Ricos a los ojos de Dios
Regalarse un espejo

Los otros días, los muchachos del Hogar de San José que participan del taller, estaban haciendo una actividad bien especial. El maestro les había propuesto trabajar sobre el marco de un espejo. Ellos no lo sabían, pero el resultado final de su obra sería un regalo para ellos mismos.
La intención del maestro era que al mismo tiempo que iban trabajando en el marco, se fueran viendo en el espejo (cosa que para alguien que no encuentra belleza en su propio rostro, es algo que más bien se esquiva).
Él buscaba que espejándose, cada uno pudiera objetivarse al descubrir que ese que ve en el espejo, no es otro sino él mismo. Sólo, que ahora “frente a él”, es decir, a la distancia suficiente que le permite mirarlo sin miedo.
Otro de los frutos que tendría el trabajo, aparte de mirarse objetivamente a sí mismos, sería el llevarlos a mirar la realidad de frente, y no sólo de frente, sino con esperanza.
Quien se “enfrenta” a un espejo no puede eludir la realidad que está puesta delante de él. Es algo evidente que no somos invisibles, como para enfrentar un espejo y no quedar espejados. La realidad se hace necesariamente visible. Aún en el caso de que cerráramos los ojos, sabríamos que lo estamos haciendo ante una realidad que no queremos ver.
Se buscaba, por tanto, que miraran la realidad, pero que aprendieran a hacerlo con esperanza. ¿De qué manera? Contemplando su obra. En ella podrían descubrir cómo la inicial realidad del marco, poco a poco se iba transformando ante ellos, con lo que iban poniendo desde su trabajo, es decir, con todo lo que pone sobre la realidad, esa preciosa combinación de mente, corazón y manos.
De este modo, la realidad que tenían ante ellos (así enfrentada), dejaba de ser algo caótico para convertirse en una obra cargada de armonía y belleza, y se les abría aquel camino que la realidad es capaz de recorrer, si se la acompaña.
Y es que toda realidad enfrentada y aceptada se abre a la esperanza de ser transformada; se abre a la posibilidad de ser incorporada en la belleza de un sentido más hondo y pleno.
Nos preguntamos, entonces, ¿de qué modo nos puede ayudar también a nosotros entrar en el taller del maestro? y preguntarnos ¿cuáles son las pobrezas que no nos dejan descubrir la belleza del rostro de nuestra propia vida cotidiana y nos llevan a esquivar el quedar espejados?
¿Cuál es el marco de aquello donde nos espejamos, nos reflejamos, que objetiva nuestro modo de mirar y juzgar? ¿Qué trabajo podemos hacer en ese marco?
¿Caemos en la cuenta de que el aprender a mirar la realidad de frente, puede comenzar por enfrentar su marco, su contexto?
Cuando miramos nuestra realidad, ¿nos vemos en ella como actores responsables, o quedamos invisibles mientras que todos los demás aparecen hasta el más fino detalle? ¿Nos miramos como buscando el error, o lo hacemos con esperanza?
¿Ponemos en el marco de nuestra realidad, todo lo que conlleva el trabajo, es decir: mente, corazón y manos, o algo le quitamos? ¿Acompañamos a la realidad con nuestro trabajo?
Tal vez, con nosotros, Dios quiera hacer lo que un día hizo con Jeremías, su profeta.
“El Señor dirigió esta palabra a Jeremías: -Baja en seguida al taller del alfarero; allí te comunicaré mi palabra.”
Cuando Jeremías bajó al taller del alfarero, lo encontró trabajando en el torno. Si se estropeaba la vasija que estaba haciendo mientras moldeaba la arcilla con sus manos, volvía a hacer otra a su gusto. Entonces, el Señor le dijo: “Como está la arcilla en manos del alfarero, así están ustedes en mis manos” (Jr. 18, 1-6).
¿No nos estará invitando a entrar en su taller?
