En la Casa de mi Padre hay pan en abundancia
El camino del Pan
1. La Semilla: Pan de la Esperanza.

La Semilla es aquello que nos da la planta para alcanzar un nuevo fruto. Y el fruto debe ser abundante si se quiere hacer pan.
En ella se encierra la esperanza del pan que aún no es, y sin embargo no deja de ser vivido como pan de esperanza que alimenta lo que se hace hasta conseguirlo.
Esto es lo que ocurre con la esperanza que nos da Dios. La vemos salir como fruto en nuestra propia vida si estamos atentos a su cosecha, a lo que él fue obrando y consiguiendo, más allá de cómo hayan sido los tiempos de nuestro vivir: en calma, tormenta, sequía…
A toda vida le es dada esta Semilla. Todos la tenemos a la mano. Siempre hay una Semilla de esperanza que pide ser arriesgada; que pide volver a ser puesta en juego hasta el fondo, con la certeza de que tarde o temprano, será origen de nuevas esperanzas.
Por eso la siembra, no puede ser sino en esperanza. Y sembrar en esperanza es poner pequeños gestos, cuyo fruto será siempre mayor del que pensamos.
De ahí que el Tentador, cuando llega el momento, busque aumentar los vientos (miedos y sentimientos de impotencia), con tal de volar la semilla de nuestras manos, para que no sembremos, no esperemos, y hambreemos. Con lo cual, no sólo roba nuestra esperanza, sino que nos hace desagradecidos.
La Eucaristía es Pan de Acción de gracias a Dios. Pero este Pan comienza en la Semilla, en el primer reconocimiento agradecido de la cosecha que él hace.
Reconocer desde el comienzo este pan de esperanza puesto en nuestras manos, es sembrar en ellas la esperanza del Pan, que en la Mesa les es dado.
2. En la Tierra: Pan de la Paciencia.

La Semilla debe aceptar el tiempo de la tierra, así como la esperanza, el de lo que se le oculta.
La tierra es el tiempo del trabajo interior. El tiempo de aceptar no ver lo que ocurre, y aferrarse a la certeza de que: la vida nunca deja de ocurrir, porque Dios, nunca deja de obrar.
Es el tiempo de aceptar la pasión que se desata dentro nuestro al padecer la violencia de tener que ajustarnos al ritmo de las cosas. El tiempo de padecer el choque de nuestros sentidos contra el muro de lo que aparece.
Es el tiempo de la Pasión de las Paciencias. Pero no sólo la nuestra, sino también la de Dios, que alimenta con este mismo pan, su espera.
En la oscuridad de la tierra, lo primero que hace el grano, es abrirse a su nueva situación y sacar de sí, su deseo más profundo de vivir; esta es su raíz. Con ella, busca ahondar y desarrollar su capacidad de captar lo esencial, lo vitalmente necesario, para dar con aquella riqueza, oculta hasta el momento, en la que sostener lo que ha de levantar.
Del mismo modo, en los momentos de oscuridad, nuestra esperanza, tiene que echar raíz en realidades mucho más hondas y profundas que aquellas en las que estaba acostumbrada a sostenerse, para desde allí, volver a levantarse.
La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Aquel que aceptó caer en tierra (en nuestra tierra) y morir. Allí, en lo más profundo, que para nosotros se esconde, la fuerza de su Vida echa raíz, para sostener desde la más honda certeza de sabernos amados, el árbol de nuestra vida cuando se levante en Cruz.
3. Como Brote: Pan de la Fragilidad.

