Tocar el Misterio

miguel-angel-1“Tocar a Dios. Sentirme de Él tocado.
Y comprender entonces boquiabierto
el porqué y para qué de mi latido.”

Oración (“De Destierros y Moradas”. Osvaldo Pol sj)

PRINCIPIO Y FUNDAMENTO

1. Tocar la sombra de la mano del Padre que da a luz su proyecto (Lc. 1,26-38)

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La mano hacedora de Dios “hace bien” desde el principio, todas las cosas. Su Palabra dice: “hágase” y todo se va haciendo. “Y vio Dios que era bueno” y así lo “ben-dijo”. “Dijo bien” su amor. Dijo bien lo que su amor quiere hacer por el hombre.
De ese modo, a la sombra de su mano, las cosas se dan a luz. Por eso, en su presencia, nunca estamos a oscuras.
Tocar la sombra de su mano es tocar lo que nos alivia. Pues alivia saber que lo que estamos haciendo o viviendo, es Proyecto suyo y no capricho nuestro.
Su mano es la prolongación de su corazón. Es la extremidad donde su amor llega al extremo. Lo que está puesto en su mano, lleva todo su corazón, todo su amor. Tocar la sombra de su mano es tocar el extremo de su amor. Jesús en la Cena sabe que “el Padre ha puesto todo su amor en sus manos”, por eso, lo pone en las manos de los hombres, poniéndose él. “Y a los que había amado, los amó hasta el extremo”. Recién cuando ese extremo esté cumplido, volverá a ponerse, otra vez, en las manos del Padre.
Lo que queremos dar, lo damos con la mano; sean cosas o nosotros mismos. Cuando queremos ofrecer nuestra amistad, tendemos la mano. Así también, Dios nos tendió la suya. Jesús es la mano que el Padre nos brinda, la mano con que el Padre nos acerca. Por eso, si queremos ser puestos en su corazón, basta que nos pongamos en sus manos.
Al “hágase” que el Amor del Padre pronuncia extendiendo la sombra de su mano, fue el “hágase” del Amor del Hijo el que le dio respuesta, extendiendo la suya, y sosteniendo el “hágase” del amor de su Madre, para que también ella se deje cubrir por su sombra.
Esa mano tendida de Dios que nos cubre con su sombra y quiere dar a luz su Proyecto, espera el calor de nuestra mano para poder estrecharla.

Aplicación de los sentidos espirituales

“El objeto de la aplicación de los sentidos (de la que habla San Ignacio en los Ejercicios Espirituales [121]) es no sólo lo que se ve o se imagina, sino sobre todo lo que se cree. Por eso, no se trata sólo de los sentidos corporales ni mucho menos de la imaginación –que prolonga, combinándolos, los objetos percibidos por nuestros sentidos corporales-, sino que se trata –en último término- de los sentidos espirituales. En otras palabras, se trata del ejercicio de la fe que provoca, en nosotros, la esperanza y el amor a Cristo, el Hijo de Dios encarnado, en quien es “el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios Creador y Señor”, como dice S. Ignacio en su “predicación sobre la Doctrina cristiana”.
Es verdad que nos conviene hacer “composición, viendo el lugar” [EE. 103], después de haber recordado “la historia de la cosa que tengo que contemplar” [EE. 102]; pero no para quedarnos en esto sensible o imaginativo, sino para, a través de lo externo, llegar al nudo del misterio, a la Persona y misión del Señor, a “la acción del Señor, que es Espíritu” (2 Cor. 3, 18).
Todo lo externo –sea visto en una imagen, o imaginado en una “composición viendo el lugar” o en una “historia de la cosa que tengo que contemplar”-, es sólo un “signo”, a través del cual debemos llegar al “misterio” de cada escena evangélica.
Esta sería la razón por la cual la aplicación de los sentidos, en los Ejercicios ignacianos, se halla al término de cada día y como coronación de esta tarea orante: supone el ejercicio de nuestros sentidos y de nuestra imaginación; pero su fruto espiritual depende más de una gracia –que debemos pedir insistentemente- que de nuestro mero esfuerzo personal”.

2. Tocar la Palabra que necesita nuestra voz (Lc. 1, 57-80; Jn. 1,19-28)

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La Palabra se toca con la voz. Tocar la Palabra es acompañarla con nuestra voz; con todo el espíritu que anima nuestra vida.
Cuando la Palabra va por un lado y la voz por otro, los sonidos son ininteligibles. En cambio, cuando la voz toca la Palabra, la lengua se suelta.
La voz, si quiere acompañar la Palabra, debe hacerse indiferente, esto es, no puede apegarse a unas palabras y a otras dejarlas. Pronunciar siempre unas y callar sistemáticamente otras. Pronunciar: Vida larga; riqueza; salud, etc., y callar: Vida corta; pobreza; enfermedad, etc.
Cuando la voz no acompaña bien a la palabra, decimos que quedamos disfónicos. Cuando nuestro espíritu no acompaña bien a la Palabra, también queda disfónico. Y así, hay Palabras que pronuncia bien fuerte, con mucho espíritu, y otras tan tenues que ni se las oye. Esto es señal que hay apegos.
Lo propio de la disfonía es que las palabras salen exigidas y duelen. Cuando esto ocurre, se nos aconseja el silencio. En la disfonía de nuestro espíritu, cuando notamos que hay palabras que nos duele pronunciar y nos salen exigidas, por causa de nuestros apegos, debemos recurrir al silencio, donde espíritu y Palabra, vuelvan a acompañarse bien. Allí, nuestro espíritu aprenderá a acompañar la Palabra en el tono apropiado, escuchando. Así fue al Principio; oyendo a Dios nombrar la creación, el hombre aprendió a ponerle nombre. Oyendo a Dios nombrar con su Palabra cada uno de nuestros apegos, aprenderemos a ponerle nombre.