¿Qué tal si quiere que nos regalemos un espejo? ¿Qué tal si quiere dar a nuestra vida una nueva forma, una nueva belleza?
¿Entramos?
Javier Albisu sj
¿Cuál es tu Profeta?

“El Señor se apareció a Abraham junto al encinar de Mambré, mientras él estaba sentado a la entrada de su carpa, a la hora de más calor. Alzando los ojos, divisó a tres hombres que estaban parados cerca de él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la entrada de la carpa y se inclinó hasta el suelo, diciendo: «Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor… ¡Por algo han pasado junto a su servidor!».” (Gen. 18, 1-15)
En el texto que arriba citamos, Abraham entiende que Dios mismo lo está visitando en la persona de esos tres hombres que llegan hasta su carpa. De ahí que la súplica que le brota del corazón es: “te ruego que no pases de largo”.
Esta visita significaba el anuncio de que Sara (su mujer), a pesar de su vejez, daría a luz al hijo de la Promesa, y así la bendición de Dios llegaba a Abraham, y a través de él, a todo el pueblo.
Pero, así como Abraham entendió que en ellos, Dios lo visitaba, Sara, descreyendo de esta visita, no pudo dar credibilidad al mensaje que le venían a anunciar de parte de Dios (humanamente increíble) y por eso, se sonrió. Para ella, el anuncio fue motivo de risa; para Abraham, Dios reía, le era favorable (ese es el significado del nombre que pondrá a su hijo: “Isaac”).
Algo parecido, nos ocurre a nosotros.
Cada vez que damos crédito a la visita de Dios a través de “sus profetas”, recibimos el mensaje que tiene para darnos, mas cuando no lo hacemos, su gracia, “nos pasa de largo”, y seguimos tras la búsqueda de visionarios.
El otro día, mientras abría la puerta para atender a un pobre (al tiempo que escribía esta nota) “un profeta” me acercó providencialmente esta carta de la que les transcribo algunos párrafos. Dice así:
“En varias oportunidades me encontré por las calles de este barrio, con Milagros. Va siempre en brazos (tiene 8 meses); en alguna oportunidad la llevan sus hermanos y otras veces su mamá… El primer día que los vi, Milagros lloraba tanto que me detuve, aunque estaba muy apurada.
Es notable, pero los ojitos de Milagros me dicen tantas cosas… me mira fijo y se sonríe y mientras ellos se alejan, ella se da vuelta para seguir sonriéndome.
Les he podido dar muy poca ayuda, pero pensé que Dios, algún mensaje quería darme a través de esos encuentros.
Los ojitos de Milagros están cargados de “palabras”. Parece que dijeran: «Puedes hacer más, anímate, puedes hacer más…».
El nombre de la nena me sonó como una campana cuando lo pronunció la mamá: «Milagros…» Me pregunto: ¿Hará Dios un milagro, a través de Milagros?”
Aún hoy, como ven, Dios sigue enviando a sus profetas cargados de mensajes. A cada uno (ya se trate de un individuo o de toda una sociedad) le envía el suyo, su propio profeta.
El núcleo del mensaje es el mismo (pues es la expresión del amor que Dios tiene por cada uno). Por eso, lo dicho a uno, resulta para bien de todos, como así también lo dicho a todos, redunda en bien para cada uno. Lo que cambia, son los signos o referencias que en cada caso, se vuelven significativas de modo distinto, de acuerdo a las distintas experiencias personales.
Así, por ejemplo, un sacerdote puede tener su profeta en aquel penitente, que al confesarse, le recuerda en su pecado, el suyo que no supo ver, o la misericordia que Dios le tuvo; y esto, en vistas a hacer de él un mejor ministro de esta misericordia.
Para un papá o una mamá, su profeta puede ser su propio hijo, que con lágrimas en los ojos se le acerca y le dice que nunca los quiere ver separados; con lo cual, en adelante, pondrán más empeño en cuidar la fidelidad que se profesan.