El brote es lo más frágil de la planta. Pues dar a luz; comenzar; empezar algo nuevo, se da siempre en fragilidad.
La planta enfrenta así, la realidad del mundo al que se hace presente: en fragilidad.
Ante una realidad exterior que muchas veces le es hostil, ella confía en que no hay nada que pueda detener la fuerza incontenible con que la vida le crece dentro.
Nadie podrá nunca detener el brotar de la vida. Y aún cuando parezca que sí, basta quien no lo crea que lo intente, para que descubra que la fuerza de esa vida que en apariencia no brotó, sigue brotando, pero ahora dentro suyo.
Apostar al brote, es apostar a la fidelidad de los comienzos, a la fidelidad del primer amor.
Es apostar a una fragilidad que guarde en ternura lo que va a crecer, y sea capaz de vencer hasta las cortezas más duras.
Apostar al brote es afirmar que vale la pena ponerse del lado de la vida; que vale la pena intentar; que vale la pena comenzar.
Porque el brote es a la planta, lo que la niñez al hombre y la miga al pan: si la planta deja de brotar, la sabemos muerta; si el hombre deja de ser niño, lo sabemos viejo; y si el pan deja de tener miga, lo sabemos duro.
La Eucaristía es ese brote de del Amor de Dios que al alimentar nuestra fidelidad a la vida, novedad y ternura, nos salva de la peor de las durezas: la del corazón.
Es el pan de la fragilidad de Aquel que siendo fuerte se hizo débil por nosotros, y en la fragilidad de su brote salido en nuestras manos, prepara la fragilidad con que un día, volvamos a brotar en las suyas.
4. Ya Planta: Pan de la Constancia.

Cuando ha pasado el fervor de los comienzos y aún no llega el tiempo de los frutos nuevos, y los viejos ya se han dado, es el tiempo de la Constancia.
Tiempo del aguante erguido en que llevar la propia dignidad, mientras le toca sobrellevar una pobreza que no hay por qué tapar, pues no es motivo de vergüenza sino de grandeza.
Es el tiempo del trabajo silencioso y desapercibido; como “uno de tantos”, haciendo lo de cada día; donde lo heroico, pasa por no renunciar a la lucha de enfrentar la dureza cotidiana, de seguir de pie, señalando la vida.
Vida que tantas veces circuló dentro y se entregó por otros, y ahora da altura a toda la planta.
Es ahí donde el pan de la Constancia viene a alimentar la firmeza del permanecer, pues fortalece la certeza de no estar solo, sino unido a alguien a quien se quiere ser fiel, y por quien se quiere estar y estar de pie.
Por ello la constancia, habla del modo de cómo dos personas se llevan la una a otra en el amor.
Esta constancia de permanecer fiel y unido a otro, es la del Amor de Dios, que se nos da como pan en la Eucaristía.
Su amor fiel es el que está y siempre de pie, como señal ofrecida constantemente para aquellos que en el camino están caídos.
Así, frente a la infidelidad del amigo que se levanta de la mesa para caer en tentación, estará siempre la presencia constante de Cristo, que no se levanta de ella, sino hasta haber partido su Pan con todos los que quieren permanecer fieles en su mismo amor.
5. Con Espigas: Pan de las Cargas.

La planta se preparó para dar lugar al fruto y cargarlo. Sería ir contra la dinámica más profunda de sí misma, si intentara clausurar los espacios abiertos a un “más” de vida.
La capacidad para llevar el fruto, para llevar a otro, a ese “más” de vida, le fue dada; sólo necesita acompañarla.
Si ante el espacio abierto que crece en el seno de una planta, en el seno de una pareja, no va creciendo al mismo tiempo la decisión de asumir como propio lo que está por venir, ese fruto no encontrará quién lo cargue; no encontrará quién se haga cargo de él.
Pero no basta cargarlo. El fruto necesita que se lo cargue hasta la madurez.
En la carga de vida del que lo sobrelleva, se prepara la carga que lo desprenda a su debido tiempo de la planta. De no ser así, su dureza indicará lo que en su carga faltó.
Y la diferencia es grande, pues ya no se desprende como fruto, sino simplemente como un peso que se buscó descargar.
El fruto en cambio, es el que se desprende; y lo hace de aquel que lo cargó de cuidados y de vida para que se desprenda, cargado, como buen fruto.
La Eucaristía es el Pan del Amor que abrió un espacio para llevarnos. Amor que al cargarnos sobre sí, nos lleva a hacernos cargo de un vivir destinado para ir y dar fruto. Un fruto que permanezca.
La Eucaristía, es el Pan de las cargas con que el Padre alimenta y sostiene las de sus hijos, hasta verlos alcanzar su plena madurez en Cristo.
6. De Molienda: Pan de los Dolores.