Aplicación de los sentidos espirituales

3. Tocar el gozo del Padre que hace saltar de alegría todo límite (Lc. 1, 39-80)

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Tocamos el gozo del Padre cuando recibimos la visita de su amor. Porque su amor nos visita; viene a nosotros.
“A los que lo reciben les da el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Recibimos su visita, cuando reconocemos que este amor, no sólo viene, sino que viene concretamente a nosotros. Para esto, es necesario tener un corazón agradecido, con el cual identificar las personas o situaciones a través de las cuales nos vino a visitar.
Cuando recibimos una visita, solemos reconocer la pequeñez de la casa, para lo grande que es (para nosotros) la persona que nos visita. Así, Isabel dice a María: “Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme”.
El gozo del Padre es visitar a sus hijos, y la grandeza de su amor, hace saltar de alegría el límite de sus pequeñeces (“Él miró con bondad mi pequeñez”, dice María).
En la visita de Dios, el desfasaje que se produce entre su grandeza y nuestra pequeñez, en vez de tristeza (como sugiere la visita del que nos tienta), nos trae saltos de alegría. Esta es la señal de haber tocado el gozo del Padre, y no tan solo nuestro límite.
Recibir su visita, es tocar su gozo de Padre, de llevar el amor a sus hijos.
El gozo del Padre es, por tanto, el “más de amor” que hay que desear y elegir.

Aplicación de los sentidos espirituales

PRIMERA SEMANA

4. Tocar el borde del manto del Señor cuando todo llega al borde (Mc. 5, 25-34)

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El borde es aquella parte de una realidad hasta la que se puede llegar. De ahí en más, la realidad se abisma o toca con el borde de otra realidad. Cuando la situación en la que estamos llega hasta el borde, tenemos como opciones: o bien tocar el abismo propio y abismarnos en el vacío de nuestro desconsuelo, o bien, tocar el borde de la Misericordia y abismarnos en el amor de Dios que nos bordea. El suyo es un amor que se hace Misericordia en su borde para salvar todo abismo, para salvar toda situación que ha llegado hasta el borde.
Tocar en su manto, una persona, es tocarla del modo más humilde, más confiado y respetuoso. Es aceptar y creer que se la alcanza aún de manera indirecta, mediada. Pues de tal manera está presente ella en todo lo que es y posee, que a través de lo más pequeño, se le puede dar alcance, se puede dar con ella.
Cuando una persona ha perdido la vista, el borde de su sensibilidad táctil se hace mucho más agudo, y de tal manera es capaz de distinguir las cosas, que pareciera que las ve.
Se podría decir que Jesús es ciego “a nuestro modo de ver”, es decir, no ve como nosotros vemos, no mira las cosas como nosotros las vemos. Por eso, cuando pregunta a Pedro: “¿quién me ha tocado?”, Pedro le responde: “no ves que todos te apretujan, cómo preguntas quién te ha tocado”. Lo que Pedro no sabe, es que Jesús, al no ver de una manera tan superficial como nosotros, siente aún en el borde de su manto cuando un corazón lo toca, lo busca, le quiere dar alcance, está en el borde de su situación buscando el borde de su Misericordia. Y por esa capacidad de su amor compasivo, sensible, es como si viera lo que nadie vio. La fuerza del amor que hecho Misericordia en su borde fue tocada, se lo dice.

Aplicación de los sentidos espirituales

5. Tocar la herida del caído que nos levanta (Lc. 10, 29-37)

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Si hay algo que no hace bien, es volver a tocar las propias heridas. Más que acelerar la cura, aceleran el enfermar (por ansiedad) de una acidez, de la cual suele salir agresividad. El que no deja sanar sus heridas, por lo general, hiere.
Pero lo que ocurre con las propias heridas, no ocurre con las ajenas. Tocar sin toquetear las heridas del que encontramos en el camino, nos sana de un andar indiferente, apurado e hipocondríaco. Este triple andar nos pone a nosotros mismos como centro de atenciones y cuidados. “Nada debe lastimarnos, y como todo puede lastimarnos, cuidémonos”; es la lógica de este modo de pensar.
Tocar las heridas del que encontramos en el camino, en cambio, lleva el centro adonde verdaderamente está: en el que está herido, y no puede tocar las heridas de otro, a menos que éste se acerque a tocar las suyas.
Y es que cuando las heridas se tocan entre sí, unas con otras, por amor, sanan. No cuando se buscan a sí mismas. Tampoco cuando se tocan unas con otras para victimarse juntas o ponerse espejos de autocompasión. Sanan, cuando una y otra se tocan, por el amor que las descentra.
Tocar descentradamente la herida del prójimo es sentir el movimiento interior de las entrañas que piden: “¡detente! no sigas de largo”, y se les hace caso; es posponer lo que uno se había prefijado hacer; es no pasar rozando como diciéndose “toco y rajo”; es dejar parte de sí; es comprometerse a volver a tocarla.
Tocar así, la herida del caído en el camino, nos levanta de un andar cabizbajo y quejumbroso, en el que pareciera que todos los carteles del camino nos dicen: “no hay herida como la tuya”.
Dios ha venido a este mundo a tocar las heridas de una humanidad que encontró caída en el camino de la salvación, y se acercó a ella para sanarla con sus propias heridas. Tocar nuestras heridas, le llevó a quedar levantado en lo más alto.

Aplicación de los sentidos espirituales

6. Tocar la tumba que pudo ser y no fue por una Palabra: “¡Sal fuera!” (Jn. 11, 1-44)

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Lázaro es aquel que tocó la tumba que pudo ser y no fue.
Tocar la tumba que pudo ser es tener la experiencia de rozar con la muerte. La experiencia de ver, en un instante, que todo puede llegar a su fin.
Tocar la tumba que pudo ser es tocarla como interrupción. Como un reloj de arena cuyo último granito termina de caer y marca un tiempo terminado que espera un tiempo nuevo al que el mismo granito dé comienzo.
Desde la interrupción nos asomamos a lo que hubiera sido definitivo. Vislumbramos el final definitivo de un tiempo, una realidad, una situación. Imaginamos como si la dirección que llevábamos hacia lo que iba a terminar, hubiera seguido su camino. Entonces, en ese instante de interrupción ante lo que hubiera terminado con todo y no terminó, como quien se despierta de una pesadilla, somnolencia, u obnubilación, nos hacemos dos preguntas fundamentales: ¿qué fue lo que pasó? y ¿ahora qué? De este modo, la tumba que pudo ser y no fue, nos lleva a repensar nuestra historia (nuestra vida y la de otros, unidas a ella).
Sólo la fuerza de la Palabra que salva nos despega de la tumba. El modo de sacarnos es diciéndonos: “¡sal fuera!”. Pues estamos tan metidos en la oscuridad que nos metió dentro, que necesitamos un cambio de dirección para dejar de ahondar en la cavidad de la tumba, de ahondar en aquello que nos lleva a que todo termine mal.
Al salir fuera, vuelven a cobrar importancia las dos preguntas que nos hacíamos antes. Ellas no llevan a buscar nuevas fuerzas, para encarar lo que antes se temía: tocar la vida que hasta acá no era nuestra, pero podía ser.