Un profesional puede que tenga su profeta, en la persona que atiende y se confía plenamente en sus manos, y le muestra el modo cómo él, debe y puede dejarse cuidar.
Para la sociedad en que vivimos, hoy son los pobres, sus profetas. Ellos, en su propia vida, le dicen que deje de pasar por encima de la dignidad del hombre, pues se está poniendo por debajo de sí misma.
Al mismo tiempo, también nos profetizan individualmente. En cada encuentro personal (sin que ellos lo sepan), nos traen un mensaje concreto para lo que estamos viviendo. Así, por ejemplo, al pedirnos una frazada, nos recuerdan todo el abrigo que tenemos de más. O al pedirnos comida para el que no puede moverse, nos cuestionan hasta dónde somos capaces de movernos por las necesidades de otro. Y así, podríamos seguir.
Para cada situación, como vemos, Dios envía su profeta, para que la ilumine desde aquel aspecto que no fue tenido en cuenta, el suyo.
¿Responder o reír? He ahí la cuestión.
Javier Albisu sj
Cuidar el sueño de los más pequeños

En las noches más cerradas y tormentosas es común ver a Papá o Mamá, acercarse a la cama de los más pequeños para cuidar su sueño y lograr que no se asusten. Esto, si es que ellos, no les ganaron de antemano acercándose antes, buscando su cobijo.
Los papás, en una noche así, no descansan tranquilos, cuidándose a sí mismos, ni salen a desenchufar el equipo de audio o la computadora. Lo primero que hacen es atender a sus pequeños. Por ellos se despiertan de noche. Por ellos, interrumpen su sueño.
Los tiempos difíciles son como esas noches de tormenta. La situación es oscura, las noticias y los comentarios generan un ruido que truena, y los problemas, chispean como relámpago. Todo asusta y mete miedo. Es algo que está pasando por encima, con una gran capacidad de hacer daño. Y de ahí, el miedo.
Estos tiempos difíciles también requieren cuidar el sueño de los más pequeños, de los más desprotegidos. Y como ocurre con los papás, no se necesita tener muchas cosas para cuidarlo.
Los papás, simplemente se acercan, o bien, dejan que los pequeños se acerquen con su miedo y preocupación.
Papá y mamá saben que el miedo no es infundado. Ellos también están preocupados, pero saben que pase lo que pase, estarán unidos para enfrentarlo. Así, consiguen transmitir ánimo y fuerza a sus pequeños.
Cuánta necesidad tienen en tiempos difíciles los más desprotegidos, de que alguien se les acerque o bien les deje acercar su preocupación. Y sin embargo, les toca chocar muchas veces con personalidades que no salen de “su propio sueño”. Con aquellos a quienes les tocaría “velar por los más pequeños” pero son incapaces de pasar la noche despiertos. Como a ellos no les falta nada, duermen tranquilos.
Otras veces, les toca dar con algunos a quienes ven despertar con gran prontitud, pero sólo para salvar mezquinamente sus propios bienes.
En las noches de tormenta, los papás, tampoco recurren a las mentiras. Saben que las mentiras no convencerán a los pequeños, y en cuanto ellos las descubran, se pondrán peor.
Ellos van con la verdad: Hay tormenta y hay peligro, pero juntos se los va a pasar. Por eso, se ponen a su lado. No los encierran en un cuarto, ni los castigan, ni los sacan fuera de la casa.
Los tiempos difíciles no son momentos para encerrar angustias, ni expulsar angustiados. Son para contener al desprotegido que está en nuestras manos, frente a una situación que se disparó fuera de ellas.
Cuando la tormenta viene, de nada sirve echar culpas al viento por haber arremolinado las nubes, ni quejarse del servicio meteorológico que informó tarde o equivocado. Lo que toca hacer es guarecer del mejor modo posible a los que agarró la tormenta, de modo que no los dañe ni enferme.
