en la obra del Padre. Por eso camina con pie firme buscando en la caravana de los hombres, a aquél que está en las cosas del Padre. Ese es su Hijo.
En el camino, tropieza con cantidad de hombres desorientados, sin rumbo, sin sentido; perdidos en sus cosas y mezquinos proyectos.
Y así, a poco de andar, lo encuentra. Va delante de toda esa caravana de pródigos. Es el único que sabe a dónde va. Es el único que conoce el camino de regreso a la casa del Padre, y allí los guía, aunque ellos no lo saben. Esa es la obra del Padre; la que el Padre le confió.
Por eso, en ese camino, LA MADRE también debe estar. Está, y se hace presente, para confirmar a su hijo, que ya está llegando, que poco le falta.
Ella es la referencia más clara de la cercanía de la casa Paterna, ya que a través de sus ojos descubre la mirada del Padre guardada en su corazón. Por eso está en el camino del Hijo. Por eso lo mira y deja que él traspase con su mirada, como una espada, su corazón.
V. Estación:
El Cireneo ayuda a Jesús

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
La Cruz es aquello que no se puede llevar solo, no se debe llevar solo. Y Simón de Cirene la llevaba así. Por eso Jesús, que lo hacía sostenido en el Espíritu de amor del Padre, se le hace: compañero.
Son muchos los que andan por la vida llevando su Cruz solos. Solos, porque sus compañeros de camino siguen con indiferencia de largo. Solos, la mayoría de las veces, porque no lo ponen a Dios en sus cruces; y una Cruz pelada no es Cristiana. Una Cruz pelada, es simple castigo; sólo con Cristo se vuelve Redención. Una Cruz pelada, no es sino grito desesperado; sólo con Cristo es aliento de esperanza.
Cuando en el camino está la aparente soledad del otro con su Cruz, es Dios mismo quien está ofreciendo a quien se acerque, el alivio de una Cruz COMPARTIDA y dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mi, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.”
Lo cierto es que la Cruz asusta y tomamos distancia; pero basta recordar, que el Crucificado es en realidad nuestro Cireneo, para que vuelva la confianza.
VI. Estación:
Verónica limpia el rostro de Jesús

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Cuántas cosas ocultan su rostro: juicios, prejuicios, odios, egoísmos, cegueras.
Cómo reconocerlo si no es el Dios que se esperaba; el camino de salvación que se pensaba; la liberación que se quería.
Cómo reconocer su rostro si es uno como el de tantos, que de desfigurados, se esquiva mirar.
Y qué poco basta para descubrirlo. Basta un poco de coraje, para cruzar el cerco de lo que todos dicen y no hacen, de lo que todos piensan y no sienten, de lo que todos ven y no miran.
Basta que en el corazón haya un tramo de paño limpio: de indiferencias, de miedos, de comodidades.
Basta ese tramo de amor limpio, gratuito, sin intereses mezquinos, para que su rostro aparezca, en toda su belleza.
Por tanto, lo primero a limpiar no es el rostro de Cristo, sino EL PAÑO de amor con que nos acercamos a él. Un paño, que se limpia con lágrimas de un amor que duele y se duele de no amar como pudiera.
El premio que él ofrece, es dejar grabado para siempre su rostro en ese paño de dolor, para limpiar la imagen del amor gratuito y creador que un día nos plasmó y al que esperamos ver para siempre, cara a cara.
VII. Estación:
Jesús cae por segunda vez

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
El recaer del hombre en su obstinada torpeza, recae sobre las espaldas de Cristo. Sobre las espaldas de Aquél, que carga setenta veces siete, el peso de la misericordia; pues la misericordia pesa. Pesa, en cuanto que es un amor que sobrelleva la fragilidad del otro y es soporte de su debilidad. Así es el amor: todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Pero así también, es la cerrazón. A este Dios “Todo- misericordioso”, ninguno lo disculpa, ninguno le cree, ninguno lo espera, ninguno lo soporta. Y Jesús, CAE por segunda vez.
Vuelve a caer en su obstinado deseo de salvar y tropieza ante la misma piedra de escándalo: un amor que ofrece a los suyos y que los suyos, se niegan a aceptar.
Cuándo caerá en la cuenta; o será que la locura de su misericordia, lleva otra contabilidad que enseña al hombre la verdadera cordura: la de saber que “la otra mejilla del corazón no puede quedar sin ser ofrecida”. Esa otra mejilla, es la mejilla de la paz que se tiene y se da. La única capaz de desarmar el rostro solapado de la guerra: La Violencia.
¡Cuándo caerán en la cuenta los hombres, que la mejilla de Cristo apoyada en nuestro suelo, está ofrecida!
VIII. Estación:
Jesús da consuelo a las mujeres que lloran por él.