Aplicación de los sentidos espirituales

7. Tocar los pies de la Misericordia que nos estuvieron buscando (Lc. 7, 36-50)

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Los pies de la búsqueda son pies cansados. Son pies que recorren el peligroso camino por donde la vida se perdió y aún está en peligro. Pero como el que ama no puede parar hasta ver a salvo a aquel que ama, sus pies no se detienen ni ante la posibilidad de quedar lastimados.
El que ama no descansa mientras su amado todavía no ha vuelto. Y basta que el demorarse, traiga la posibilidad de que ya no vuelva, para que sus pies, se pongan en camino.
Cuando el amor se pone en camino de búsqueda echa a andar los pies de la Misericordia. Éstos son los pies del Mensajero que trae la Buena Noticia del amor que ha venido a buscar lo que estaba perdido. Pies a los que sólo hace falta allanarle el camino, enderezarle las sendas, darle una oportunidad: la de llegar, la de encontrarnos.
Tocar sus pies es sabernos buscados y hallados. Es sabernos amados y perdonados. Es sabernos acompañados y cargados. Es sabernos objeto de un valor impensado.
Tocar sus pies es tocar el dolor de la pérdida y la alegría del reencuentro; la paciencia de la espera y la fatiga de la búsqueda; el lugar de donde partimos y los brazos que nos dieron una nueva bienvenida.
Tocar los pies de la Misericordia es empezar a buscar, junto con ellos, a otros tantos huérfanos de amor que esperan nuestra llegada, tras los pies de la misericordia.

Aplicación de los sentidos espirituales

SEGUNDA SEMANA

8. Tocar la Esperanza a la que estamos llamados [Reino] (Mt. 5, 1-12)

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La esperanza se deja tocar. Le gusta ser tocada. No es arisca, ni intangible.
Siempre que nos abrimos a un “más de vida”, a un estar más vivos, a una respuesta más viva a la vida que llevamos, tocamos la esperanza.
A la esperanza se la toca con la mano abierta hacia arriba, porque es precisamente un don que se recibe de lo alto.
La mano vuelta hacia arriba y abierta, tiene que confiar que aquello que recibe o va a recibir, encierra una esperanza. Por eso, no hay que apresurarse a sacudir ni cerrar la mano, antes de tiempo, a lo que es o puede ser puesto en ella, aunque parezca duro. Ya que las cosas duras mientras sigan siendo llevadas con la mano abierta hacia lo alto, terminan por abrirse a la esperanza.
Sosteniendo la dureza que fue puesta en nuestras manos, sentimos que la vida se nos pierde, se nos escurre. Y, sin embargo, solo así, es salvada. Porque en aquello duro, lleva anclada la esperanza que la salva.
La mano, en cambio, que se cierra pretendiendo salvar lo poco de vida que siente en ella, al cerrarse, cierra la posibilidad de recibir lo que ella misma no puede darse, y así, lo duro que lleva, se vuelve sin sentido, absurdo, hermético.
La mano abierta hacia arriba es signo de nuestra pobreza y mendicidad más radical. Ante ella, Dios, no puede dejar de volcar su corazón.
La mano vuelta así, es el signo de los pobres de Dios, de los que esperan en él, a los que él dará “una medida sacudida, apretada y rebosante”.

Aplicación de los sentidos espirituales

9. Tocar la Palabra que se hace carne silenciosamente (Jn. 1, 1-18; Lc. 2, 1-20)

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La Palabra se hace carne silenciosamente hasta hacerse Palabra elocuente.
El modo de tocarla es con el beso adorante que cierra los labios y los silencia, para besar el amor que silenciosamente se ha hecho carne. Con el beso adorante, acallamos nuestras palabras y adoramos en silencio lo que en silencio se gestó, hasta que la carne lo diera a luz.
El beso adorante es lo que más se ajusta a la pequeñez de la carne que besamos y, al mismo tiempo, es el modo más respetuoso y afectuoso de callar ante la grandeza del amor allí encerrado.
El beso adorante, silencia los reclamos, acalla los reproches. Afirma y confirma que para Dios no hay nada imposible; que son sabios sus caminos; que se cumple su Palabra; que está entre nosotros.
El beso adorante es el único que respeta los lentos tiempos, en los que en silencio, la Palabra se gesta en la carne.
El beso adorante es el mejor modo de tocar “el Amén de Dios”; de adorar con todo afecto que el amor de Dios “así se haga” y “así sea”.

Aplicación de los sentidos espirituales

10. Tocar el abrazo donde la pequeñez no queda perdida (Mc. 10,13-16)

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Cuando dos personas se abrazan y es grande la desproporción entre ellas, decimos que una (la más pequeña) se pierde en el abrazo de la otra. Así también, muchas veces tenemos la sensación de que nuestra pequeñez (los pequeños gestos que hacemos, las pequeñas cosas en las que estamos, etc.) se pierde en el abrazo de Dios, es decir, en lo que su amor encierra, en la totalidad de su proyecto.
Pero, aquí, son los más pequeños los que nos enseñan que en su abrazo, la pequeñez no queda perdida. En el abrazo que Dios da, muestra su abajarse, su ponerse a la altura del pequeño que abraza, donde paradójicamente se empareja la altura de su amor.
Tocar el abrazo de Dios es tocar su deseo que nada ni nadie se pierda.
Dios no abraza para encerrar. Dios abraza para cuidar, para salvar. Abraza lo que ama. Así abrazó Jesús, la cruz por la que los hombres volverían al abrazo del Padre. Abrazo, que no quiso dejar a nadie afuera (“como la gallina al cobijar sus pollitos”). Y allí, en los brazos extendidos del Hijo puesto en Cruz, está desde entonces, ofrecido el abrazo del Padre para todo el que reconozca la pequeñez a la que quedó reducida la medida de su amor.
Nadie vuelve al Padre sino por el abrazo del Hijo puesto en Cruz. Allí el que estaba perdido es encontrado; el que estaba muerto, vuelve a la vida.
Sólo en el abrazo del Padre, el hijo está cuidado.