Así como el grano aceptó la primera muerte del ocultarse en la tierra (muerte que de algún modo se le impuso), ahora ese mismo grano debe aceptar esta otra muerte: la de ser triturado.
Muerte que si bien tiene algo de impuesta (según las leyes de la fecundidad), debe ser elegida.
Porque si el grano respeta los planes de aquel que lo sembró, pasará por la molienda para que lo que carga en sí sea aprovechado al máximo, desde su más fina y dócil expresión.
Pero si en cambio se reserva para sus planes, y termina sin pasar por la molienda, quedará para siempre sin saber, qué era lo que llevaba y podía dar.
Lo cierto es que el grano tiene su dureza y necesita ser triturado en piedra. No con esa que se lanza y agrede, sino con aquella otra que se apoya y suaviza, afinando el fruto para una mayor calidad.
La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Aquel que fue triturado por nuestros corazones de piedra.
Sin saber lo que hacían, ellos conseguían para sí, lo que ese “fruto bendito” guardaba para dar: la suavidad del Amor de Dios, hecho Misericordia.
De ese modo aquel “Varón de dolores” que se dejaba triturar por el sufrimiento alcanzaba para nosotros en la aceptación de su molienda, la fecundidad de todo sufrimiento que unido al suyo, quisiera ser fiel al Sueño del Sembrador.
Quien así lo quisiera, y aceptara triturar entonces en el molino de su voluntad, la propia, tendría como herencia el don de experimentar el ser trabajado por esas manos suyas que todo lo pueden, y saben hacer.
7. En Levadura: Pan de la Promesa.

Una vez que el grano perdió su dureza, y se puso en manos del hacedor, recibe aquello que le falta y que por sí solo es incapaz de conseguir: leudar, duplicar y triplicar su capacidad.
Es desde ese poco de fermento que acepta mezclar en su masa (incorporar a sí misma y asimilar), cómo los horizontes de su realidad se ensanchan. Del mismo modo ocurre con aquellos que se ponen en las manos hacedoras de Dios, que descubren en sus Promesas un fermento de gracia.
Al asimilarlas e incorporarlas a sus vidas, crecen en deseos de ensanchar las fronteras del propio límite para llevarlas más allá de lo posible: al terreno de lo querible.
Allí se les ofrece un futuro, que no es ilusión ni espejismo, sino promesa firme de realidad, dada por una Palabra que es fiel a los que a ella se confían.
De ese modo, la realidad que se promete (ese futuro por alcanzar que se señala), reunifica y mantiene viva la memoria del pasado al que le recuerda sus motivos, mientras empuja el presente con un deseo que no se aquieta hasta alcanzar lo que le descansa.
La Eucaristía, es el Pan de las Promesas con que este Dios, fiel a su Palabra, alimenta al pueblo que peregrina en la tierra hacia aquella otra Prometida donde mana leche y miel: la Vida eterna en su Amor.
Cada comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es ya desde ahora un anticipo, un ir “saludando desde lejos esa Promesa” de lo que se nos está por dar definitivamente; como también y al mismo tiempo, un descubrir a través del deseo más profundo del propio corazón, hasta qué punto nuestra vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios.
8. Por el Fuego: Pan de la Consolación.