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Han buscado leña verde para calentar la fría decisión de acabar con la vida del Inocente. Y las mujeres que lloran por él, no terminan de comprender el alcance de esta decisión, que un día llegará al fruto de sus senos, violando el ámbito sagrado, al que sólo la mano respetuosa de Dios puede entrar.
Allí está el inocente por el que deben llorar; la vida inocente por la que deben implorar con sus lágrimas y respetar con su amor de madres.
Los tiempos van achando valores y talando criterios, convirtiendo el tupido y noble bosque de la vida humana en desierto estéril e infecundo de arbitrariedad. Al punto, de que ya no signifique nada, si al pequeño pulmón incipiente donde respira una vida, se lo trunca o tala.
Las madres son las que deben implorar por ellas y por sus hijos. Si así no lo hacen, el único CONSUELO que queda entonces, es Dios.
¿Se olvida una madre de su criatura; no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Aunque ella se olvide, Dios no lo olvidará! Lo lleva grabado en las palmas de esas manos que un día lo crearon y más maravillosamente aún lo redimieron en manos de Cristo. Él es: el consuelo de amor, del Padre de toda vida.
IX. Estación:
Jesús cae por tercera vez

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Dios tiene un modo particular de confirmar su Palabra, de reafirmar la ley de amor a la que se sujeta. Y es repetirla una, dos y TRES VECES, para no dejar lugar a dudas ni a malos entendidos.
Así responde al hombre que pregunta una, dos y tres veces: “¿me amas?”; “¿puedo esperar en tu amor?”.
Pero no hay peor dureza que la de aquél que no quiere entender, o entiende lo que quiere entender. Dureza peor que la del que pregunta y no espera la respuesta porque ya tiene la suya. No hay peor dureza que la de aquél que cierra su vida, a dejarse amar.
Porque pensar que ese amor está dado, esa respuesta está dicha y aún no se experimenta, no se escucha, implica pensar que hay algo en uno mismo, que lo está trabando. Y ese darse vuelta de las cosas, hace poner en peligro la débil paz que se sostiene a base de mil excusas y falsos argumentos.
Dios dice siempre bien su Palabra, sólo que el hombre, la mayoría de las veces, la entiende mal. El hombre no entiende que para subir, lo primero es abajarse; que para hablar, lo primero es escuchar; que para amar, lo primero es dejarse amar.
Y Cristo, abajándose tres veces, repite y confirma su Palabra: “El Padre los ama; déjense amar”.
X. Estación:
Jesús es despojado de sus vestidos

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Un amor sin DESPOJO, no es amor. En el amor nada puede quedar sin ser ofrecido.
Si algo se retiene, en ese algo se ha dejado de amar, y ese algo, pone en peligro al amor. Cuando se entra en esta lógica, no hay lugar para el retaceo, no hay lugar para el doblez. Cada donación, es impulso de una nueva y más profunda donación.
En Cristo, nada se retiene. El retener, lleva en germen la avidez. Y Cristo no retuvo ávidamente nada de sí, nada para sí. Todo lo que recibe del Padre, lo da en la misma gratuidad que lo recibe. Aún su igualdad con él (su condición divina), sin retenerla ávidamente, quiso compartirla con el hombre, haciéndose él mismo hombre y tomando la condición de servidor. Pues el amor que se despoja de sí, se vuelve: “Servicio”.
Despojarse es, de alguna manera, arremangarse. Quien quiere ponerse a servir, sabe que tiene que arremangarse.
Los hombres no lo saben, pero Jesús está sirviéndolos. Y al quitarse la túnica, está repitiendo el gesto Maestro de la Cena, de lavar esta vez en su sangre, una humanidad que embarrada, espera al pie de su Cruz. Esta es la enseñanza que hace feliz a quien la practica. Y quien no sepa de esta práctica, jamás sabrá lo que es, la alegría verdadera.
XI. Estación:
Jesús es clavado en la Cruz