Aplicación de los sentidos espirituales

11. Tocar la fuerza de la Palabra en un desierto poblado de aullidos [2 Banderas] (Mt. 4, 1-11)

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Cuando nos hemos quedado solos en un lugar, hasta el ruido más pequeño (de dentro nuestro o fuera), parece entrar en una caja de resonancia que lo va haciendo crecer enormemente, de menos a más. Así, entre que no lo identificamos y lo imaginamos enormemente mayor a nuestras fuerzas, poco a poco va creciendo en nosotros el desconcierto y el miedo.
De modo parecido, la tentación, también busca el momento apropiado para desconcertarnos y meternos miedos, de modo que claudiquemos ante lo que aparentemente nos supera, estando (como se encarga de subrayar) solos.
Tocar la fuerza de la Palabra en el desierto es tocar la Presencia del Espíritu que nos acompaña desde dentro (y que nunca nos deja solos), cuya Palabra tiene la fuerza suficiente para hacer frente a lo que mete miedos y desconciertos.
Tocar la fuerza de la Palabra en el desierto poblado de aullidos, es tocar la fuerza de la Paz que trae su Verdad, en la que se disipan y distinguen los ruidos interiores y exteriores.
Esto no es un ejercicio de autocontrol, ni autoconvencimiento. Es un ejercicio de reafirmación de aquellas certezas más grandes, a las que el desconcierto y el miedo, buscan tirar abajo, con certezas menores.
El que tienta encadena certezas menores para dejar la sensación de que su discurso es sensato y, por lo tanto, debe ser seguido (“Venís sin comer hace varios días” – “estás muerto de hambre” – “podés hacer que estas piedras se conviertan en pan” – “no hay nada malo en ello” – hacélo).
En las certezas mayores, las otras menores, siguen afirmándose con verdad, pero en un contexto que las guarda con sentido (“Es cierto: vengo ayunando, tengo hambre, puedo convertir la piedra en pan, no es malo”, PERO, es más cierto que “no solo el pan llena al hombre, también lo llena la Palabra que sale de la boca de Dios”).
Sin ese contexto más grande, las certezas menores pueden llevarnos a negar nuestras certezas mayores (Por ejemplo: una persona casada que sólo respondiera a las certezas que atienden su realidad individual, podría olvidar peligrosamente el contexto de la certeza más grande de ser esposo/a o padre, y hacer daño a su familia).

Aplicación de los sentidos espirituales

12. Tocar la sanación sin esperar que te toque [1er Binario] (Jn. 5, 1-9)

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El enfermo que está junto a la piscina del Evangelio, tiene ya 38 años de argumentar que no sana, porque cuando le llega la posibilidad, otro se le adelanta, otra situación se interpone. Pero Jesús lo lleva a la verdadera enfermedad que padece, y de la cual, sin él, no hay cura. “¿Querés tocar la salud; querés sanarte?”, le pregunta.
La sanación se empieza a tocar, cuando se toca el fondo de la enfermedad, cuando se toca el lugar más enfermo. Atreverse a tocarlo es atreverse a abordarlo, a verlo, a querer que sea esto lo que, antes que nada, sane.
Tocar la sanación es querer llegar a las causas que los síntomas señalan. Es sincerarse en el tratamiento y dejar de victimarse por supuestos efectos colaterales. Es no posponer la medicina que debemos tomar, para una hora en que seguramente estemos dormidos. Es tomar medidas cuando todo está a tiempo, antes de que el tiempo, tome sus medidas con nosotros.
Tocar la sanación es tocar una salud que no es sólo para nosotros sino para aquellos a quienes estamos enfermando.
El primer toque que busca sanar de verdad esa parte más enferma nuestra, debe ser el nuestro. No podemos esperar que nos toque la sanación si no buscamos tocarla, alcanzarla.

Aplicación de los sentidos espirituales

13. Tocar el amor recto que ayuda a enderezarse [2do Binario] (Lc. 13, 10-17)

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Cuando el amor no está dirigido hacia otro, se vuelve sobre sí, se encorva, no llega rectamente, no sale de sí, se cierra.
Tanto quien no ama rectamente como quien no es amado rectamente, viven una realidad encorvada. El primero, no ve qué otro amar; el segundo, no ve qué otro lo pueda amar, y así, ambos se cierran.
La rectitud del amor se logra buscando que el amor conecte y una, dos realidades distintas: la del otro y la nuestra.
El amor encorvado, torcido, vuelto sobre sí, quiere que todo el amor que da y recibe siga los dictámenes del propio egoísmo, que se cumplan sus caprichosos planes.
Tocar por el amor la realidad de otro o dejar que su realidad nos toque, endereza, pone en pie, permite el encuentro cara a cara, dignifica.
Mientras nuestro amor no tiene rostros, está encorvado, está vuelto sobre sí.
La Virgen, alza, endereza con su amor recto, el cuerpo de su hijo, encorvado por los hombres que se cierran al amor. Ella le ofrece un rostro que le ayuda a levantarse, en el que brilla una humanidad nueva. Ella es el rostro de la humanidad redimida.

Aplicación de los sentidos espirituales

14. Tocar la mirada que nos ayuda a vernos libres [3er Binario] (Lc. 19, 1-10)

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Zaqueo tiene enferma su mirada. Es esclavo de lo que no alcanza. Por su poca estatura tiene que estar atento para ver de qué cosa aprovecharse para dar con lo que no alcanza.
Con esa misma lógica, busca un árbol donde subirse para ver a Jesús. Sólo que esta vez, toca una mirada que le hace verse (por primera vez) libre de lo que no alcanza. “No sos menos por lo que no alcanzás, y paradójicamente lo que intentás alcanzar sí te hace menos (libre). El amor que necesitás está a tu alcance. No se trata de aprovecharse del otro sino de aprovechar al otro.”
El amor se alcanza desde la libertad de todo deseo aprovechador, de todo deseo egoísta.
El pueblo que ve a Zaqueo, también tiene enferma su mirada, ya que mira con celos lo que él alcanzó, y muchos de ellos, no pudieron o no están dispuestos a compartir, en el caso de haberlo alcanzado.