En los tiempos difíciles, los más pequeños necesitan (para no enfermar) que a quienes les corresponde, se ocupen de ellos; que los pongan como centro de sus cuidados y preocupaciones. Que cuiden de su sueño, que no encierra otra cosa, sino algo tan simple, como poder despertar y vivir dignamente el día que amanece.
Este, es el único modo de dar un rostro humano a una situación que asusta precisamente por no tenerlo y por quitárselo a muchos que quedan expuestos al efecto de este “temporal”.
Muchos, que creen que sólo se trata de hacerse expertos en tormentas, y quedan totalmente ignorantes de los que junto a ellos, están “atormentados” por la situación.
Muchos, que salen fuera a mirar el “temporal”, pero no tienen “tiempo” para mirar en casa, cómo está el sueño de los más pequeños.
Muchos, que creen que las palabras harán por sí solas, lo que los gestos, ni siquiera intentan.
Javier Albisu sj
Dialogando con los hombres del Hogar

Muchas veces me he encontrado en los hombres del Hogar, ese nivel de comunicación honda que brota en ellos de ese lugar en que su pobreza tocó fondo, y en donde Dios (que se oculta a sabios y prudentes) se revela.
-¿Me da una bolsita?
-Con todo gusto. ¿Qué más?
-Eso solo; el resto me lo da el de arriba.
-Sabe, Padre, hoy me dio de comer en la boca.
-Así, ¿cuándo?
-Hoy, en la misa, ¿no se acuerda? Usted me dio la comunión.
-¿Cómo van tus cosas?
-Bien, gracias a Dios y a todos los que él tocó.
-La vida es como un colectivo, sabe. Uno tiene una cabecera de salida y otra de llegada. En el camino tiene que ir haciendo paradas, detenerse. En esas paradas sube y baja gente. En algunos momentos va lleno y en otros va vacío. Pero todo eso hay que aceptarlo como parte del recorrido. Si uno no para, si no sube o baja a nadie, si no experimenta el lleno o el vacío, es que uno está fuera de línea.
-Hay una persona a la que tengo mucho que agradecerle, que me hizo comenzar todo este proceso que yo estoy haciendo, y es la que me ayudó a descubrir “la diferencia”.
Al hablar con ellos, uno percibe que hablan desde una experiencia que está más allá de lo superficial y aparente. Quizá porque eso mismo es lo primero que su situación les despojó. Y como ya no se detienen hipnotizados por las cosas, son capaces de llegar desde las cosas más simples a la hondura donde las cosas se cargan de sentido: a la presencia de Dios.
De sus diálogos simples, directos y sabios, está salpicado el Evangelio. Son los mejores interlocutores de la Palabra hecha carne, desde su propia carne hecha palabra. Y así, nos enseñan las expresiones más lindas con las que llegar con certeza al corazón de Dios.
Ellos son los que mejor nos pueden enseñar a comunicarnos a otro nivel entre nosotros. Y ese otro nivel de comunicación es el de la sabiduría. Una sabiduría aprendida a partir de recibir, aceptar y madurar la situación que, en el momento presente, toca vivir. Esto sólo es posible, si se es capaz de mirar la realidad junto con el mismo Dios que nos acompaña en ella.
Este nivel de comunicación que ellos nos enseñan se caracteriza por ser humilde. Es fruto de lo que se recibe y acepta. Cuando decimos esto, no estamos hablando de la actitud comodona y desesperanzada del que se instala en lo que llama “destino”, sino la actitud valiente y cargada de esperanza del que con inquietud y paciencia transforma de modo artesanal lo que Dios pone en su mano, aún la propia pobreza.
Cuando un hombre descubre en su pobreza ante los hombres, su riqueza ante Dios, no sólo empieza claramente un camino de dignidad que lo hace superar su situación de pobreza, sino madura hondamente su calidad como persona.