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Sólo a los hombres se les podía cruzar la idea, de que el hombre también se puede CLAVAR.
Lo cierto es que cuando el pecado está de por medio, la vida humana y su valor divino ya no se ven. El otro es simplemente algo que debe acabarse, destruirse, clavarse.
El costo de la fidelidad a la palabra, es quedar clavado a ella. Y Cristo, debía quedar clavado a su Palabra. A aquélla que no dejó de decir a los hombres; la de ser: “El-mismo-Hijo-del-Padre-hecho-hombre”.
Dios había unido para siempre lo divino y lo humano en su propia carne, en una unidad que nada en adelante podría borrar. Pero el hombre, cargado como siempre con sus dudas y desconfianzas, le puso tres clavos, para asegurarse de que allí quedaría. No es capaz de comprender que la firmeza de Dios a su Palabra, es mucho más fuerte que la firmeza de los clavos.
Así, cuando los clavos ya no estén, y estén sí sus pies y manos vivas, quedará allí en su carne, el lugar que traspasaron, como fiel testigo de la firmeza de un amor siempre mayor, que sabe llevar juntos: el dolor y el amor; el fracaso y el triunfo; la muerte y la vida. Porque suya es la Victoria.
XII. Estación:
Jesús muere en la Cruz

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Esa era la condena y la condena está cumplida.
Pero esa era también, en el proyecto salvífico de amor del Padre, la puerta estrecha por la que era necesario pasar para entrar con los hombres a la Vida.
La puerta se elige, y Cristo eligió la que conduce a la Vida. Puerta, que ha dejado marcada con su sangre, para guiar al Pueblo fiel, a la libertad de los hijos de Dios.
Después de cruzar él, la puerta de LA MUERTE ya no está clausurada. Ha roto los cerrojos con la fuerza de su Espíritu, y la ha dejado abierta al encuentro de un Dios que es Padre y quiere ver sus hijos.
Pero era necesario que él pasara por ella. Su muerte es la prueba más rotunda de su condición humana, asumida hasta el extremo. Muere, porque es verdaderamente hombre. Dios hecho hombre, muere. Sin simulaciónes.
¡Pero cuánto hombre habrá, encerrado en la muerte; cuánto Dios a la espera de la Vida, para que tanta Vida se encierre en esa muerte y tanto Dios se encierre en ese Hombre! Él lo sabe: “Si el grano de trigo no muere queda solo; si muere da mucho fruto”. Cristo es Trigo de Dios por amor triturado, para ser Pan Vivo, en la mesa de los hijos.
XIII. Estación:
Jesús es bajado de la Cruz

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Si baja le creerán, dicen. Sí, creerán que es como ellos, que se salvan a sí mismos.
Se han puesto en primera fila para ver el espectáculo, pero Cristo no se baja de la Cruz, sino que permanece en ella hasta la muerte. Por eso LO BAJAN. Ha estropiado la fiesta, y si sigue ahí, la seguirá estropiando.
El pecado, como todo delito, busca borrar las huellas después de cometido. Por tanto es necesario, que no se sepa hasta dónde llegó la locura humana, o en rigor de verdad, la divina.
Pero la cosa no termina. Algo parece seguir vivo en ese cuerpo muerto. Así es la duda que acompaña al miedo. No creen ni en la muerte, muerta. Tal vez decía la verdad, piensan con miedo, cuando hablaba que el corazón de Dios, seguiría latiendo de amor por los hombres. Por eso al acercarse a él, no dudan en traspasarlo.
Desde entonces, quedó allí la puerta de todos los incrédulos. Quedó también el sitio, donde la mano de cada hombre debe meterse para mendigar, aún cuando crea, un aumento de fe. Pues el agua sacramental que mana de allí, sana la ceguera de lo que no se ve, y con la sangre que brota, sella el Misterio.
Allí, desde entonces, quedó la puerta secreta de la Misericordia, de todos los que no saben lo que hacen.
XIV. Estación:
Jesús es puesto en la tumba.

Te adoramos Cristo y te bendecimos.
Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Una TUMBA NUEVA; como jamás se había visto.
Una tumba nueva, que guarda el eco de miles de voces, silenciadas por la muerte, que dialogan por primera vez, con una Palabra de Vida Eterna.
Una tumba, que en vez de sepultar una muerte, engendra una Vida. Por eso ya no se sabe, si es tumba o seno fecundo pues da a luz, y nada menos, que la Esperanza cumplida.
Eperanza guardada y contenida en esa tumba, por tantos que se durmieron deseando descansar en Paz.
Todo allí huele a bálsamo; a ese buen olor de Cristo que está por estallar en la plenitud del vivir.
Bálsamo que penetra hasta la misma roca del corazón humano que intenta frenar esa vida velando a su puerta.
Allí se huele a niño; a nuevo Belén; a casa del Pan Vivo y Resucitado.
Es extraño, pero todo da la impresión de quedar pronto vacío.
La muerte va cediendo lugar a la Vida.
La Vida va desatando los nudos de muerte que la tienen atada, y las vendas tendidas, parecen mostrar el blanco de su bandera rendida.
La noche va pasando.
Y en la tumba nueva, la mañana del Domingo, ya se avecina.
Javier Albisu sj