Aplicación de los sentidos espirituales

15. Tocar las aguas que bautizan y dan un nombre nuevo (Lc. 3, 13-17)

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Esta contemplación está en paralelo con la que sirve de puerta de entrada a esta segunda semana. Pues la esperanza a la que estamos llamados es la de recibir como hijos que ya somos, la plenitud del conocimiento del amor del Padre que todavía no alcanzamos, sino hasta el día en que lo veamos tal cual es.
Tocar las aguas que bautizan y dan un nombre nuevo es ponerse en contacto con la Vida que circula desde el corazón del Padre, hasta el nuestro de hijos.
Al tocar sus aguas, sentimos la frescura que renueva; el bálsamo que alivia; la recarga que rehace la marcha. Porque la Vida vuelve a circular, a correr, y así, rompe el estado estancado en el que empezaba a echarse a perder.
Son aguas que deben tocarse como hacen los niños: empapándose. Como quien queda sumergido (bautizado). Alegrándose como ellos, que parecen sentir que su propia vida ha encontrado en el agua, un compañero de juego, un elemento común para nada extraño, con quien fácilmente entran en comunión.
En esa comunión, el agua y los niños, parecen darse un nombre nuevo. Ya no son simplemente niños; ya no es simplemente agua. Hay un nombre que se dan mutuamente y brota de la vida celebrada entre ambos, de modo, que quien los ve dice: “es un fiesta”. Y la fiesta es tal, que todo el que en ese momento entre a tocarla, queda incluido en ella, y aún siendo grande, vuelve a sentirse niño otra vez.
Las aguas que circulan desde el corazón del Padre, buscan empapar así la vida y alegrarla, renovando esa comunión de amor en que la vida crezca como en su elemento natural y reciba siempre, de modo nuevo, el nombre de “hijo muy querido en el que está puesta la predilección del Padre”.

Aplicación de los sentidos espirituales

TERCERA SEMANA

16. Tocar las ataduras del Omnipotente (Jn. 18, 12)

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Nos hace bien tocar las ataduras con que limitamos lo que quisiera hacer en nosotros el amor omnipotente de Dios. El que todo lo puede hacer, no quiere poder hacerlo sin nuestro libre sí.
Tocar las ataduras del Omnipotente es tocar la impotencia del que quisiera hacer crecer el amor y no puede hacerlo forzadamente.
Es aprender el difícil oficio de respetar la libertad sin dejar de acompañarla. Es no dejar de ofrecer amor, cuando pareciera que todo el que se dio hasta aquí no fue valorado.
Es acompañar las ataduras de la libertad, con dolor y esperanza, sabiendo que cuando las ataduras se cambien por clavos (es decir, la esclavitud llegue a un extremo aparentemente irreversible), aún allí sigue estando cerca la liberación. Por supuesto, no se trata de esperar a que la atadura tenga la rigidez del clavo, sino de desatar la atadura mientras aún es lazo. Pero, si la atadura tomara la rigidez del clavo, aún allí tenemos que hacer y esperar, ser liberados. Pues en la Cruz, la esclavitud más honda, la del pecado, fue vencida, y es allí donde se estrellan todas nuestras esclavitudes: en el amor libre del que atado y puesto en Cruz, las venció.

Aplicación de los sentidos espirituales

17. Tocar el Corazón que se pone en nuestras manos y lava nuestros pies (Mt. 26, 26-29; Jn. 13, 1-15)

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Juan, en la Cena, tuvo el regalo de tocar el Corazón que se ponía en las manos y lavaba los pies de sus amigos.
Él aprendió del Señor, que el único lugar donde reclinan bien la cabeza los hijos, es en el Corazón del Padre.
Tocar este corazón es descansar nuestras pasiones en la Pasión del Padre, para que al ponernos en las manos de nuestros hermanos y lavar sus pies, lo hagamos descansando en el Amor que no descansa.
Tocar el Corazón del Señor mientras las manos se entregan y sirven, es ayudarle a las manos a no retener para sí lo que por ella pasa. Es atender más que al hacer, al hacerlo amando. Es saber que toda entrega hecha con amor tiene un testigo silencioso que la guarda en su corazón: el Padre.
Tocar su Corazón es bombear hasta nuestros gestos, un amor sin medida que agrande la nuestra, tan pobre.
Tocar su Corazón mientras las manos se entregan es no entregarse según la medida del otro, sino siendo fieles a la medida que fue puesta en nuestro propio corazón.
Tocar su Corazón es tocar la fuente de la memoria en la que el Señor nos mandó a repetir sus gestos. De este modo, su Corazón nos ayuda a actualizar el por qué de cada entrega. Nuestras manos no sabrían tocar las manos y los pies de nuestros hermanos sin la enseñanza maestra de este Corazón.
Si no tocamos juntamente su Corazón, con las manos y los pies de los demás, no servimos bien, y este servicio, a la larga, no tardará en hacernos mal.

Aplicación de los sentidos espirituales

18. Tocar la Cruz del Señor en la que nos toca (Mt. 27, 32)

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A Simón de Cirene le tocó cargar una cruz que no era suya, pero sí para él. La Cruz, precisamente, en la que Jesús lo salvaba.
Usemos la parábola de la correspondencia para explicar este misterio. Hay veces, en que la correspondencia que nos llega no es nuestra, tiene otro nombre, pero está dirigida para que nos llegue, tiene nuestra dirección. Quien reparte la correspondencia mira, ante todo, la “correspondencia” de dirección (por eso, aún cuando nuestro nombre está mal puesto, si la dirección está bien, igual nos llega). Quien recibe la correspondencia, es a quien le toca confirmar a quién le “corresponde”.
Miremos ahora qué pasa con la Cruz. También la Cruz llega a un lugar (una familia, una comunidad, una nación, etc.), se hace presente allí porque la dirección está clara, es correcta, le corresponde. Y es a los que están allí, a los que la reciben, a quienes les toca ver el grado de “correspondencia” que tiene cada uno de ellos con ella. Ya que, cuando la Cruz se hace presente, no hay indiferencia posible; o se está en ella, o se está contra ella. Quien entienda que no tiene ni siquiera un mínimo de correspondencia con ella, pronto dejará al descubierto, que no solo se puso fuera, sino que está en contra de los que están en ella.
Así, una Cruz que no es nuestra, que es de nuestra esposa, esposo, hijo, padre, madre, hermano, amigo, etc., puede estar dirigida para nosotros, para que nos salve. Su correspondencia con nuestra salvación es clara y nos corresponde asumirla.
¿Por qué decimos que es la Cruz que nos toca? Porque es la que nos toca encontrar en el camino de la vida. Unos la encuentran a poco de comenzar el camino, otros, habiéndolo comenzado hace tiempo, pero todos la encontramos. Ella es como la tabla salvadora de un gran naufragio a la que no podemos dejar de agarrarnos. En el gran naufragio por causa del pecado, de la humanidad embarcada en el Proyecto del Padre, la Cruz fue la tabla salvadora que Dios en su Providencia y Misericordia nos brindó para nuestro rescate, para salvación de todos.