Será el calor del fuego el que termine de dar su última y definitiva consistencia a lo que pacientemente se fue preparando.
Lo que dé la justa medida a la leudada, que de por sí, desborda más allá de lo que puede contener.
El calor que se necesita, es un calor parejo que pueda llegar hasta el núcleo más íntimo de lo que a él se expone, a fin de dar a todo el contenido igual consistencia sin que esto se logre sólo por fuera.
Esto requiere el tiempo justo, el único que consolida: el oportuno.
Ni los fervores de arrebato ni los tibios retrasos, responden a la verdadera exigencia del alimento. El uno deja mal elaborado y resulta indigesto; el otro, llega a destiempo, y resulta inoperante.
Al buscar identificar nuestras vidas con la Eucaristía, a fin de ser también nosotros Hostias Vivas, aprendemos que ser consistentes significa dejarse acompañar por ese calor parejo del fuego del Amor de Dios, que es la Consolación.
Este es el tiempo oportuno de Dios, en el que son confirmadas las promesas.
El tiempo en el que se purifican los deseos desbordados y aceptan en paz los propios límites, ante el Dios que consuela y plenamente a este que somos.
Pero también, el tiempo de respetar que él, que quisiera darnos mucho más, no lo haga, sabiendo como sabe, que no podemos con todo.
La Eucaristía es pues: memorial continuo en el que se actualiza la consolación pasada, se reaviva la presente y anticipa la futura.
Sólo al calor de este Pan de la Consolación, será posible enfrentar entonces, los fríos desoladores que en adelante vengan.
9. A la Mesa: Pan del Servicio.

El pan no se entiende como tal, hasta no estar puesto a la mesa.
Allí tiene su lugar. En una mesa que nunca es de soledad. Es de familia, de amigos, de compañeros de trabajo, pero no de soledad.
Como mesa compartida, al pan se lo acompaña con la palabra. Una palabra que encuentra la confianza de la mesa para ser puesta sobre ella. Allí, se necesita la presencia diaria de ambos.
Poco a poco, ellos van dando un gusto propio a los que se reúnen, como un sabor que día a día se comparte.
El pan es aquello que se puso a la mesa para ser servido. Y el modo propio de servir lo que está a la mesa es: ofrecerlo, brindarlo, unos a otros.
Por eso es que el pan no puede faltar a la mesa, como tampoco nadie puede faltar a la mesa del pan.
La Eucaristía es el Amor que Dios puso a la mesa de su familia para ser servido. Para que unos a otros se lo ofrezcan, se lo brinden.
La presencia real de Cristo, tiene su lugar privilegiado en torno a la Mesa en que se comparte el Sacramento del Pan Eucarístico. Ello no significa que no lo tenga, (con igual importancia), en torno a aquella otra mesa donde lo que se comparte es el sacramento de un corazón que se reconoce prójimo hermano.
Una mesa conduce a la otra. Si se falta a la una, se falta también a la otra. Se falta a la Mesa cuando falta el servicio, y se falta a él, cuando falta el amor. De ahí la necesidad urgente de escuchar la Palabra y recibir el Pan que juntos se nos brindan, para que poco a poco se vaya formando en nosotros, el gusto de, en todo: Amar y Servir.
Pan de la Esperanza, esperánzanos.
Pan de Paciencia, pacifícanos.
Pan de la Fragilidad, apuntálanos.
Pan de la Constancia, sostennos.
Pan de las Cargas, madúranos.
Pan de Dolores, ablándanos.
Pan de la Promesa, condúcenos.
Pan de la Consolación, confírmanos.
Pan del Servicio, bríndanos.
Pan de los Hijos, hermánanos.
Pan de Pobres, compártenos.
Pan de los Niños, alégranos.
Pan de los Jóvenes, comprométenos.
Pan de la Familia, reúnenos.
Pan de los Enfermos, sánanos.
Pan de los Ancianos, fortalécenos.
Pan de los Presos, libéranos.
Pan de los Cansados, alívianos.
Pan de los sin Techo, cobíjanos.
Pan de los sin Trabajo, ocúpanos.
Pan de los Perdidos, encuéntranos.
Pan de los Llegados, recíbenos.
Pan de los Caídos, levántanos.
Pan de los Lejanos, acércanos.
Pan de los Excluidos, inclúyenos.
Pan de los Calumniados, defiéndenos.
Pan de los Enemistados, reconcílianos.
Pan de los sin Pan, aliméntanos.
Javier Albisu sj