A este nivel de comunicación sabia, humilde, artesanal y madura, deberíamos agregarle el calificativo de cotidiana. Pues el que se descubre rico a los ojos de Dios, aprende a ver cómo se detienen esos ojos en las cosas más simples de cada día.
Cada día, Dios se cruza con ellos a través de muchas personas que le hacen conocer su amor. Y así caminan, de posada en posada, de corazón en corazón, de bendición en bendición. No sólo recibiendo, sino buscando esa comunicación honda donde hallan contención y cobijo, en medio de la intemperie en la que viven. Y así, donde los ojos de los hombres no suelen ver, ellos son en medio de una sociedad incomunicada, los mejores puentes de comunicación.
Muchas veces se escucha que a los pobres hay que “socializarlos”, pero no se comprende que si están “dessocializados” es porque la sociedad está “deshumanizada”, y seguramente quienes pueden ayudar a humanizarla, a recuperar ese nivel de comunicación hondo propio de lo humano, son precisamente los pobres.
Javier Albisu sj
Ponerse en los zapatos de otro no es ponerse sus zapatos

Una realidad para los que viven a la intemperie en la calle, es que tienen que cuidar celosamente sus zapatos de que otro se los quite; siendo como son, uno de los instrumentos más importantes (junto con el bolso y el abrigo), para apalear esa necesidad tan extrema en la que viven, de tener que andar y andar.
Y nos viene bien tomar “pie” de esta situación para ver lo que pasa también entre nosotros, que aunque no estamos a la intemperie, sufrimos o hacemos sufrir a los que caminan junto con nosotros, algo parecido.
Los zapatos, podríamos decir, son el reflejo del esfuerzo personal con que caminamos por la vida; esfuerzo que, por lo general, no se conoce.
Por eso, cuando dejamos a la otra persona sin zapatos; cuando le quitamos lo que él consiguió juntar para ayudarse a caminar en la vida; cuando nos llevamos con nuestros juicios el esfuerzo personal que el otro pone en su vida, nos estamos llevando mucho más de lo que creemos. Nos estamos llevando precisamente “lo que no sabemos de él”. Y de este modo, acabamos de un plumazo, con aquello en lo que él tiene puesta su lucha.
Ponerse sus zapatos es dejar al otro sin poder caminar. Es no importarnos si en adelante podrá o no hacerlo. Es truncar sus esfuerzos. Es quitarle el derecho que tiene a sus cosas, a su esfuerzo, a sus luchas. Es ser indiferente a la necesidad que tiene de credibilidad básica, de estar poniendo su esfuerzo.
Ponerse los zapatos de otro es abusar del esfuerzo ajeno; es aprovecharse de aquella situación que nos deja favorecidos sin importarnos si el otro, queda o no desfavorecido (“él tiene cómo conseguir”, -pensamos-; “nosotros somos lo que realmente necesitamos”).
Ponerse “en” sus zapatos, por el contrario, es esforzarse por conocer el esfuerzo que significa para él, conseguir algo. Es importarnos que él pueda caminar y que lo haga.
Ponerse en sus zapatos no es meterse en su vida a caminar por él. Es procurar entender qué es lo que lo frena, lo anima, lo paraliza o moviliza y, caminando a su lado, despejar los impedimentos y alentar los intentos.
Ponerse en sus zapatos es saber abordar la realidad del otro desde el otro, no desde nosotros mismos (a quienes tal vez, no nos cuesta tanto como a él, conseguir ciertas cosas).
Ponerse en sus zapatos es procurar comprender cómo están de amoldados los pies del otro a esos zapatos y viceversa; cómo fueron tomando esa forma, qué los hizo quedar como están. Implica intentar conocer qué caminos recorren, qué obstáculos atraviesan; cuánto pueden descansar, cuántas horas están andando cada día.
Es asomarse a la realidad del otro, no como curiosos, sino con el asombro de lo mucho que nos es desconocido; de lo mucho que él llevaba en silencio y no decía por sobriedad o pudor.