Aplicación de los sentidos espirituales

19. Tocar el cuerpo bajado del que fue levantado en Cruz (Mc. 15, 42-47)

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Tocar el cuerpo bajado del que fue levantado en Cruz es tocar el abajamiento del Amor que llegó a lo más alto de su dolorosa entrega, donde sólo están para recibirlo las manos del Padre, la Madre, y algunas pocas manos más.
Tocar el cuerpo bajado del que fue levantado en Cruz es tocar el fracaso fecundo del que aceptó morir a sí para dar fruto, y sabe que (aunque no parezca) no quedará solo.
Cuanto más alto debe entregarse el amor más debe abajarse. Cuanto más alto se entrega más se abaja. Cada entrega más alta en el amor, exige un abajamiento mayor.
Tocar el cuerpo bajado del que fue levantado en Cruz es tocar con piedad el descender, el declinar de la vida, que erguida se sostenía en la Cruz. Es recibir con gratitud lo que se pudo hacer y lo que aún queda, cuando el vuelo de la vida indica que comienza el descenso. Es recibir el testimonio del que pasa la posta y nos dice: ¡sigue hasta el final! Es recibir junto con la muerte, la vida que hay que guardar. Es tocar la devolución ingrata que el pecado hace de la Vida. Es tocar el modo como devolvimos al Padre, la vida de su Hijo.
El cuerpo bajado del que fue levantado en Cruz es el fruto maduro que cae del árbol de la Vida. No ya el que se arrebató a destiempo, sino el que sin bajarse antes de tiempo, permaneció allí, hasta que todo el ciclo maduro del amor estuviera cumplido.
Tocar el cuerpo bajado del que fue levantado en Cruz es tocar con gratitud las heridas que nos sanaron.

Aplicación de los sentidos espirituales

20. Tocar la puerta del Reino, viéndola como está, entreabierta (Lc. 23, 39-43)

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Cuando la puerta de un lugar está entreabierta, suponemos que si hay alguien dentro, no ha querido cerrarla. Ahora bien, si fuésemos a entrar, aún así, tocaríamos la puerta.
El buen ladrón, ha visto la puerta del Reino entreabierta, y entendiendo que el Rey no buscaba cerrarla, tocó a su puerta para entrar, diciendo: “acuérdate de mi”.
Éste es el modo de tocar la puerta entreabierta del Reino. Llamando a la memoria amorosa de Dios que se acuerda eternamente de su Alianza.
Cuando nos olvidamos de algo, solemos recurrir a la memoria más buena de otro, para recordarlo. Del mismo modo, ante nuestros olvidos más hondos, sólo la Memoria Buena de Dios, puede sacarnos de ellos.
La lógica dice que con la edad, es la memoria de los padres la que falla; pero la realidad pareciera contradecir esta lógica y comprobar que con la edad (cada vez más temprana), es la memoria de los hijos, la que falla. Así nos ocurre con Dios.
Nuestra memoria suele guardar recuerdo de amores no recibidos o no entregados; en cambio, la memoria de Dios, guarda el recuerdo de su Palabra dada, de su Amor entregado. Sólo que nosotros la imaginamos como la nuestra, contabilizando en una libretita negra los motivos de qué acusarnos. Pero él, no es “acusador” sino “abogado defensor”. De ahí que la Misericordia triunfa sobre el juicio.
Sus palabras para quien pasa por la puerta entreabierta del reino, son: “Ya habías empezado a entrar, cada vez que te abriste a la necesidad de tu hermano. Era yo quien te esperaba dentro. Hoy estás conmigo, aunque dentro no me hayas visto. Pasa a com-partir el gozo de tu Señor.”

Aplicación de los sentidos espirituales

21. Tocar la nueva Eva que nace del cuerpo dormido del Señor (Jn. 19, 31-37)

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Cuando el hombre necesitó una compañera (pues no era bueno que creciera solo), Dios sacó de su costado dormido, la que sería carne de su carne y hueso de sus huesos. Así, el hombre y su compañera más íntima, serían los protagonistas del Proyecto del Padre. Pero, cuando este Proyecto se frustró a causa del pecado, la restauración del Proyecto, necesitaba de nuevos protagonistas: un Nuevo Adán y una nueva compañera íntima a él: la Nueva Eva. A ella le tocaría convertirse en Madre de todos los que recibieran la Nueva Vida, en Madre de todos los que volvieran a ser dados a luz, en Madre de todos los Vivientes.
Y así como la primera compañera fue sacada del costado dormido de Adán, la Nueva Eva (la Iglesia) saldría del costado dormido del Señor.
Es preciso aprender a tocar con amor el cuerpo de la Iglesia. Tocarla como Madre que nos engendra en la fe. Tocarla como Compañera que no deja de acompañar cada paso importante de nuestra vida. Tocarla como Barca sacudida que nos lleva a las orillas de la Casa del Padre, y avanza atravesando océanos y tempestades.
Hay que aprender a tocarla en su paso, a veces, lento o torpe, que intenta seguir la huella de lo eterno leyendo los signos de los tiempos. Aprender a tocarla en la fuerza de los que confiesan con su vida el amor, y en la debilidad de los que silencian el amor en sus vidas. Aprender a tocarla en los sacramentos con que celebra la vida que se recibe; el corazón que se sacia; la fe que se confirma; la falta que se perdona; el amor que se une; las manos que se consagran; la debilidad que se unge.
Aprender a tocarla en sus santos con la devoción del Pueblo fiel, que aún sigue encontrando sus pies en esta tierra, y como quien no llega tan alto, se acerca a llamarlos por donde los alcanza, sin temor a gastarle los zapatos de tanto buscarlos.
Es preciso aprender a tocarla en el cuerpo sagrado de los más pequeños, los pobres, pues en su misma carne, Cristo sigue prolongando su Pasión.

Aplicación de los sentidos espirituales

CUARTA SEMANA

22. Tocar el sitio caliente del que estuvo (muerto) y quiere seguir estando (vivo). (Lc. 24, 13-35)

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Los amigos que marchan a Emaús, reclaman al Señor, que ya no está. Y se lo reclaman a él, que aunque no lo saben, los está acompañando.
Al llegar a la casa, llega el momento clave del camino. Cuando el Señor hace el ademán de seguir de largo, ellos tocan la presencia que otras veces estuvo, y le piden que siga estando. Le dicen: “Quédate con nosotros”. Y el Señor, accede, para repetir el gesto con el que les había dicho que quedaría para siempre, con el que seguiría estando.
Una vez que lo hace, sus ojos ya no lo ven, sus corazones sí. Los ojos ven lo que sus corazones tocaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”. De este modo, la memoria vuelve a tocar el sitio caliente del que estuvo y quiere seguir estando.
Donde tocamos aquello que calienta el corazón, el sitio caliente de la Presencia del que está haciendo bien, es necesario decirle al propio corazón (no ya al Señor que no ha dejado de estar): “¡Quédate!”. Quédate en lo que te está haciendo bien; quédate en la consolación que se te regala; quédate en el cariño que te contiene y te sacia; quédate, no te vayas, que la presencia del amor que estuvo, quiere seguir estando.
Lo que dejes que se quede en tu corazón será lo que haga que vayas de camino de huir o de quedarte.

Aplicación de los sentidos espirituales

23. Tocar la huella del que está en camino (Jn. 20, 11-18)

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Cuando María Magdalena reconoció al Señor resucitado, su gesto espontáneo fue el de tocarlo como quien quiere retener lo que se había perdido y no se quiere volver a perder. Pero el Señor la ayuda y le dice: “No me retengas; voy camino al Padre”.
Cuando una persona está de camino a algún lugar y nos la encontramos, suele aclararnos el contexto en que se da el encuentro, para indicarnos que aún debe llegar allí. De este modo entendemos que estamos en una etapa de su camino, donde el encuentro corresponde a un momento de esa etapa.
Tocar la huella del que está en camino es aceptar que tanto el regalo que el Señor nos hace de su presencia (como de la de otros) en nuestra vida, es mientras vamos de camino al Padre, y por tanto, es inútil querer retenerla.
Retener es como querer plastificar lo que se recibe de una persona para que no se altere. Cuando necesariamente, tanto el que “plastifica” como el que es “plastificado”, cambian en algún aspecto.
Retener es como embalsamar lo lindo de una etapa de la vida, sin descubrir la belleza de las otras. Así, encontramos Madres, que embalsaman la niñez de sus hijos; adultos, que embalsaman adolescencias; parejas, que embalsaman noviazgos; etc., etc., etc.; cuando en verdad lo único que se ha podido retener es una frágil apariencia, a costa de la misma vida, que termina disecada y rígida.
El que retiene no cae en la cuenta (o no quiere) que lo único que logra es mal tener lo que tiene, privándose (y privando a quien retiene) de lo que además podría tener.

Aplicación de los sentidos espirituales

24. Tocar la herida traspasada sin traspasarla (Jn. 20, 24-29)

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Tomás se entera por el resto del grupo, que el Señor se apareció y consoló sus heridas mostrándoles la victoria de las suyas propias. Pero a él eso no le basta. Necesita traspasar esas heridas.
El no creer hace traspasar, hace ir más allá de lo que hay que ir, hace quedar fuera del misterio. El que no cree, traspasa la herida y, al hacerlo, queda fuera.
El hijo que no cree en el amor de sus padres a pesar de sus heridas, traspasa la puerta de la casa y se hace pródigo de amor. El amigo que no cree en lo fuerte de una sincera amistad, ante la menor herida, traspasa la puerta de la amistad y se aísla. El esposo o la esposa que no cree en la fuerza regeneradora del amor, ante la herida, traspasa la puerta de la casa para buscar otros “primeros auxilios” (que seguramente, no serán ni tan primeros, ni ciertamente los últimos).
Las heridas traspasadas son las que están traspasadas de victoria, de sentido, de gracia. Son las heridas del Señor, que muerto en Cruz ha resucitado. Pero son también las de todos los que le dejan cargarlas en las suyas.
Tocar la herida traspasada sin traspasarla es tocar lo que cuesta creer aceptando en ello una parte de dolor. Cuesta creer que una herida (aquello que nos hizo sufrir) pueda ser traspasada, pueda dejar paso a un sentido fecundo. Creerlo sin más, no nos quita el dolor, sí un modo de sufrir que nos siga lastimando.
Cuesta creer, por ejemplo, que Dios nos esté amando, algunas veces, en aquello que nos pasa; cuesta creer que los hijos nos aman en la distancia que nos piden; cuesta creer que el esposo o la esposa nos ama en el replanteo sincero que reclama para renovar dentro de la pareja el amor. Pero si lo creemos aceptando la parte de dolor que tiene el aceptarlo, el sufrimiento que causa cada una de estas situaciones, será fecundo.
Cuesta creer, y sin embargo, hay que tocar con dolor esa herida que ya está traspasada, sin traspasarla.

Aplicación de los sentidos espirituales

CONTEMPLACIÓN PARA ALCANZAR AMOR
PARA QUE NUESTRO GOZO SEA COMPLETO

25. Tocar lo que tocaron nuestras manos (1Jn. 1, 1)

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San Ignacio nos dice que lo primero a considerar para que el Amor envuelva nuestra vida es ver “cuánto ha hecho Dios por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene (y puede) y como consecuencia, cómo desea dárseme en cuanto puede, según su plan o designio” [EE 234].
Para esto, es necesario traer a la memoria todos los beneficios recibidos. Y una manera de hacerlo es repasar lo que tocaron nuestras manos. Volver a tocar las gracias, las caras del Misterio que se me fueron desvelando. El Misterio del amor de Dios; el Misterio de mi pecado perdonado misericordiosamente; el Misterio de la Esperanza a la que estoy llamado; el Misterio de mi seguimiento y mis resistencias; el Misterio de la Cruz y mis huidas; el Misterio del gozo, el consuelo y la paz de un vivir resucitado.
Tocar lo que tocaron nuestras manos es caer agradecidamente en la cuenta que nuestra fe y nuestra vida no se fundan en fábulas, sino en un amor real y concreto que hemos palpado: el amor de Dios por nosotros.
Tocar lo que tocaron nuestras manos es procurar que el tacto de nuestra vida, se haga sensible al amor de Dios; es aprender a tener tacto para las cosas de Dios; es reconocer al tacto, cuándo las cosas que pasan por el corazón, vienen de Dios y cuándo no.
Tocar lo que tocaron nuestras manos es aprender a tener al alcance de nuestra mano, a dónde recurrir para los momentos más difíciles, más oscuros. Es poder atravesar esos momentos llevados del buen recuerdo de lo que tocaron nuestras manos.
Tocar lo que tocaron nuestras manos es mantenernos en la presencia de Dios, tomados de su mano. Es saber que tenemos una herencia que compartir, un amor que dar, un regalo muy grande que incluye a otros.