Cristo, no vino a ponerse nuestros zapatos, sino “en” nuestros zapatos, y así ayudarnos a llegar a la Casa del Padre. “Encarnado” nos liberó del pecado que paralizaba nuestro andar. Por Él recuperamos los zapatos de la gracia que el pecado original nos robó, desanimando todo esfuerzo. Por él, al volver de nuestro pródigo andar, podemos escuchar la voz del Padre que pide: “Pronto, traigan y pónganle sandalias en los pies” (Lc. 15,22).
Y es que al que sus zapatos le quitaron, sólo el amor puede recuperárselos.
Javier Albisu sj
Recomenzar: Oficio de humildes

Es propio de quien vive la pobreza, tener que estar siempre dispuesto a recomenzar. Recomenzar proyectos, trabajos, historias, viviendas, vidas.
Pero he aquí que el comienzo de toda cosa es el momento que reclama mayor cantidad de fuerza y creatividad. Fuerza, para hacer que surja lo que está dispuesto, pero aún no se ha dado. Creatividad, para hacer que aquello que surja, pueda ser algo nuevo.
Por eso el pobre que pasa su vida recomenzando, tiene tanta fortaleza y es tan creativo. Fortaleza y creatividad que se combinan en él, al modo de una gran esperanza. Pues así como los finales deben car-garse de paciencia, así también los comienzos deben hacerlo, de esperanza.
Si no existiera una esperanza en el comienzo de cada proyecto, difícilmente se pondrían las fuerzas detrás suyo, ni se intentaría tampoco ser creativos, a fin de conseguir algo nuevo.
Los proyectos del pobre tienden, por tanto, a cargar de esperanza ese plazo que sus pobres posibilidades le permiten alcanzar. De este modo, vive intensamente cada nuevo proyecto que emprende.
Su felicidad está puesta en ese poco que es suyo, y en ese otro poco que con sus manos puede conseguir. Y lo que a otros le resulta poco, a él le resulta más que suficiente para ver realizada su esperanza del comienzo.
Uno podría apresurarse y decir por esto que el pobre es de miras muy cortas. Pero se equivoca. Sus miras, más que cortas, son realistas. Él tiene la certeza de que a largo plazo, lo que se realiza, es el proyecto de Dios. Proyecto, que sólo le pide una cosa: ser fiel a cada nuevo comienzo.
Para ello, cuenta con materiales de segunda mano, y muchas veces, en mal estado. Con ellos tiene que arreglárselas. Y lo hace.
Desde vestirse hasta alojarse, todo comienza para él desde “lo que hay”, y “lo que tiene”. Así, lo que para otro ya terminó de servir, para él recién empieza. La ropa que dejó porque ya pasó de moda; la cocina que no tiene encendido automático; el sillón que tiene roto el tapizado; la cama que ha cedido el elástico; el lavarropa que “lastima” las prendas; él se las ingenia para ponerlos en condiciones de un nuevo comienzo.
Hoy, de un modo u otro, todos nos vemos forzados a entrar en pobreza. Al hacerlo, es necesario mirar a los pobres, para con mucha humildad, aprender de ellos el oficio de recomenzar; de volver a poner nuestra fuerza y creatividad detrás de un nuevo comienzo al que nadie podrá im-pedir que carguemos de esperanza. Allí está nuestra grandeza. Como dice el poeta español: “porque soy como el árbol talado que retoño, aún tengo la vida” .
Cuántas situaciones parecen truncarnos la vida, y sin embargo, solo truncan el árbol. La vida, sigue en las manos de los que con esperanza se animan una vez más, a confiar en la fuerza de la vida que fue puesta en ellas, y se disponen a un nuevo comienzo.