Aplicación de los sentidos espirituales

26. Tocar lo que existía desde el principio (1Jn.1, 1)

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Lo segundo a considerar para que el Amor envuelva nuestra vida es ver “cómo Dios habita en sus criaturas, y de modo especial, en nosotros haciéndonos su templo” [EE. 235]. El modo de habitar del amor de Dios es activo. No simplemente está. Está, amando. Este es su modo de existir desde el principio. Como Amor en acción.
Tocar lo que existía desde el principio es dar con la iniciativa amorosa de Dios. Es tocar su amor que toma siempre la iniciativa, y así se pone en todas las cosas y en especial, en nosotros, para ayudarnos a ser uno con él en ese amor activo.
De acuerdo a lo que se pone en el principio, imaginamos lo que se espera en el final. Por eso es tan importante volver a visualizar, a tocar, lo que estaba al principio, para que vuelva a ubicar y redimensionar nuestras pruebas y dificultades. Cuando recordamos que el amor de Dios principió todas las cosas, caemos en la cuenta que el que así las comenzó, no cesará de acompañarlas hasta llevarlas a término.
Tocar lo que existía desde el principio es tocar el corazón de la Alianza, desde donde el hombre y Dios se dicen mutuamente: “Recuerda tu parte”.
Tocar lo que existía desde el principio es tocar la Palabra de amor por la que fueron hechas todas las cosas, sin la cual, no se hizo nada de todo cuanto existe. Ella es la Vida de los hombres y en ella brilla la Luz. Tocar la Palabra es tocar la Vida que se nos dio; la Luz que nos ilumina y permite entender con sentido nuestro vivir. Desde el Principio nuestra vida fue querida por el amor de Dios y habitada por su presencia.

Aplicación de los sentidos espirituales

27. Tocar lo que se nos manifestó (1Jn.1, 2)

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Lo tercero a considerar para que el Amor envuelva nuestra vida es ver “cómo Dios trabaja por nosotros” [EE. 236]. El trabajo de Dios en nuestro favor se ha manifestado de modo pleno en su Jesucristo (“el Hijo hace únicamente lo que ve hacer al Padre: lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo. Pues el Padre ama al Hijo y le manifiesta todas sus obras; y le manifestará todavía cosas mayores, de modo que ustedes mismos quedarán maravillados” [Jn.5, 19-20]).
Tocar lo que se nos manifestó es tocar los gestos del Hijo que acompañan los del Padre; es ver en el Hijo lo que el Padre hace por nosotros, trabaja por nosotros. Es comprender y valorar los silenciosos y ocultos trabajos que Jesús hizo por nosotros como “hijo del Carpintero”.
Tocar lo que se nos manifestó es admirarse de las maravillas que Dios hizo en nosotros, tal como lo hace María. Es sabernos felices por haber creído lo que nos fue dicho y vimos manifestarse.
Tocar lo que se nos manifestó es alabar la sabiduría del Padre que oculta sus cosas a sabios y prudentes para manifestárselas a los pequeños. Es tocar agradecidamente las situaciones que nos volvieron más pequeños, por lo que nos manifestaron del amor de Dios, siempre mayor.
Tocar lo que se nos manifestó es ponderar cuánto será que somos amados, para que haya tanto trabajo de Dios en nuestras vidas.

Aplicación de los sentidos espirituales

28. Tocar lo que guarda nuestra comunión con el Padre y el Hijo (1Jn. 1, 3)

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Lo cuarto a considerar para que el Amor envuelva nuestra vida es ver “cómo todos los bienes y dones descienden de arriba” [EE. 237].
Saber que todo viene de Dios nos ayuda a guardar nuestra comunión con él. Cuando nos olvidamos esto, enseguida buscamos otros “dadores” o bien entendemos que nuestros dones y bienes los conseguimos por nosotros mismos. Con estos olvidos, fácilmente prescindimos de Dios. Y no sólo no lo buscamos sino que tampoco conferimos cómo estamos llevando lo que recibimos de él.
Tocar lo que guarda nuestra comunión con el Padre y el Hijo es tocar el amor del Padre que se da todo a su Hijo, y el amor del Hijo que recibe todo de su Padre y lo vuelve a él. Es tocar el diálogo que mutuamente comparten y en el que nos invitan a entrar en la oración. Es tocar las entrañas del Padre que engendran eternamente al Hijo, en las que también nosotros, somos incorporados adoptivamente. Es tocar las entrañas de la Virgen, nuestra madre, a las que el Padre cubrió con la sombra de su Espíritu para que su Hijo tomara nuestra carne y así nos diera a Luz.
Tocar lo que guarda nuestra comunión con el Padre y el Hijo es tocar en sus dones y frutos, el Espíritu de comunión que los une eternamente. Es tocar su fuego y su soplo; su defensa y su guía; su ardor y su dulzura.
Tocar lo que guarda nuestra comunión con el Padre y el Hijo es tocar aquello que sabemos nos ayuda de modo especialísimo a estar en comunión, esto es, la Reconciliación y la Eucaristía; sentarnos a la mesa del que “recibe a los pecadores y come con ellos”, porque necesitamos su medicina y fortaleza.
Tocar lo que guarda nuestra comunión con el Padre y el Hijo es repasar humildemente por dónde anduvo nuestro corazón a lo largo del día y reconocer (con la luz de Espíritu) la gracia y la tentación, el don y el pecado.

Aplicación de los sentidos espirituales


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