Del árbol se podrá y tendrá que decir: “¡qué injusticia, talarlo así!”; “¡qué modo más cruel de aprovecharse!”. Pero habrá que hacerlo como el mismo árbol lo hace: levantando un débil brote que enarbola con la fuerza de la vida, la enorme dignidad de una esperanza que nadie puede truncar.
En la Argentina de hoy, mientras muchos se encargan de talar las reservas de la Patria con tal de pasar el invierno, otros muchos se encargan de cuidar en el inver-nadero de su pobreza, el brote esperanzado de un comienzo nuevo, fuerte y creativo.
Éstos son los que saben que no se trata solo de llevar el déficit a cero, sino de llevar al cero de un nuevo comienzo la igualdad de las oportunidades, la sinceridad de los esfuerzos, la honestidad de los proyectos, la justicia de los reclamos, la austeridad de puestos.
Si en el comienzo de la Patria hubo quienes supieron forjarla esperanzadamente así, es que hoy también puede haberlo.
¿Comenzamos?
¿Dónde dejo mi bolso?

Cuando los muchachos vienen a comer, llegan con lo que les acompaña durante todo el día: su pesado bolso. Y como el espacio en los comedores no es tan amplio, cuando entran, tienen que ponerlo en algún lugar. De este modo, la mesa común, pasa a ser uno de esos sitios en donde se pone a prueba la sociabilidad.
La mesa es el lugar privilegiado de la sociabilidad, de la comunitariedad, del compartir, del hacerse compañero.
Y lo es, especialmente, por la necesidad de dar lugar, de hacer lugar a otro, porque entendemos que no estamos solos ni somos los únicos.
Es aquí, donde se ve cómo algunos, al sentarse a comer, dejan su bolso ocupando el sitio de al lado, mientras que otros, lo dejan debajo de ellos. Y si entre los que están sentados a comer, ya hay una cierta relación, un cierto conocimiento, entonces lo dejan en un lugar común.
Este simple hecho de ver dónde poner el bolso, al momento de sentarnos en el lugar de la sociabildad, del compartir, nos puede dar mucha miga.
El pesado bolso que nos acompaña durante el día (y durante toda la vida) es imagen de nuestra propia cruz. Cruz, en la que nos ejercitamos sobre lo que es amar. Cruz, que carga dificultades, fracasos, debilidades, dolores, torpezas y pecados. Cruz, que a cada uno, le hace sentir su peso.
La pregunta entonces a hacernos es: cuando me siento a la mesa común, cuando me pongo a trabajar en común, ¿dónde pongo mi cruz, mis problemas, mis preocupaciones?
¿La pongo de tal modo, que le quito lugar al otro; que dejo a otro sin comer, sin poder recibir lo que es para todos?
Como decíamos, la cruz la llevamos siempre, pero al entrar en el ámbito de lo común, sentarme con ella es no dar lugar a otros que también llevan su cruz. Es no terminar de salir de uno mismo, es pensar que el que venga a sentarse a nuestro lado será molestia, y no mirar que la mayoría de las veces, es alivio.
Ponerla debajo, es un muy buen primer paso. Es poner la persona por encima del problema; la vida por encima de la muerte; la esperanza por encima del sufrimiento; el amor por encima del dolor; la comunidad por encima de la individualidad; el nosotros por encima del yo.
Pero mucho más alivio es, si con grandeza de corazón y confianza, sabemos poner nuestra cruz en un lugar común. Todos somos necesitados; todos llevamos nuestras heridas, nuestros dolores; todos tenemos nuestras complicaciones y problemas.
La cruz de cada uno, cobra sentido en la Cruz de Cristo que es de todos. Ese es el lugar común donde aprender a dejarla. Todos la cargamos, todos la miramos buscando una misma esperanza.
En la mesa común de una casa, de una institución, de una obra, para alimentarnos de esperanza, es necesario dejar en este lugar común nuestra cruz, confiando que entre todos la atendemos, la cuidamos, la llevamos.
Javier Albisu sj
